Opinión

Súper Guay Sánchez, héroe en la onda

La situación que vivimos desde hace una semana tiene tanta miga que cuesta desbrozarla. Es estimulante. A los españoles nos pone mucho eso de hacer algo por primera vez. Pasa con el primer vestido largo, con la primera cerveza, con el primer polvo o con el primer voto. Por algún motivo, eso de estrenar nos hace sentirnos importantes. Hace siete días desembalamos presidente, el primero además por el módico rédito de la moción de censura. Era la primera vez que prosperaban este tipo de prácticas en la todavía joven —40 añitos de nada— democracia patria. Hasta la fecha ningún candidato opositor había logrado congregar los apoyos mayoritarios de la cámara para tal menester. Tuvo que llegar “Sánchez, el retorno”.

Y es que, como si de la segunda entrega de una saga cinematográfica de superhéroes se tratase, tuvo que tratar de ser investido y fracasar una vez para volver a intentarlo, ahora sí, como la mano ganadora. Como ya se sabe, a todo héroe le corresponde un villano, e incluso a veces, como el Joker con Batman o Yafar con Aladino, el villano gana al héroe en el recuerdo que deja en el público. En este caso, el buenazo de Súper Sánchez se opone a Malvadous Raja Rajoy. Y el hemiciclo no vota por amor al héroe, sino por desprecio al villano. Tantas eran las ganas de la mayoría de perder de vista al presidente de la corrupción que hasta votaron a favor de un socialista, el otrora cadáver político, el renacido, Súper Guay Sánchez.

A lo largo de esta semana, según el medio que se leyera parecía que alguien había dejado cabalgar a sus anchas a los siete jinetes del apocalipsis. Ya se oían resonar las trompetas. Ha resultado muy divertido y un tanto sonrojante leer la desolación de algunos y la caterva de argumentos peregrinos de todo corte. Y ahora parece que todo entra en calma. Ahora que no se ha desplomado la bolsa, que Trump no nos ha retirado el saludo —no sabría yo decir si esto es bueno o malo— y que no nos han expulsado aún de Eurovisión, parece que no redoblan las campanas.

Sin embargo, Súper Guay Sánchez no está muy dispuesto a que su mandato pierda luz, color y taquígrafos. No jura en presencia de un crucifijo. No rinde cuentas ante el altísimo. Respetará los presupuestos aunque no sean los suyos. No convocará elecciones y es lo suficientemente ambiguo con Cataluña como para ir contentando por parches a propios y ajenos. No cederá al podemismo, ni al nacionalismo, ni al centrismo, ni al paroxismo. Tendrá un consejo de ministras, hablará en femenino y será feminista. Eso dice. Ocupará carteras con un astronauta y un tertuliano. Está muy en la onda.

Estos días, las críticas le están lloviendo precisamente por lo del ministro llegado del sofá de Ana Rosa. Al frente del máximo poder ejecutivo en materia de Cultura y Deporte: un chico Mediaset. Jorge Javier debe andar dando palmas con las orejas viendo su futuro en política. Y es que en un país donde lo que pueda graznar Belén Esteban es doctrina, el morbo es Dios y Telecinco su profeta, la cultura se mide en rayos catódicos. El país con más ediciones de Gran Hermano del mundo necesita un ministro de Cultura que haya comentado realities. Es de cajón. Además, es novelista, con lo que farda hoy eso. Ganador del mismo premio literario que ostentan todos los presentadores de la casa que se meten a literatos impúdicos. Y pensador, digo yo, así en general. No le gusta el deporte, lo que viene genial para ser ministro de Deporte. Eso sí, dice amar a todos los deportistas porque son héroes. De heroísmo va la cosa por lo visto. Golpes de efecto de la era Súper Guay Sánchez. Muy en la onda.

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