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Se vende parque natural entre Jerez y El Puerto

El Ministerio de Defensa anuncia la salida a subasta del Rancho de la Bola, tres parcelas de casi un millón de metros cuadrados por 1,5 millones

“Dame una última oportunidad. Tk.” “Riesgo de derrumbe. Prohibido el paso”. Los grafitis y las inofensivas barreras de seguridad en forma de carteles amarillo chillón pueblan el frondoso bosque de eucaliptos de las 143 hectáreas del Rancho de la Bola. Sus pabellones para el depósito de materiales y vehículos, sus galerías y túneles excavados en el cerro para almacenar los explosivos más sensibles y su acuartelamiento con enfermería y piscina son un enorme escenario fantasmagórico donde hasta hace poco se hacían fiestas pastilleras, se jugaba al paint ball y se sucedían las declaraciones de amor por las paredes. Todo se vino abajo tras la desmilitarización y abandono del complejo. Cuatro décadas después de inaugurarse, en unos terrenos adquiridos por la Armada en 1944 y tras unas obras interminables que se aceleraron a raíz de la Explosión de Cádiz en agosto de 1947, el Cerro de la Bola fue desmantelado.

Han pasado 17 años de aquella desocupación y el deterioro, como cabía esperar, ha sido imparable. Todo bajo riesgo de derrumbe. En 2002, se desafectaron sus terrenos del uso de la Defensa y desde entonces comenzó una larga reivindicación ciudadana para que la enorme finca se recuperase para el disfrute público. Pasaron los años, aquello se fue llenando de canis y niñatos con sus botellones y drogas sintéticas. También de grafiteros que crearon auténticas galerías de arte urbano en algunos de los desvencijados pabellones. Pero aquello era un peligro. “Metían los coches con altavoces dentro de esto que está a punto de caerse”, cuentan los lugareños. Por no hablar de que los polvorines eran accesibles, con los consiguientes riesgos. En la actualidad, solo hasta que abandonamos la enorme finca no comprobamos que existe un precario servicio de seguridad a algunas horas del día para alejar a los vándalos y a los curiosos. Defensa adoptó esta medida cautelar hace ahora unos seis años debido a la presión de la plataforma ciudadana que se creó para la recuperación de este espacio natural.
En 2010, la entonces ministra de Defensa, Carmen Chacón, confirmaba a la entonces alcaldesa Pilar Sánchez –ambas socialistas- que el suelo sería cedido al Ayuntamiento para crear un gran parque público. Eso sí, a cambio de un euro por metro cuadrado, lo que multiplicado por un millón de metros encerraba un coste de un millón de euros para una administración local en bancarrota. La jugada para Defensa era excelente, como ya ocurriera con la venta de los cuarteles de la ciudad, de la que sacó tajada en los 90 pese a estar enclavados en terrenos cedidos por el Ayuntamiento. El asunto, claro, se empantanó sine die. ¿Quién podía pensar en gastar dinero en plena crisis para comprar un suelo rústico y montar un enorme parque periurbano?

“Jerez no puede olvidar esta finca, esto es una maravilla”, dice Emilio Tornero, que hace solo unos meses se ha comprado un terrenito casi en la linde con el rancho. Ahora tiene cabras y ovejas, y un huerto con alcachofas, en suelo que se convirtió en urbanizable en el último Plan General de Ordenación Urbanística. Un suelo por el que pedían 150.000 euros pero que ha comprado prácticamente por la mitad. En pleno boom, comentan sus compañeros de jornada de campo, una aranzada de tierra superaba los 24.000 euros. Era un suelo marcado en rojo dentro de la burbuja del ladrillo por, entre otros, el conocido empresario ubriqueño José Luis López El Turronero. Un terreno que ahora vale poco o nada. Es la Cañada del Carrillo, en una de las faldas norte del cerro.

“Aquí puede haber ahora unos veinte vecinos, antes había más… Allí compraron el terreno y ya no vive nadie; esa otra casita que había ahí la han caído…”. José Segura, 55 años junto al Rancho de la Bola, visualiza aquel parque y recuerda hasta dos millares de militares cargando y descargando armamento y haciendo maniobras en los 80. También se acuerda de la viña y de cuando la arrancaron. Y también rememora las promesas que quedaron en nada para construir la Variante Sur, la conexión de la A-4 con la Jerez-Los Barrios. “Aquí se vive tranquilo, aunque antes con los militares más; le han robado a mucha gente, ahora hay mucha inseguridad”, dice desde su todoterreno. Con todo, lo que extraña y preocupa es el runrún que ha vuelto estos días a la zona. “El otro día vinieron militares en Land-Rover, yo no sé qué harían por aquí pero estuvieron dando vueltas”, asegura Emilio. El Instituto de Vivienda, Infraestructura y Equipamiento de la Defensa anuncia en su página web la venta prevista del Cerro de la Bola. Una llamada al Ministerio lo confirma.
Al otro lado del teléfono un funcionario asegura que la parcela saldrá a subasta pública “en breve” y que la estimación del precio de salida ronda el “millón y medio de euros”. ¿Pero es un suelo intocable, está protegido? “Sí, sí, salvo las edificaciones que tiene, todo lo demás está protegido”, responde. En total hay 924.393 metros cuadrados en tres parcelas de espacio libre público entre Jerez y El Puerto. La parte de Jerez está clasificada como suelo no urbanizable de especial protección, por la planificación urbanística paisajística e integral. Es, por resumir, intocable. La porción de El Puerto, en cambio, solo aparece como suelo no urbanizable. Quién sabe qué pelotazo podría haber ahí a poco que la burbuja volviera a hincharse. ¿Un campo de golf, un resort junto al Guadalete? Poco probable, pero…

