Narrando en corto

Se nos acaban los hombres con flequillo

Dicen que los emigrados sueñan siempre con volver a su lugar de origen. A mí nunca me pasó. Desde que empecé a trabajar no volví a mi ciudad de nacimiento más que en vacaciones y aunque era muy hermosa, nunca sentí tanta morriña como para preparar mi regreso. Claro que allí vivía mi madre, ahora mayor y la mayoría de mis hermanos, pero una se construye también su propia familia. En primer lugar mi hijo y luego mis amigas. A mi marido ya no lo cuento porque es exmarido desde hace seis meses. Todavía no me acostumbro a que sea así, sigo durmiendo en mi lado de la cama, pero después de caerse de bruces una tiene que levantarse. Ojalá pudiera decir que del tirón como cuando tropiezas en medio de la acera y pegas un salto a pesar del dolor, mirando a un lado y a otro para ver quién te ha visto. Pero voy incorporándome.

Me dijo que había cambiado, que ya no era la mujer con la que se casó. Como si no hubiera espejos en la casa para gritarle que él tampoco era el joven con quien me casé yo. No serviría de nada, sentí la determinación en sus palabras cuando las pronunció. Había habido un distanciamiento, hasta cierta frialdad por su parte, pero no había querido verlo, si no aquel desayuno no habría sido como un mazazo en la cabeza. La sorpresa me dejó impactada, tardé una semana en contárselo a Maruja y otra más a las demás”. Busco apartamento por divorcio”, fue mi manera de contárselo, “no sabrás tú de alguno”. El qué dices me hubiera llegado sin necesidad de teléfono. Ella llevaba cinco años divorciada pero una nunca se acostumbra a recibir este tipo de noticias si no van llegando poco a poco. Es como una muerte de golpe y no después de una larga enfermedad, es mejor para el que se va, pero para el que se queda el trauma es mayor.

Una vez reunidas pudimos ponerle a caldo. Fue en la cafetería Mirador, donde nos gustaba tomarnos un vermut los sábados después del gimnasio. Estábamos todas, se había convocado un conclave y nadie se había planteado faltar por muchos imprevistos que le surgieran. Mari Pili, comía patatas en silencio, mientras Rosa muy resolutiva me recomendaba una agencia de alquiler de pisos. Éramos siete y cinco habíamos pasado ya por el divorcio, las dos casadas escuchaban muy interesadas cuanto les contaba como si pudieran aprender a estar atenta a las señales. Descuartizamos el proceso y pasamos a otro tema. Había tres que tenían nuevas parejas y decían estar encantadas, sobre todo porque no se planteaban compartir casa en ningún momento. Decían que así disfrutaban de lo mejor sin tener que pasar por lo peor de la intimidad.

María del Pilar seguía en silencio atiborrándose a aperitivos. Hubo un momento en que todas la miramos.

—Pili, por favor, deja de comer y di algo— le espetó Nuria.

—Es muy triste—dijo al fin.

—No te pongas melodramática, la vida sigue, el mundo está lleno de hombres—se arrancó Susana.

—Pero ya no hay vuelta atrás.

—Pili, por Dios, quién quiere volver a atrás, ahora ya no somos tan tontas, no pasamos por todo, somos más selectivas, los niños han crecido, además, nos tenemos las unas a las otras.

—Sí, pero echo de menos a los hombres con flequillo.

Nos reímos tanto y durante tanto rato que terminamos con toses y lágrimas corriéndonos por la cara.

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