Gente sin casa

Soraya: la odisea de buscar vivienda siendo madre soltera y sin contrato laboral

Una joven cuenta los problemas con los que se topa a la hora de encontrar casa con un alquiler asequible tras ser desalojada del piso que okupaba

Soraya lleva diez años trabajando casi sin parar, desde que nació su hija, aunque su vida laboral no lo refleje. Está en blanco. Todos sus empleos han sido sin contrato. Primero fue auxiliar de ayuda a domicilio, luego administrativa, vendedora, dependienta en una tienda de cosméticos, camarera… “¿Le voy a decir que no al trabajo?”, se pregunta y se responde ella misma, maldiciendo que no ha tenido la “suerte” de que sus empleos le hayan servido para cotizar. Por eso no tiene ayudas de ningún tipo. “La asistenta me echa una mano”, matiza. Los servicios sociales fueron quienes le sufragaron parte del mobiliario del piso en el que vivía hasta hace unos días. 200 euros le costó la llave. Se la compró a los anteriores inquilinos, okupas, que se la cedieron tras abonar esta cantidad. Soraya, madre soltera y sin opción de encontrar otra vivienda, aceptó.

Cuando llegó, tuvo que hacer varios arreglos. “Había pisotones por las paredes”, cuenta. Y también tuvo que reponer varios azulejos de la cocina y del cuarto de baño. “Faltaba hasta el cable de la acometida de la luz”, dice, lo que le costó unos 100 euros. Los primeros días que estuvieron viviendo en ella, Soraya y su hija utilizaban un pequeño motor que les suministraba electricidad y que cambiaban de habitación según sus necesidades. Tampoco había camas, ni sillas. “Un vecino me dio un colchón y otro una mesa con alguna silla”, relata. Y con eso se fueron apañando los primeros días.

“Quería pagar la luz y el agua, pero no me dejaron”, señala. Su intención era que el banco propietario del inmueble cediera y le concediera un alquiler social. “He ido 20.000 veces”, dice, y ha aportado toda la documentación que le han requerido, incluso firmas de los vecinos, certificando la buena convivencia. Pero no ha servido para nada. A sus 29 años, Soraya sabe lo que es vivir un desahucio en sus propias carnes, algo que le avergüenza. “No me saques la cara”, pide al fotógrafo, y prefiere no dar su verdadero nombre.

Las manos de Soraya, durante la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

Durante los tres años que ha estado okupando la casa ha tenido tres juicios, fruto de las denuncias interpuestas por la entidad bancaria. “En el primero quedé absuelta, pero me dijeron que no tenía nada que hacer, que tenía que irme”. En el último, dice, el abogado del banco le prometió que se iba a quedar en la casa. “Al mes siguiente, un policía de paisano me trajo una carta con la fecha del desahucio”, agrega. Eso fue un mes antes del lanzamiento, tiempo durante el que ha buscado un piso que alquilar, pero sin éxito.

Las viviendas que ha visitado, que no son pocas, rozan los 400 euros de mensualidad, una cantidad elevada para la economía de Soraya, pero ella no renuncia a pagarla si, llegado el caso, acceden a alquilarle un piso. “Si encuentro algo, hago lo imposible por reunir el dinero”, dice. Ahora trabaja en un almacén, aunque también sin asegurar, y desde hace unos días la ayudan en la búsqueda las voluntarias de la asociación Todos con casa, que reforma viviendas vacías para que las habiten personas con pocos recursos económicos. “Haremos una ronda por el barrio para buscar algo, a ver si hay suerte”, comenta Soraya esperanzada.

Soraya, hablando con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

Ella, mientras tanto, sigue buscando vivienda, y también trabajo. “Con estar asegurada dos horas me conformo”, dice, con eso tendría una nómina y un aval a la hora de buscar piso. O eso espera. “He tenido que menear el mundo”, cuenta la joven, que lucha cada día para sacar adelante a su pequeña, con la que vive, provisionalmente, en casa de unos familiares. “A ella no le cuento nada, no quiero hacerla sufrir”, exclama. Por ella aguanta viviendo en Jerez, de lo contrario “me iría a trabajar fuera”.

“Lo he pasado muy mal pensando que cualquier día me podían echar”, cuenta Soraya, que finalmente tuvo que dejar la vivienda. “Estoy fatal, no puedo seguir así”, añade, antes de finalizar la conversación para seguir mirando pisos. “La mente no descansa, tengo un dolor de cabeza que no se me quita”. Por eso pide a quien pueda ayudarla en la búsqueda que se ponga en contacto con ella. Por intentarlo que no quede.

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