Opinión

Superstición y fe

Se acaba de celebrar el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín y la pregunta, como tantas otras veces, es: ¿Qué hay para celebrar? Tres días después de esa caída del Muro, algo que ocurrió más por casualidad que como un hecho programado, se celebró un concierto en la Filarmónica de Berlín. Para acudir a aquel concierto solo había que presentar un documento de identificación personal que acreditara que la persona era de la DDR. Un carnet de identidad era la entrada. Barenboim dirigió el concierto con apenas un solo ensayo, y dice todavía hoy que no pocas cosas salieron mal. Y sí, varias, si no bastantes, salieron bastante mal.

Una de las cosas que más me impresionan de ese concierto, aunque en primer lugar sean las lágrimas y la emoción del público y de los músicos, es que se interpretara la Sinfonía número 7 de Beethoven. Una sinfonía escrita a la par de la guerra de Napoleón contra Rusia. Beethoven era un músico político, no se debe olvidar como que aquel concierto fue igualmente un acto político. Me quedo con el movimiento número dos de esa sinfonía, que cabría considerar como una marcha fúnebre con ritmo de danza. Una marcha fúnebre que, sin embargo, se celebraría con alguna alegría.

En una encuesta publicada el pasado jueves por Die Zeit, más del 60% de los ciudadanos del Este de Alemania consideran que se valora demasiado negativamente a Rusia o no se tiene en cuenta suficientemente. Téngase en cuenta la enorme influencia que la DDR tuvo con Rusia durante su existencia, enormemente mayor que con la República Federal de Alemania, como es fácil de comprender. La primera lengua extranjera que se estudiaba era el ruso, y hasta hoy es una lengua importante.

Die Zeit encarga y publica, con regularidad, encuestas y análisis de gran interés y seriedad sobre la unificación alemana. Encuestas que acompañan y animan la dinámica crítica y autocrítica de la sociedad alemana, también en este asunto. De esta última encuesta cabe hablar de que el problema, el grave problema de Alemania con su reunificación, es el de los sentimientos, las sensaciones y los desprecios percibidos por los ossis, los ciudadanos del Este así nombrados de forma despectiva. No se sienten reconocidos, ni tomados en cuenta, y resulta que una encuesta de la Universidad de Leipzig establece que solo el 5% de las posiciones de dirección en Política, Justicia, Ciencia, etc., están ocupadas por ciudadanos del Este.

Todo esto me lleva a pensar en nuestra querida España y su Santa Transición, e inamovible, y la acrítica posición con la que se habla de ella tantas veces desde siempre. Cuarenta años después se tiene la sensación de que en tantas cosas se siga igual, a pesar de que esa curiosa institución, España Global, siga insistiendo en que ‘a España ya no la conozca ni la madre que la parió…’. Digo cosas y me refiero, claro, a cuestiones de fundamento: la calidad democrática (tan criticada por los ciudadanos del Este y no sin razón, aunque sea complicada la relación entre realidad y sensación), la eficiencia institucional, etc. Algo interesante para España serían las profundas cicatrices que han dejado la llamada crisis y el austericidio, y que han llevado a una crítica de nuestro sistema democrático: el famoso turno PP-PSOE que declaró inamovible la Santa Transición. Un turno ahora desarticulado a favor de una democracia más democrática y plausible, y que los partidos del extinto turno torpedean como pueden para regresar al turno.

De la marcha fúnebre del segundo movimiento de Beethoven, danzarina y en cierto modo preñada de alegría por ver pasando el cadáver, hemos pasado al himno de una enfermedad que la CDU y el SPD nunca quisieron abordar realmente. Exactamente como en España del entusiasmo por la Transición, imperfecta y mejorable, fuimos pasando a la Santa Transición, inamovible e intocable.

Mientras se organiza una nueva izquierda manejadora de modelos estadísticos de comportamiento electoral para presentarse solo donde la eficiencia traiga un grupo parlamentario sin mayores esfuerzos (Errejón), algo que podríamos llamar ingeniería electoral, no nos sacudimos las mentiras groseras de los partidos del turno o de sus monaguillos (Ciudadanos y VOX). Parece fundamental que ampliemos nuestra perspectiva y no nos dejemos llevar por el miedo. Que un presidente en funciones se alegre por el pánico, sea el de quien sea, muestra su calidad oratoria y moral. Cuando hablen mal de otros pensemos que hablarán mal de nosotros. Primero fue contra Unidas Podemos, ahora contra Ciudadanos, los dos partidos que eran sus aliados naturales, sus compañeros de viaje y los detentadores de su confianza. ¿Dónde ha quedado la credibilidad? Para ir a votar, para vivir, quizá haya que despojarse de la fe y de la superstición.

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