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Sopas cocías: entre la necesidad y el sibaritismo

Benamahoma acoge por séptimo año un concurso que premia la mejor elaboración de un plato que ha pasado de quitar el hambre a recrearse en el deleite de los paladares.

Benamahoma acoge por séptimo año un concurso que premia la mejor elaboración de un plato que ha pasado de quitar el hambre a recrearse en el deleite de los paladares.

Como las gachas, las migas, el ajo de viña, las berzas o el salmorejo, el origen de las sopas cocías es de extrema humildad, por no decir de supervivencia. En los años de necesidad había que recurrir al ingenio para darle esquinazo al hambre. Por eso, desde tiempo inmemorial, en la Sierra de Cádiz presumen de sus sopas cocías. Antes, por haber sido capaz de alimentar a generaciones de serranos. Ahora, porque en tiempos de abundancia y de creatividad gastronómica la han convertido en un manjar irresistible. 

En Benamahoma le han dedicado incluso un concurso que desde hace siete años llama la atención de participantes que llegan desde diferentes puntos de la provincia de Cádiz e incluso de fuera de ella.  

Pasan algunos minutos del mediodía del sábado. Aunque hace fresco y el cielo está plomizo, para los benamahometanos hace una temperatura templada, salidos como están del temporal de frío y de nieve de semanas atrás. En la entrada al pueblo de la parte baja, la primera que se encuentra uno cuando llega desde El Bosque, la estampa es la habitual de los fines de semana. Senderistas, excursionistas y ciclistas copan las terrazas de los mesones situados al final del concurrido sendero del río Majaceite. Para mí que no tienen ni idea de que siguiendo la cuesta arriba del pueblo se prepara un festín gastronómico. Llegando a la fuente donde los visitantes hacen provisión de la excelente agua mineral (la que Lanjarón no consiguió embotellar debido a la presión social), un cartel nos indica la dirección de la plaza del pueblo. Las calles limpias, empedradas y encaladas están tranquilas. Nadie diría que es día de celebración, como en las fiestas de Moros y Cristianos o en el Toro de Cuerda. Hasta casi llegando al lugar de la cita no se percibe algo de bullicio. Según los vecinos, hay menos gente que el año anterior. 

Nos da la bienvenida un tenderete con dulces artesanos de Coín que un señor vende a precios de gourmet. A continuación, la cuesta abajo que llega hasta la plaza, donde se han habilitado una veintena de candelas para calentar otros tantos peroles y sartenes donde ya se cocinan los sofritos de las sopas.

Cuando no había nada de nada, ajos y cebollas se pochaban en el tocino (el aceite tenía entonces un precio prohibitivo) antes de que el pan duro, el agua, la sal y si acaso algunas habas y las asaduras de un conejo completaran el guiso.

Ahora, patatas, pimientos rojos y verdes, tomates, chorizo y huevos forman también la base de las sopas cocías que se han ido atortillando. Los concursantes calman el apetito de los prolegómenos con embutidos, chicharrones, atún y lomo en manteca que ofrecen generosamente al resto del público. Además, una cantina vende a euro y medio deliciosos montaditos de pata mechada, chorizo al vino o tortilla de los que doy cuenta con una cerveza. Allí mismo, Antonio González, miembro de la directiva de la Asociación Moros y Cristianos, me confirma que son 22 los participantes este año, y de ellos sólo cuatro del pueblo. El resto vienen de Jerez, Ubrique, Arcos, Puerto Real o Lebrija.De entre los concursantes, me llama la atención uno. Herófilo Mera, un octogenario de Prado del Rey que el año pasado se llevó el tercer premio, repite pese a haber pasado la noche en vela. Su mujer sufre Alzheimer desde hace seis años y apenas ha podido descansar. Pero no pierde el humor. Ha querido acompañar a un amigo, componente también del grupo musical que integraba y que se conocía como “los Beatles de la Sierra”. “No pienso decirle los ingredientes”, me avisa, para a continuación confesarme que su sopa lleva “patatas y tomate”, pero que lo que mejor se le da a él es el guiso de jureles con altramuces y las rebanadas con manteca colorá. 

El olor a leña quemada y el del sofrito lo invade todo. Las sopas están listas para que los voluntarios tomen las muestras que llevarán al jurado para que deliberen. En el puesto número 1 hay un señor de Lebrija que me sirve un cuenco para que pruebe de la suya antes de marcharme porque me esperan en El Bosque. Es una verdadera delicia. El año próximo tampoco faltaré, aunque este me voy sin saber el ganador. Mejor. Para mi esta vez no hay vencedores ni vencidos, sólo personas buenas y generosas que han querido homenajear a un plato que viene de la necesidad para entusiasmar a los sibaritas. Felicidades por ello.

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