Opinión

Sin ánimo de ofender

Si hay algo que caracteriza la evolución de la humanidad, es su capacidad de adaptación a los tiempos, su interés por mejorar y avanzar.

Pues bien este razonamiento para mi tiene una excepción, llamativa y escandalosa, los hombres, y nuestra manifiesta torpeza e incapacidad para evolucionar y adaptarnos a las exigencias igualitarias de cada tiempo. No me refiero al hombre individualmente, sino al hombre como idea, a esa categoría que llamamos masculinidad, que tiene unas concretas normas que nos definen, y en cierta manera determinan nuestra vida social, y personal.

Me dirán que no es cierto lo que digo, porque los hombres si hemos evolucionado, y ya no somos los salvajes de antaño, no lo niego, pero en parte nuestra evolución tiene mucho de adorno, superficialidad, y postureo, cambios de poca entidad, si lo ponemos en relación con la reglas que nos siguen diferenciando, y en base a las cuales interpretamos el mundo. Porque en materia de igualdad entre los sexos somos muy neandertales. Seguimos comportándonos como machos violentos, agresivos, jerárquicos, que abusamos del poder, despreciamos los sentimientos, y nos creemos el ombligo del mundo, llamados a nobles e importantes tareas.

Es posible que esto sea así, y es probable que seamos tan estúpidamente egoístas, orgullosos y “malvados” para no darnos cuenta y modificar las reglas. Porque hoy tenemos mucha información, hemos estudiado, y estamos capacitados para saber donde están las injusticias, como se producen y mantienen las desigualdades, y por lo tanto que tenemos que hacer para eliminarlas. Y aunque llevamos razón cuando afirmamos que hay males que no está en nuestras manos curar, también es cierto que nuestro cambio personal puede ayudar a mejorar la vida de las personas con las que convivimos y a las que muchos decimos amar, las mujeres. Sin embargo, ni aun así tenemos la hombría suficiente para cambiar.

Pero no se me ofendan por favor los hombres, que últimamente andamos muy sensibles, no seamos simplistas, ni sigamos cogiendo el rábano por las hojas cuando nos interesa, porque aunque no sea esta toda la verdad, o solo mi verdad, la inmensa mayoría de los hombres participamos y apoyamos la cultura patriarcal en la que se sustentan todas estas desigualdades y discriminaciones.

Porque que no usemos los privilegios, no significa que no los tengamos, o que no actuemos como unos machistas, no implica que no lo seamos. En el derecho penal existe la figura del cómplice, que es aquel que aun no habiendo cometido directamente el delito o la falta, es culpable por haber cooperado a la ejecución del mismo,y eso es lo que somos nosotros, cómplices porque no hacemos nada por cambiar una realidad desigual, en la que, aunque no queramos reconocerlo, siempre salimos ganando, y por eso no tenemos ninguna intención de modificar nuestro status. De ahí las reacciones malhumoradas y airadas, nuestro odio al feminismo, la misoginia, y toda esa fobia que tenemos a todo lo que tenga que ver con el binomio mujer e igualdad.

Pero sabemos, y esto nos pone de los nervios, que por mucho que nos resistamos, que neguemos y lancemos espuma por la boca, todo está cambiando, y el suelo de nuestra cómoda zona de confort se tambalea. Pero no para destruirnos, como decimos, “eso es lo que pretende el feminismo”, sino para equilibrar e igualar relaciones y poder, redefinir derechos y construir una sociedad más justa, y esto evidentemente, solo puede hacerse quitando y dando poder, es decir redistribuyendo.

Por eso no estaría mal que comenzáramos por ser menos egoístas, ceder, y dar paso a otras personas para que ocupen los lugares que nosotros ocupamos, renunciar a ejercer tanto poder, y entender que las funciones más dignas y prestigiosas que podemos desempeñar, pues de ellas depende la vida, son los cuidados.

Los hombres saldremos ganando, porque el feminismo aunque nos pique igual que una culebrina, ha venido también para mejorarnos, nuestra vida, la salud, viviremos más, sentiremos mejor, y seremos más felices. Y si no creemos esto, no tenemos más que mirar los datos, los que tanto nos gustan, que dicen cual es nuestra esperanza de vida, el sexo de la población penitenciaria, de las muertes violentas, o de las guerras, y así un largo número de episodios y situaciones donde somos los protagonistas. Pero claro siempre podremos decir que es la naturaleza, nuestra testosterona, el sexo, la virilidad, y esa estupidez que nos encanta afirmar, “somos diferentes a las mujeres”.

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Comentarios

  1. Bla bla bla bla. A ver, menos verborrea barata y responda a una pregunta. Se acaba de conocer la sentencia impuesta a Ana Julia Quezada por el asesinato del niño Gabriel Cruz con la agravante de PARENTESCO que la condena a prisión permanente revisable y también a tres años de prisión por daños psicológicos al padre del niño con la agravante de PARENTESCO. Y, entonces, la pregunta obvia es: ¿La violencia de esa asesina despiadada y cruel es violencia de género, violencia contra la infancia, violencia hembrista, violencia intrafamiliar…?

  2. Ayer se supo de otro horrendo crimen en Castro Urdiales (Cantabria) en el que la detenida es una mujer gaditana que había guardado en una caja la cabeza, previamente cocida en agua, de su pareja, un varón bilbaino. Y usted sigue sin responder a la pregunta que le formulé en mi anterior comentario. ¿Es ese horrendo crimen violencia de género? Y ahora añado otra pregunta. ¿Por qué no convocan los partidos políticos un minuto de silencio por la víctima de ese horrendo asesinato? Será porque la vida de un varón no tiene valor político, no da votos ni subvenciones. Ahora es cuando queda retratada toda la mentira y la hipocresía que envuelve a la ley de violencia de género y al hembrismo en el que usted milita.

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