Tiempo (bien) invertido

El pianista sevillano Juan Pérez Floristán ofrece una gran velada a los asistentes al Teatro Villamarta

Concierto de Juan Pérez Floristán, piano. Viernes 6 de abril de 2018. Programa: Falla: Fantasía Baetica. Ravel: Jeux d’eau (Juegos de agua). Rachmaninov: Preludios 1, 5, 7 y 2. Schumann: Papillons (Mariposas), op 2. Beethoven: Sonata para piano núm 23 en fa menor, op 57 “Appassionata” .

El joven pianista de Sevilla, Juan Pérez Floristán, nacido en 1993, recibió su primera formación musical de la mano de sus padres, el director de orquesta Juan Luis Pérez García y la pianista y profesora María Floristán. Los primeros estudios reglados los desarrolló en el conservatorio de Los Bermejales en Sevilla, trasladándose luego a la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid. En 2015 se desplazó a Berlín para ingresar en la Hochschule für Musik Hanns Eisler. A lo largo de su todavía relativamente breve trayectoria ha recibido clases y consejos de grandes intérpretes: Ana Guijarro, Galina Eguiazarova, Daniel Barenboim, Elisabeth Leonskaja, Eldar Nebolsin y Javier Perianes. Realizó su primer recital en solitario en 2005, con doce años de edad, en el conservatorio Francisco Guerrero de Sevilla. Desde entonces ha desarrollado una nutrida actividad concertística en la que destacan los tres conciertos junto a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en el Teatro de la Maestranza de Sevilla y el celebrado en 2009 en el Teatro Monumental de Madrid, en el que interpretó el concierto para piano y orquesta nº 2 de Shostakovich, junto a la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española.

Juan Pérez Floristán tuvo la generosidad de explicar el modo en el que había configurado el programa ofrecido en el Teatro Villamarta y, lo que aún es más interesante, su visión como intérprete de las piezas seleccionadas. Es algo muy poco habitual pero muy de agradecer. Además se mostró locuaz y comunicativo. En sus cuatro intervenciones habladas llegó a sumar casi veinte minutos de explicaciones.

Las obras se ordenaron a la inversa desde el punto de vista cronológico, de la más reciente a la más remota; y a la vez, de la que nos es más cercana espacialmente a la más lejana; es decir, de Falla a Beethoven. Rachmaninov, que fue el compositor que cerraba la primera parte, hacía de bisagra entre los siglos que dominaban los dos bloques del concierto, al ser un autor del siglo XX (el de las piezas del primero) que cultivaba aún el estilo romántico tardío del siglo XIX (el dominante en el segundo).

Al igual que en el programa del excelente concierto de Josu de Solaun del pasado 10 de febrero en el Teatro Villamarta, se interpretó la Fantasía Baetica (1919) de Manuel de Falla (1876-1946), pieza inicial de la velada. No es extraña esta repetición porque, como señalaba en el comentario de aquella ocasión, estamos ante la más importante obra para piano de su compositor y una de las cimas de repertorio pianístico español. Fue compuesta para Arturo Rubinstein, al que no le agradó totalmente la pieza y por ello no la incluyó en su repertorio habitual. Sin embargo, ha sido objeto de atención de extraordinarios pianistas como Alicia de Larrocha, Esteban Sánchez, Gonzalo Soriano o Rafael Orozco. La estilización de las fuentes flamencas de esa Bética ideal, soñada, es máxima; y la riqueza de la partitura es enorme desde muchos puntos de vista. Los grandes esfuerzos técnicos y expresivos demandados al intérprete fueron servidos sobradamente por Pérez Floristán, que culminó una magnífica interpretación en la que el respeto a los valores rítmicos de la pieza fue notable. Jugó de modo hábil con la métrica y la digitación fue nítida. En el plano expresivo, su interpretación estuvo a la altura de las exigencias musicales de Falla y globalmente consiguió trazar una interpretación original, que se apartaba de los patrones habituales que pueden hallarse en los pianistas referenciales antes citados.

Juan Pérez Floristán se mostró locuaz y comunicativo. En sus cuatro intervenciones habladas llegó a sumar casi veinte minutos de explicaciones

La siguiente obra, Jeux d’eau (Juegos de agua), fue escrita por Maurice Ravel (1875-1937) en 1901, siendo aún alumno de Gabriel Fauré, intentando recrear el estilo de Franz Liszt en Jeux d’eau a la Villa d’Este. Esta música descriptiva, que pretende rememorar el sonido del agua al caer en accidentes naturales, se adaptaba a la perfección al estilo del compositor francés, que ofrecía aquí uno de sus primeros ejemplos de impresionismo musical. Su riqueza es considerable y requiere múltiples esfuerzos del intérprete, que fueron solventados con eficacia y elegancia por Pérez Floristán.

La primera parte del concierto concluyó con varios de los Preludios de Sergei Rachmaninov (1873-1943), concretamente los números 1, 5, 7 y 2. Editados en 1901, constituyen un ejemplo muy significativo del estilo tardo-romántico del compositor, que como intérprete también de piano los incluyó en numerosas ocasiones en sus conciertos, contribuyendo así a su popularidad. Pérez Floristán no dejó pasar la oportunidad de lucimiento que estas piezas contienen, mostrando a través de ellas buena parte de sus más que notables recursos técnicos.

Tras las pertinentes explicaciones del pianista, el segundo bloque del concierto se abrió con Papillons (Mariposas) op. 2 de Robert Schumann (1810-1856), una obra que acabó de componer en 1831 y en la que trataba de representar un baile de máscaras inspirado en las escenas finales de la novela de Jean Paul Flegeljahre. Pérez Floristán fue capaz de mostrar la variedad expresiva de las piezas danzables con un cuidado fraseo y una gran capacidad de comunicación con el oyente.

Pérez Floristán no dejó pasar la oportunidad de lucimiento que estas piezas contienen, mostrando a través de ellas buena parte de sus más que notables recursos técnicos

Al concluir el programa oficial del concierto, Pérez Floristán ofreció nuevos análisis en los que señaló el parentesco de los temas musicales utilizados por Ludwig van Beethoven (1770-1827) en la sonata número 23 en fa menor, op 57 (1804) con otras de sus obras de aquel tiempo, como la quinta sinfonía. Asimismo, explicó muy oportunamente la genialidad del autor para construir una “catedral musical” partiendo de temas simples. La obra fue comercializada con el sobrenombre de Appassionata por el interés comercial de los editores de la partitura y, según Pérez Floristán, en contra del gusto de Beethoven que podría haber pensado que se trataba de un adjetivo cursi. Su interpretación fue magnífica y consiguió coronar el concierto de modo brillante. En el Allegro assai el pianista logró resaltar con claridad el tranquilo y algo lento inicio y la interrupción por grupos de acordes tocados rápidamente. En el Andante con moto-attacca expuso con evidencia las diferencias de las variaciones construidas sobre el tema principal. Y en el Allegro ma non troppo-Presto fueron bien resueltas las rápidas semicorcheas que en otros intérpretes menos hábiles quedan desdibujadas.

Ante los insistentes aplausos del público, Pérez Floristán ofreció una pieza fuera de programa. Según expresó, se trataba de un arreglo propio de la bulería que bajo el título Los Caños de Meca se incluyó en el disco El Gallo Azul (1987) de Gerardo Núñez, por cierto presente en la sala. El enfoque desarrollado por el pianista acercaba la obra al universo de Manuel de Falla, de modo que el concierto terminó en el lugar en el que había empezado, cerrándose así el círculo de esta velada tan disfrutable.

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