¿Qué está haciendo Jerez? De momento en el pasado pleno de febrero salía adelante, con los votos a favor de PSOE, Ganemos y PP, y la abstención de C’s, una propuesta de IU para la recuperación definitiva de este pulmón verde de la provincia. La agrupación de electores considera “prioritaria” su inclusión en la agenda política local. C’s justificó su abstención en la necesidad de orquestar una serie de apoyos públicos y privados que sufraguen la inversión. El gobierno local descarta cualquier otro uso que no sea el que marca el PGOU pero no termina de concretar un plan, mientras que el PP, que dejó en blanco otro mandato para el rancho, habla de “seguir luchando” por esta enorme zona verde metropolitana.


Y queda IU, que lleva desde 1999 registrando propuestas a los plenos. Casi siempre aprobadas por unanimidad, en 2003 ya solicitó la cesión gratuita del espacio por parte del Ministerio de Defensa. En 2009, la penúltima vez que este asunto fue tratado por el pleno municipal, la proposición de la coalición argumentaba lo siguiente: “…durante estos años ha quedado más que justificada la necesidad de integrar dicho espacio al patrimonio público. Su proximidad al río Guadalete es de especial importancia por su carácter histórico y nos brinda un amplio abanico de oportunidades de uso social, educativo, ambiental, lúdico, agrícola, de empleo…, a las que no debemos renunciar”. Todos de acuerdo en el parlamento local pero sin saber muy bien para qué tanto consenso si en realidad se iba a avanzar tan poco.

“¿Aquí? Aquí dijeron hasta de traer el Zoológico. Escuché en Onda Jerez que el Ayuntamiento lo había comprado o lo iba a comprar. Espera, esa la que lo sabe bien es mi mujer”. Emilio descuelga su móvil, marca y habla: “Chica, hay dos periodistas aquí preguntando, ¿el rancho de la Bola lo compró el Ayuntamiento o no? Que te parece que sí, ¿no…?” Pues no, la realidad es que no. La parcela de Emilio va de un vallado donde arranca la cañada a una masa salvaje de lentiscos. Insiste en que tiene ovejas, cabras, caballos… “Venid y os doy alcachofas cuando queráis”, ofrece. Señala afanoso su terreno, orgulloso de su bicoca junto a un parque que es “una maravilla”. Ahuyentado el chunda chunda y el niñaterío, La Bola ahora es más bien un parque para aficionados al ciclismo y para domingueros rodeado de un siniestro decorado militar arrumbado. “Esto se pone mejor que Estella. Nos pusimos de broma un domingo a vender rábanos y se los llevaron todos. Los domingos se ponen por aquí unos veinte coches con familias que vienen a pasar el día, se asan hasta sardinas”. El guarda de seguridad de la finca, que ya está en su puesto a la entrada, lo corrobora: “Vienen los domingos y se ponen allí junto a aquellos eucaliptos. Pasan el día entero, juegan a la pelota, cogen espárragos…”.
Juan Bardo el Campeón, antes que jubilado fue rotulista, comercial, publicista. De sus 71 años más de treinta se los ha pasado en el coto de caza junto al rancho de la Bola, pateándose las colinas arriba y abajo, y palpando la tierra, hundiendo sus manos en ella. Su afición a estos parajes hace que todavía se pase por allí cada día para cuidar la finca de un francés, La Solera: “Me da la vida”. Se vuelve, avanza un poco con un inseparable pitillo en los labios y se lamenta: “Mira qué pena, esos ciruelos abandonados…”. Las tierras lindan con el Rancho de la Bola. “Estoy loco porque el Ministerio de Defensa le dé esto a Jerez, aquí hemos venido a manifestarnos con Pedro Pacheco, con la Pilar… Y ahora el Ministerio dice que esto es suyo y que le tenemos que pagar. Venga, hombre, por favor…” Mientras nos conduce por los senderos de la zona militar va explicando el pasado de las instalaciones y en qué han ido degenerando.

“Los polvorines están cerrados pero les hacen boquetes y se meten dentro; aquí han metido hasta 50 coches con altavoces; no sé cómo no reventaban los pabellones”. Se para y se asoma desde el exterior hacia una de esas paredes pintarrajeadas. Y cae en que su amigo Rosique dejó allí plasmado un autorretrato. “Nunca se supu cómo acabó pero fue un gran pintor”, nos recuerda. Suspira. “Esto podía ser la ‘casa de campo’ de Jerez; llevo 30 años viniendo y aquí se respira distinto. El eucalipto te limpia los pulmones. Esto es enorme y por poco dinero esto es un parque maravilloso”. Prosigue el recorrido, cerro arriba, antes de llegar a las dependencias del destacamento. “Ahí estaba el puente de grúa, eso pesaba… yo qué sé”. Y se interrumpe: “Mira, un pájaro perdiz, eso sí que me gusta a mí”. Reemprendemos la marcha en este día de nubes bajas y densas. Una higuera monstruosa ha reventado el pavimento. Juan, que nos explica la diferencia entre los higos y las brevas, echa la vista atrás e insiste en su tesis: “Ahí pones un buen restaurante, unos columpios, hasta puedes poner unas vías y montar un tren para pasearte… Esto es una pena, es una verdadera lástima”. En ese mismo momento, próxima al cartel de ‘prohibido el paso’, vemos otra vez esa pintada tan evocadora: “Dame una última oportunidad. Tk.”

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