OpiniónOjo por diente

Sal y azúcar

El desayuno no estaba siendo, para nada, del otro mundo: un mollete congelado, a medio tostar, con ganas de pasar a mejor vida y un café descafeinado tibio como esa mañana de enero. Pero en mitad del periódico y mi segundo y asqueado mordisco llegó ella con sus pintas de perro-flauta y unos modales exquisitos.

Sus “Buenos días” y aquel sincero “Feliz Navidad” retumbaron en aquella cafetería de cloroformo y buñuelo industrial. Fue el suyo un saludo seco pero lo suficientemente grave como para que a los pocos segundos pudiera asegurarse mi respuesta desde la otra esquina del bar y que no dudó en agradecérmelo con una mirada limpia de cuarenta y pico tacos mientras pedía su primer café del día.

“¿Azúcar?”, le preguntó la camarera que estaba en mil cosas y en ninguna a la vez. “No gracias…, de azúcar ya tuve lo mío” respondió con una sonrisa de año nuevo. Me adelanté al extraño gesto de incomprensión de la camarera y solté al abismo de aquellos treinta metros cuadrados de cafetería de hospital, que también yo era de los que preferían que el café supiera a café, que costaba al principio pero que a las semanas no había ni punto de comparación. “Sí, tienes razón. Un buen café no necesita nada, pero a mí el azúcar es que, sinceramente, no me… De hecho terminé aborreciéndolo hace unos años”.

La dueña de la cafetería en un gesto autómata, engrasado por lunes cansinos, se agarró a nuestra tímida conversación, bajó el volumen de su guerra en Ucrania y sentenció que no podía ser verdad; que la gente necesitaba el azúcar y “porque las carmelas están muy buenas”. Pero sí que podía ser. No me quedó duda después de escuchar su historia.

Pasó hambre -esa hambre que no sabe hablar- en una de esas barriadas rurales que brotaron al abrigo de un Jerez que, desde hace mucho, no sabe calentarse a sí mismo.

Con un padre que se olvidaba de ella -tanto como de su hermano pequeño- y una madre que tenía el valor que su marido rebajaba cada noche, ella no pudo hacer más que ganarse la vida rebuscando leche entre pezones de cabra vieja, robando tomate maduros y cogiendo caracoles en mayos pasados por agua. Y entre tanta miseria y olvido dos pequeños saquitos de tela estuvieron colgando de su cinto durante toda su niñez: uno lleno de sal y otro de azúcar, según el alimento con el que tropezaba en los meandros del Guadalete.

“Perdí todos mis dientes” me dijo su risa mate antes de dar el primer sorbo al café. “Estos que ves son de mentira”.

Me invadió la necesidad de decirle que, a pesar de todo, tenía una bonita sonrisa, pero decidí callar para ahorrarme la broma fácil de la camarera que, agarrada a su mostrador, parecía loca por soltar una tontería que le ayudara a empujar su día. Así que me limité a contarle que su historia de azúcar y sal merecía ser escrita, mientras el rostro sesentero -ya caduco- de un jovencísimo Woody Allen, impreso en el papel malo de un sobre de azúcar, parecía mofarse de nosotros.

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