OpiniónFeminismo

Tejiendo sororidad

“¿Cómo estás?”, me preguntan mis amigas, sin necesidad de haber pasado por un proceso gripal. “¿Cómo estás?”, me dice Tamara, tras un abrazo apretaíto y un par de besos en la misma mejilla, imitando a las abuelas andaluzas. “Y tú, ¿cómo estás?”, me pregunta Ana después de haberse desahogado de sus maratonianas jornadas laborales, por las cuales percibe un sueldo de miseria. “¿Y tú qué?”, me pregunta Macarena, metiendo la nariz en su bufanda, muerta de frío. “¿Y tú cómo estás, preciosa?”, dice María, cinco minutos después de montarse en el coche, rumbo a alguna terraza donde nos dé el sol. “¿Cómo estás nena?”, me asalta Clara a través del WhatsApp. ¿Cómo estás? es una pregunta tan sencilla y sincera que, pocas veces es pronunciada. 

Hay un interés de fondo. Una empatía, una preocupación por la otra persona. Un gesto que siempre recibo de parte de una amiga y de nadie más. Entre nosotras nos entendemos; y sabemos que no solo las lunas rojas nos joden la vida. Juntas somos una “bonita pero apená” de Rosalía. Unas “gracias” de Rubens de carne y hueso, con estrías y celulitis. Formamos un club de mujeres sentías y rotas. Por eso cuando nos unimos, nos reconstruimos desde cero. Nos buscamos entre nosotras, e intentamos alcanzar esa felicidad que siempre queremos encontrar en el otro género. No. Queremos tejer una gran resistencia emocional y afectiva para que con nosotras mismas nos baste. Y así, finalmente, llegar a querernos. Querernos, la gran tarea de las mujeres, una batalla que pelearemos hasta que la parca nos pida que la acompañemos. Ay, somos tan rebuscás, que hasta en la muerte encontraremos sororidad. 

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