Opinión

Te debía estas letras

Yo te debía esta canción. Así comienza una de las canciones más bonitas que jamás he escuchado. La escribió hace años un rapero de Zaragoza que se llama Sharif, y es un tributo a Joaquín Sabina. La compuso porque sentía que su música le debía demasiado al genio de Úbeda. El poeta callejero de la voz rota le había entregado —nos había entregado— tantos versos únicos, tantas imágenes sonoras de la fragilidad más ruda y de la rudeza más frágil que las rimas de Sharif eran deudoras del talento de Joaquín. Dice esta canción, prima hermana de la ruina, que los versos de Sabina acompañaban al rapero cada noche mientras le tiraba piedras a la luna. Aquello debió ocurrir junto al Ebro, como pasan de algún modo todas las grandes cosas en la capital aragonesa.

Estos días he pensado mucho en la canción de Sharif, y en Sabina, y en cómo de alguna manera todo lo que somos y lo que hacemos es producto de la deuda que contraemos con otro alguien. Y he sentido todo esto por tu culpa. Hace unos días te fuiste —quién sabe si para siempre, pues a mi agnóstico juicio siempre le ha faltado su aquel— y no me lo esperaba. Me pilló a contrapié. Fuiste mi primer compañero de promoción. Te conocí a ti antes que a nadie, y encima en el extranjero, que eso suma puntos en la conexión. Aquella ciudad nos era extraña a los dos y la íbamos a compartir durante quince días. Con dieciocho recién cumplidos —a ti aún te faltaban unos días para tenerlos—, era la primera vez que me subía en un avión. Creo que también fue la primera para ti aunque nunca te lo pregunté.

Nuestro destino era lo más parecido que habíamos visto jamás a un colegio tipo Hogwarts, en West Malvern, a unas dos horas de Birmingham. Éramos cincuenta pipiolos españolitos que acababan de terminar el Bachillerato. Y entre ellos, tú y yo. Allí te conocí y allí supe que, por lo visto, íbamos a compartir carrera y turno de tarde. Creo que fue allí, hablando contigo de nuestra común vocación, donde empecé a sentirme periodista. Y por eso y por todo lo que compartimos aquel primer año de carrera, siento que te debía estas letras.

Nunca he podido reaccionar instantáneamente al dolor de una pérdida. Para mí, llegó al día siguiente: cuando conducía por la ciudad que nos vio graduarnos y, sin saber cómo, me planté delante de aquella Escuela Superior de Informática donde vivimos un año entero. El primero. El cielo de finales de diciembre estaba plomizo y sentí un ahogo que invitaba a las lágrimas y que no dejaba pasar el nudo que me atravesaba la garganta. Contigo se ha ido un trozo de aquellos años, un trozo de lo que me ha hecho ser quien soy. Y por eso, compañero, te debía esto. Y será que me hago viejo, o que me engaña el corazón, o será que la razón es que nos sobran los motivos. Sé que lo que debo no cabe en una canción. Y sin embargo, te la escribo… y sin embargo, te la escribo.

Antonio Marroco Domínguez, in memoriam.

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