Ojo por diente

Tú también te comprarías un chalé

Siendo justos… Pablo e Irene no han cometido delito alguno. Objetivamente sólo se han comprado una casa, cosa que por cierto haríamos muchos en su situación. Aunque es ahí, en los roles que asumen y los valores que representan, donde se cuece todo.

Tengo claro que si formaran la típica pareja pudiente y liberal o la apurada y acomplejada collera educada en la imperiosa necesidad de comprar una casa para asegurar el futuro de la plebe…, no estarían condenándola sino que estarían dándole la enhorabuena con esa envidia sana —y no tan sana— del aquel que sabe que le gustaría optar por lo mismo.

Pero no es el caso. No porque son de Podemos y para sus rivales directos además de inocentes tendrían que ser más silenciosos en el Congreso, ciegos en los juzgados y si les alcanza hasta un poco de derechas mientras duermen… bajo un puente si es posible.

Para mí, el error de ambos políticos ha sido olvidar el alma de su partido; el único partido que está removiendo las bases de esta sociedad que lleva años en caída libre y que por su naturaleza —indignados, estafados, desahuciados, robados— han puesto el listón muy alto para aquellos que están llamados a dirigir el partido violeta y a los estafadores —quise decir gobernantes pero no me sale— que a día de hoy gobiernan el país.

Porque por favor, no confundamos robar —ahí están los infinitos casos de corrupción del PP— con comprar una vivienda legalmente. Es cierto que se debe castigar la hipocresía —Irene y Pablo han pecado de ello— pero no a la misma altura que las acciones de este Gobierno que ha destrozado la vida de miles y miles de familias, que se ha cargado el sistema de salud universal que disfrutábamos y ha dilapidado —entre otras barbaridades— la caja de pensiones que estaba destinada al pan y ocio de nuestros ancianos y nuestros hijos; Gobierno que se irá de rositas por esa incapacidad política que tiene nuestra sociedad de saber diferenciar lo malvado de lo poco razonable.

Por esa sencilla razón deberían dimitir. No por el acto en sí, al que sigo viendo como lógico, sino por lo poco acertado. Liderar una revolución significa renunciar en muchos casos a la propia vida para impulsar a millones a pensar que un cambio para mejor es necesario y hasta posible.

Aún recuerdo el verano que mi padre —albañil como muchos— nos levantó una alberca en la misma azotea. Una pilona de dos metros de largo por uno de ancho con vistas al patio de colegio y que nos hacía reyes de la costa invisible. Eso es lo que único que les ha faltado a Pablo e Irene… manos encalladas y un poco de paciencia para cavar, con dos pares de cojones y dos ovarios, la piscina de azulejos celestes que muchos soñamos.

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