El granjero

Sueño de Navidad

Y sin pensarlo vengo por la calle de Belén presumiendo y el señor Feliciano me viene persiguiendo. Y yo que quería ir para la calle de San Francisco, cerca de doña Blanca, que dicen que no es por aquí, que es en Arcos, quién sabe… donde venden pan y también molletes porque está uno desmayado con este frío. Me confundí y entré en la serena y relentosa ciudad de Jerez, llena de palacios.

Y al pasar por Casablanca, que así cantaba un borracho en un tabanco tomando amontillado, un ermitaño dormido, entrando por la cuesta me riñó y me dijo pase usted de largo. Y aquí me veo pensando en mi madre que estaba preñada y buscando posada, a altas horas de la madrugada, porque aquí quise yo nacer, en Jerez. En una huerta llena de naranjas, donde un hay un ciego que no ve y antes de llegar a Santiago me dieron tres, para beber, en ellas, en las tres, me sacié.

Aunque tenía mucha hambre y al olor de la sangre por Taxdirt, había un cochino colgado, en un portalito oscuro y llenito de telarañas. Allí, discutiendo estaba una pareja, un hombre con cara vieja de rubia barba que juraba y perjuraba a una gitana que no se comería un potaje, mientras él cantaba y ella lavaba, porque no tenía tomate. Me dieron un cacito y me calenté el pico y las entrañas y me dijeron que me fuera para San Miguel, que en las fraguas había candelas. Cogí por la Porvera y me metí en la calle Larga donde dos peregrinos preguntaban por Roma.

¿Qué sé yo? Les dije. Sabrá el Papa adonde queda. Y al compás de un beso se despidieron de mí. Diciéndose el uno a la otra, primita hermosa, pelegrinita, vámonos de aquí, que por lo que yo veo estamos lejos y no vaya a ser que me quede sin ti. Gente extraña, me dije. No antes de meterme para la calle Medina pasó un marinerito y también me preguntó dónde está la plaza.

Derechito coja usted por la esquina pero tenga cuidado que roban pañuelos y la bolsa que lleva el dinero. Qué de cosas me pasaron hasta que me perdí por la oscuridad de la calle Higueras y llegué a las Angustias. Donde había muchas mujeres juntas comentando que el cura estaba malito en la cama, que tenía sed y quiso agua del pozo. Hablaban muy calladas y entre ellas una muchacha estaba casi lista para parir, con la carita descompuesta.

La calle Molineros me llevó al Cerro Fuerte y me tropecé, y sin saber, de mi boca salieron doce palabras retorneadas. ¡Qué cosas! ¡Santo varón! Al fin me dormí en una casa de la calle Cazón, soñando con el leru leru leru, y con el melo melo melo. Y es que uno no puede distraerse. Ni con la Micaela, que me confundió con un doctor y se me puso el pájaro verde en la esquina. Menos mal que mi abuela Catalina, con su tin tin, me despertó, si no me hubieran tenido que recoger las monjas de la caridad, que esas curan de balde y no llevan .

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