Cultura

Salvador Távora, su reino por el teatro

Medio siglo de compromiso social, cultural y estético se marchan con la muerte del director teatral sevillano. Autodidacta en sus orígenes y abnegado en su labor en las artes escénicas, no se cansó de denunciar con su 'quejío' de inspiración flamenca los males de su 'Andalucía amarga'

Un hombre que confesaba que no lograba separar su vida del teatro. El teatro hasta las últimas consecuencias. El compromiso hasta en la hora de su muerte. Ha muerto Salvador Távora Triano (Sevilla, 1930-2019) y las tablas de la escena española han sentido un crujido seco desde la Andalucía amarga que denunciaba el director teatral desde finales de los 70 del siglo pasado. La vida sigue igual, por eso la temía tanto como a la muerte. Aprendiz en los talleres de Hytasa, el sueño industrial textil sevillano que devino en pesadilla, soldador, cantaor por soleá, novillero y actor.

Autodidacta del ruedo, del riesgo y el arte. Tenía tez de reminiscencias de esclavo negro sevillano, o de jefe Sioux, era autodidacta y proletario. Un currante de las tablas. “El lenguaje de las máquinas, sopletes y canteras es universal”, aseguraba en el estreno en Bélgica de Andalucía amargaen mayo del 79, un drama sobre la emigración que podría seguir tantas décadas después de plena actualidad. Como sigue vivo el mismo grito de reivindicación de la cultura que entonces: a pesar de haber participado en 35 festivales internacionales de teatro, el Ministerio de Cultura “ni contesta a una petición de ayuda para gasoil para la camioneta”, se quejaba a finales de los 70.

Sabía que el cante y el baile flamenco son “expresiones inequívocas de un dolor” y, junto a otros como Gerena, Menese y Morente, puso el cante en su sitio, incorporando al lenguaje “muchas expresiones de dolor ocultadas del pueblo andaluz”, según declaró en una entrevista en El Cultural de El mundo hace trece años. “No hay nada hablado, todo es cantado, bailado, y nunca la violencia de la opresión, tal como la rebelión, han sido tan claras. La penumbra, tres llamas, sombras encadenadas, guitarra y voz humana: ya es bastante. Todo es posible”. En France-Soir, el crítico Pièrre Marcabru celebraba con entusiasmo el estreno en París de Quejío, Estudio dramático sobre cante y baile de Andalucía, obra de La Cuadra de Sevilla, compañía que toma su nombre del conocido local de Paco Lira en la movida sevillana tardofranquista y que ya dirigía por aquel entonces Salvador Távora.

Ilustración de un cartel de Quejío. Estudio dramático sobre cante y baile de Andalucía, La Cuadra de Sevilla. Fuente: CDAEA.

Meses antes del boom en Francia, un 15 de febrero de hace 47 años, gracias al empuje de dos hombres de teatro de la capital madrileña José Monleón y José Carlos Plaza, veía la luz en la sala que tenía el TEI en la calle Magallanes. Una impresión, una revelación. Con Monleón ya había trabajado Távora para ejecutar el cante en Oratorio, la celebrada obra del teatro independiente español de finales de los 60 llevada a escena por el Teatro Estudio Lebrijano, con Juan Bernabé a la cabeza. De aquel trabajo colectivo a partir de los textos de Alfonso Jiménez Romero, surgió un espectáculo bello y primitivo, emparentado, junto a la estética y el rito del gran pope teatral de la época, el polaco Kantor, con el teatro de la crueldad de Artaud y el teatro pobre de Grotowski. Todos inspiraban a un Salvador, ya maduro, que empezaba a conectar, por siempre, su vida y sus vivencias de su barrio sevillano del Cerro del Águila con el arte dramático.

Y llegó Quejío, el preludio de un terreno teatral muy fértil que cultivó durante casi cinco décadas. Gracias al concepto de “superficiales” en que se tenían considerados a los espectáculos flamencos, Quejío logró escapar de la atenta mirada de la censura, recoge el apartado dedicado al teatro independiente español del Inaem. Monleón comentaba cómo los censores toleraban la representación de la obra sin percatarse de su contenido: “Noche tras noche, a partir de la una de la madrugada, contemplada por los censores como si se tratara de un flamenco más para turistas, la representación de Quejío se asentó hasta convertirse, durante varios meses, en una de las atracciones de nuestra vida teatral”. Una fresca renovación de ese teatro más próximo al mero entretenimiento de las elites y la burguesía.

Hacer Andalucía, no andalucismo, con el hecho teatral

Pero el teatro de Távora, como él afirmaba, “no hace andalucismo, intenta hacer Andalucía, recuperar su historia manipulada”. Una nueva estética en un teatro de denuncia inédito que en conjunto ya representaba por sí mismo un compromiso en esa España de la Transición. El cante como expresión del dolor de un pueblo, las corridas de toros como ritual, y la Semana Santa como la expresión “elocuente de la sensibilidad estética andaluza”. La indómita belleza del caballo. Desde entonces, 27 montajes dirigidos para La Cuadra de Sevilla —Las Bacantes; Carmen; Ópera andaluza de cornetas y tambores; Don Juan de los ruedos; Flamenco para Traviata…— a lo largo de más de 5.000 representaciones, ante más de 3.000.000 de espectadores, en 35 países, y 180 festivales internacionales. Derrochando identidad y estremecimiento, tratando de narrar siempre verdad, hablando con lenguaje propio de la vida y la muerte.

Trabajó en una coreografía de la ópera La Traviata que dirigió Nuria Espert, y fue reconocido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y la Medalla de Andalucía. Tiene una calle y pronto tendrá una estatua en Sevilla. En 2007, en su barrio, donde empezó a labrarse su porvenir, La Cuadra cuenta con el Teatro Salvador Távora, último quebradero de cabeza de una vida nada fácil, como sumergida en su propia tragedia. En 2014, con la compañía en concurso de acreedores, veía cómo se derrumbaba su proyecto cultural por la deuda que contrajo para la construcción de la sala.

“Me encuentro como si estuviera nadando en un mar de decepciones, en aguas turbulentas cultural y políticamente”. “Yo pensaba que asentarme en Sevilla era el final feliz que queríamos. Recogerme aquí, en mi barrio, y hacer buen teatro desde la periferia. Pero esto se ha mantenido durante siete años con los ingresos de las giras de La Cuadra y ahora no es posible”, le confesó a la periodista Margot Molina en El País. Y se fue como llegó al teatro, asomado al abismo. Nadando y guardando la ropa. En la incertidumbre absoluta. Solo ante la creación. Solo en la hora de su muerte. Como la vida misma. Como un quejío por soleá. Teatro en las tripas, tragedia en vena. “Me cortaría la coleta por que la muerte no fuese un misterio”. Su reino por un caballo. Ahora todos lo recuerdan.

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