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Tagarninas: “Pasamos muchas fatigas para recogerlas”

Cuatro mujeres se concentran cada mañana junto al Mercado Central de Abastos de Jerez para vender verduras de temporada. Ante el invierno, conocemos las singularidades de esta hortaliza silvestre que 'nace' del toro

Están llenas de espinas, son poco agraciadas y muy “sacrificás“, como cuenta la jerezana Juani García, una de las vendedoras ambulantes de la familia Romero, emplazada cada mañana en la entrada del Mercado Central de Abastos de la ciudad. “¿A cuánto el paquete de tagarninas?”, le pregunta una mujer. “¡Barato para ti!”, responde con arte. Con el estallido de la crisis en 2008, muchas fueron las personas que se lanzaron tras los rastros de la boñiga de toro. Según Juani, esta hortaliza silvestre solo nace donde estén estos terneros. Pero destaca que también existen las tagarninas de huerta, esas que cultivan artificialmente y que sacan al mercado por el mes de septiembre. Ella, que lleva recogiéndolas desde que era una chiquilla con sus manos desnudas, dice que “las verdaderas, las buenas, son las que comienzan a venderse en noviembre”.

En plena Plaza, la familia Romero, envuelta entre cebollas, cabezas de ajo, limones y perejil, vocifera sus artículos especiales, de lujo. Venden espárragos y esos deliciosos cardillos que popularmente se cocinan, aludiendo a su hermano de temporada, como tagarninas esparragás. La recogida de esta hierba es para algunos, una afición en invierno, y para otros, un oficio como otro cualquiera. Juani y su marido se levantan cada lunes a las siete de la mañana para llegar al campo de Medina Sidonia a eso de las ocho y media. La faena de la mañana les puede llevar unas cinco horas. “Mi marido las recoge con una zoleta y luego las limpiamos mi hija y yo”, explica. Suelen colocar la planta boca abajo y luego deslizan los dedos desde el tronco hasta las puntas. A día de hoy usan guantes, antes, como su madre Carmen La Coja —relata—, todos los trabajadores se ripiaban ambas manos arrancando tagarninas una a una.

Carmen lleva más de 50 años rodeada de verduras en dicha plaza de Jerez. Comparte que el trabajo que todavía ejerce lo hereda de sus padres, José Romero y Juana Algeciras. Se trata de generaciones y generaciones desplazándose al campo para recoger una planta comestible que forma parte de una cocina considerada, desde tiempos inmemoriales, “de pobres”; pero que al fin y al cabo se ha convertido en un manjar entre sus principales comensales, los andaluces. La palabra “tagarnina” proviene del término árabe andaluz “tagarí”, y esta a su vez del árabe “tagrí”, que significa fronterizo. Quizá una conexión especial y algo casual con el nombre de nuestra ciudad. “Lo malo de esta verdura es limpiarla”, indica Juani. “Eso no está pagao con “, le espeta una señora mientras ella rellena los paquetes de tagarninas como si fueran palomitas. Las manos de estas vendedoras son pardas, no por trabajar bajo el sol a diario, sino por labrar la tierra. Ellas, Carmen y sus dos hermanas: Juana y María, junto con la primogénita de Carmen, forman una cuadrilla de mujeres que se ganan la vida dando la cara todas las mañanas alentando a que todo aquel que pase por delante de su género, se lo lleve a casa y prepare unas tagarninas con huevo, en tortilla, o como siempre “se ha comío”, en una berza. Juani señala que al día, “tratándose de un buen día”, concreta, puede llegar a vender casi 10 kilos de esta hortaliza silvestre que crece durante solo una estación del año formando pequeñas estrellas.

Dentro de sus peculiaridades, es diurética, soporta bien el frío y la sequía, y solo crece en la región del Mediterráneo. La hija mayor de Carmen lo sabe bien: “Las tagarninas son originales de aquí, de Andalucía. Arriba nadie las coge”. Juani no solo las arranca por la mañana, cuenta que en cuanto almuerzan, sobre las dos de la tarde, ya vuelven a la carga. Clavar la zoleta, levantar la planta y cogerla por la base, por la zona que no tiene pinchos. Realizan el mismo proceso una y otra vez hasta que ya recogen y se marchan a eso de las nueve de la noche. Ella, que lleva más de 30 años como “labradora” y vendedora, confiesa que con la crisis comenzaron a arremolinarse cada vez más personas buscando lo mismo, un cardillo feo al que sacarle partido de alguna manera. “Pasamos muchas fatigas para recogerlas”, comenta su madre. “¡Aquí la Carmen para ustedes!”, se despide risueña. A pesar de todo.

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