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Una Semana Santa más acorde con nuestra realidad social

En estos días previos a la Semana Santa, en muchas ciudades andaluzas nos encontramos con grupos de jóvenes, sobre todo, alrededor de unos “pasos” sin figuras. Están ensayando la puesta en escena de los recorridos que les espera cuando procesionen más tarde, en los días de Semana Santa. Es de admiración su entrega a la causa. Con su “molía” al hombro, disponible en cualquier momento para entrar en las trabajaderas que le esperan, hacer su turno y sustituir al compañero en cuestión. Dedican a tal entrenamiento varias horas durante muchos días.

¿Qué les mueve a hacer este esfuerzo físico, que a muchos les cuesta hasta lesiones de espaldas? No parece que les mueva una motivación religiosa; es más, en algunos de ellos se observa una idea muy rudimentaria de la religiosidad. ¿Qué es lo que les mueve, entonces, a invertir su tiempo y esfuerzo en una dedicación que no parece reportarle beneficios? Una especie de heroicidad, de autoafirmación personal delante de sus amigos y familiares y, en ocasiones, una adhesión difuminada a lo que llaman “su” Cristo o “su” Virgen parecen explicar su entrega. Es complicado de entender que estos muchachos que, algunos andan parados y tienen un horizonte  de futuro muy incierto, no se movilicen para exigir trabajo e ilusión para vivir, no luchen por sus derechos laborales y sociales, tan vejados en los últimos tiempos, y sin embargo se ilusionen de esa manera al cargar con un paso de Semana Santa.

Esta situación me lleva a reflexionar sobre la incidencia que tiene la Semana Santa en nuestro sociología cercana. No hay duda de que tiene un arraigo especial en nuestra idiosincrasia y unas repercusiones que van más allá de lo religioso y se concretan, sobre todo, en lo festivo, sentimental y turístico. La Semana Santa, como manifestación religiosa, nace en un tiempo histórico muy peculiar, donde el brote protestante movió a las autoridades eclesiásticas a  movilizar al pueblo llano y para ello sacó a las imágenes a la calle en un afán, no tanto de interiorizar la fe, sino de fomentar la adhesión a los postulados de la doctrina católica.

La Semana Santa tiene dos manifestaciones: una lo que se llama el Triduo Pascual, que se celebra en el interior de los templos y trata de revivir, con lecturas bíblicas y cantos alusivos, la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, tal y como lo contaban los testigos y que luego quedaron reflejados en los Evangelios; y después están las manifestaciones en la calle que provienen del Concilio de Trento, que se celebró para hacer frente a la amenaza protestante que entonces se extendía por el centro de Europa.Alrededor de estas manifestaciones fueron apareciendo las hermandades cofradieras que trataban de aglutinar a los fieles más comprometidos alrededor de advocaciones de cristos y de vírgenes de especial sintonía con las creencias locales. Muchas de estas hermandades han durado hasta hoy, a las que se han ido sumando otras muchas a lo largo del tiempo. Y hoy, alrededor de la Semana Santa existe una red de hermandades que son las que montan todo el escenario visual que contemplamos cada año. Están formadas por un número importante de “hermanos” que, previo pago de la papeleta de sitio para salir, forman el conglomerado de “penitentes” que, con un ropaje característico propio de otras épocas, desfilan por las calles de la ciudad.

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Salida del Cristo de la Expiración. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

La Semana Santa trata de recordar a Jesús de Nazaret, un hombre sencillo que, por defender unos principios, fue humillado por el poder político y religioso de su tiempo, algo parecido a lo que le suele pasar a quienes luchan por unos ideales que estorban los intereses de los poderosos de este mundo. Es una celebración del compromiso humano pisoteado y ultrajado por los poderes, que no permitieron que los pobres y humildes de la tierra tuviesen la dignidad y el respeto que, como seres humanos, tenían derecho a gozar. Esto es lo que hay que renovar en estas celebraciones: mirarse un poco en ese Jesús de Nazaret para revivir esas actitudes y comportamientos que nos hacen más humanos, más solidarios y comprometidos con los débiles de este mundo. Esto es lo que se quiere celebrar en estos días, y no ese ambiente de jolgorio y frivolidad que a veces se vive en la calle.

La Semana Santa, como manifestación de una religiosidad adobada con aires populacheros y de espectáculo, transita por nuestras calles como una fiesta importante en nuestro calendario turístico. No en balde guarda la consideración de Fiesta de Interés Turístico Nacional, lo cual significa que todo el tinglado comercial se mueve al son de su trompetería. Algo que no tiene mucho que ver con el drama que vivió un hombre que ofreció su vida por los ideales y compromisos que predica, y que debe servir de ejemplo para quienes lo tienen como referencia. El escenario que se monta en estas fechas en nuestras calles y plazas tiene muy poco que ver con lo que se recuerda. La pasión de Jesús desemboca en la resurrección. Porque el mensaje y el estilo de vida que predicó no podía quedar enterrado en el olvido y la frustración, sino que tenía que “resucitar” y contagiar, primero a los seguidores que le acompañaron en vida, y a través de ellos, a muchos más a través de la formación de grupos humanos que llevaran ese estilo de vida a un mundo que fue haciéndose eco de su espíritu revolucionario donde el amor, la fraternidad y el compromiso con los más débiles pudieran implantarse en lo más noble de los seres humanos.

Sería interesante que la Semana Santa mostrara un interés especial por las personas y las familias que lo están pasando mal, con poca esperanza de salir adelante ante una situación de crisis que se ha cebado, de forma cruel, con su forma de vida. A través de los innumerables recortes en los servicios sociales, del aumento del paro conjugado a veces con la disminución o la privación de sus prestaciones, del aumento de una situación de desamparo social… muchos de nuestros ciudadanos pueden ver la Semana Santa como una festividad ajena a su desgracia, como una celebración artificiosa y, a veces, derrochadora de la muerte de una persona que nunca tuvo que ver con este boato desproporcionado, al menos.

En la conciencia de los creyentes debería pesar más el mensaje profundo de aquel personaje histórico que sufrió el desamparo de los suyos, la crueldad del poder político y religioso de su época y el dolor material de la tortura que le aplicaron. Quizás así, a muchos de los asistimos al espectáculo de las procesiones de estos días, se nos movería el corazón y a lo mejor, miraríamos más a nuestro alrededor para ver la realidad de quienes hoy sufren la ignominia de una sociedad más interesada en gastar mucho esfuerzo y dinero en manifestaciones religiosas que apenas nos tocan el alma.

Firmado por Emilio López. 

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