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OpiniónLa Rotonda

Salvemos aquellas Zambombas que conocimos

El mayor espectáculo de Navidad que recuerdo empieza en el Puente de diciembre y dura hasta el filo de la Nochebuena.

El mayor espectáculo de Navidad que recuerdo empieza en el Puente de diciembre, cuando ya pasó el mes de los difuntos, y dura hasta el filo de la Nochebuena. En cualquier patio, en cualquier plaza. En una calle, en un rincón, en la estufa de casa de la abuela. Donde sea. El mayor espectáculo de la Navidad que he visto y oído no tiene fines comerciales, ni turísticos. No es reclamo de nada, ni viste sus mejores galas. No necesita nada de eso. Monta el instrumento allí mismo, lo improvisa. Como cuando Manuel Soto Sordera explicaba, navaja en mano, en un capítulo de Rito y geografía del cante cómo era eso de armar una zambomba. Esta fiesta, que coincide con la celebración de la muerte y engancha con la celebración de la vida, según el orden que marca el calendario gregoriano, no busca dar el do de pecho, ni la mejor afinación, no pide ni media etiqueta, ni se presta al postureo más cateto. Esta fiesta de la Navidad, tal y como la entiende Jerez (también otros pueblos cercanos como Arcos), es abierta y espontánea, es pura convivencia entre generaciones, es generosa y auténtica.

Para encender la mecha solo pide ganas de cantar y bailar, sin preguntar mucho más. No hace falta ni saberse los villancicos enteros. A veces basta con aprenderse el estribillo o mandar, cada uno a su manera, al marinerito Ramírez al más cruel de los ahogamientos. Sin invitar a nadie, esta celebración que yo conozco regala a todo el mundo mientras el cuerpo aguanta. Sin esperar nada a cambio. Todo lo demás, irá apareciendo sobre la marcha: el almirez, la botella de anís, los pestiños, la zambomba, las panderetas, las guitarras, los cantes flamencos al Niño Dios… Todo en torno al fuego purificador, a la candela que calienta y da luz a un ritual que no pierde su esencia por más que lo mercantilicen y lo machaquen con ese halo de ‘esto ya lo he visto en otra parte’ que lo inunda todo. Y luego, aparte del hacer negocio vendiendo sucedáneos y garrafón, están los móviles. Los móviles lo inundan todo, también las Zambombas. Son tan inteligentes que nos han vuelto idiotas e incapaces de vivir algo tan de momento, tan espontáneo, como esta fiesta navideña tradicional.

En una sociedad eminentemente heteropatriarcal, la Zambomba, además, tiene otra peculiaridad: tiene nombre de mujer. Los hombres son los subordinados en la fiesta. Las mujeres mandan. El decreto autonómico que cataloga a esta fiesta como Bien de Interés Cultural (BIC) lo corrobora. Hay que destacar, dice, “el papel fundamental que las mujeres han jugado en el mantenimiento y transmisión de la tradición oral”, que “se hace especialmente palpable en la faceta musical e interpretativa”. “Son ellas las que mejor conocen los repertorios, las que ponen más ímpetu y ganas en la interpretación de las coplas, las que con más asiduidad salen al centro del corro para marcarse un baile”. Sin embargo, alerta el mismo texto, “la evolución que vienen experimentando ha conllevado ciertas modificaciones y alteraciones en esta tradicional adscripción de roles. La progresiva mercantilización de la Zambomba ha propiciado el aumento de un público-audiencia, agentes de consumo, que aunque no llegan a alcanzar significativas cuotas de participación en el aspecto musical, sí se integran en la celebración y socializan en distinto grado con el resto de los agentes”.El mayor espectáculo de Navidad que recuerdo no lo he visto en Viena un 1 de enero, o bajo el enorme abeto del Rockefeller Center, o en la fachada del Corte Inglés de Preciados. Para saber qué es la Zambomba hay que vivirla, no narrarla —para aproximarse a ella, como mucho, pueden ver el vídeo de Juan Carlos Toro que ilustra esta pieza—. Repleta de identidad, de complicidad, de anhelos, de tradición, de ganas, de desinhibición… de esas cosas intangibles que, en fin, tanta falta a veces nos hacen. La Zambomba, eso sí, se puede revivir a 600, 2.000 o 6.000 kilómetros de distancia. No hay que estar donde nace esta tradición. Solo hay que dejarla que entre por la puerta y tener ganas de fiesta.

Como dice ese decreto andaluz que supuestamente debe velar por su conservación más genuina y menos adulterada, “la Zambomba constituye una manifestación cultural excepcional que se erige como una de las celebraciones navideñas más genuinas de Andalucía. Su dimensión social, simbólica e identitaria así como su riqueza lírico-musical son los principales argumentos que sustentan la propuesta de inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz de esta actividad etnológica”. A ti, que vives o trabajas la fiesta, aprovecha estos días, gana dinero, búscate la vida, vende bien tu ciudad, apaga tu móvil, disfruta, simplemente; y, sobre todo, por favor, sigamos conservando entre todos este tesoro tal y como llegó a nuestras manos y oídos. Porque en Navidad, no habrás visto nunca nada parecido a esto. Y eso mismo, mejor o peor, es lo que le hace único.

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