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Tú has sido mi maestro

Una crónica, sui géneris, del último concierto que Alejandro Sanz ofreció en el estadio Vicente Calderón

Descubrí a Alejandro Sanz con 10 u 11 años. Una compañera de clase me grabó en una cinta su primer disco y hasta me fotocopió con esmero la foto de la carátula para que se pareciera lo más posible al original. Lo siento, Alejandro, en aquella época no tenía ni idea de qué era eso de los derechos de autor.

Sólo sabía que me gustaba escucharte. Porque no sabiendo aún qué era un amor prohibido, ya me habías explicado lo difícil que era eso de enseñar a decir te quiero sin hablar. Ya ves, mi edad era difícil de llevar, una mezcla de pasión e ingenuidad, pero sólo con pensar en ir con el chico que me gustaba los dos cogidos de la mano (acariciándonos en cada rincón, por supuesto), ya creía que iba por la vida pisando fuerte. Sería la fuerza del corazón, esa que te lleva, que te empuja y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios. Casi una obsesión.

Luego llegaron los primeros desengaños. Sentirte sólo como un juguete entre sus brazos, darte cuenta de que viviendo tan deprisa la vida no se aprecia. Pero qué inocentes éramos aún cuando pasábamos los días deshojando margaritas y prometiéndonos no crecer. Cuando creíamos que, si había Dios, seguramente entendía de emoción. Gracias a eso, pudimos volver a compartir miradas con las luces apagadas, a comprobar que no es el mismo sol de ayer el que se esconde hoy, a robarle el alma al aire, a tener desnudos el alma y el cuerpo, a preguntarmos si era ella.

Pero, ay, amiga mía. Quién pudiera mandar en el alma, quién supiera que a veces soy suya y a veces de nadie. Y a pesar de que parezca hasta mentira, puede que la vida siga; puede que esos besos que ni frío ni calor sean los que te aten a las estrellas y te presenten a la casualidad más hermosa que te trajo el viento.

Sólo hazme un favor: cuando eso pase, deja que te besen, deja que el viento entre las macetas silbe por tangos, deja de ser una aprendiz y entérate que no es lo mismo tú qué otra. Y si acaso falla, y sigues con el corazón partío, no olvides que el maestro Sanz tiene pomadas pa’ to’ los dolores y remedios pa’ toda clase de errores.

A sus pies, por otros 20 años más.

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