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Rosalinas y ‘capas rojas’ junto al Guadalete

Parajes de difícil accesibilidad, gran belleza y singularidad geológica.

En los Llanos de la Ina, el Guadalete discurre lento, trazando su curso meandriforme por una extensa vega aluvial encajado en sus propios sedimentos. Tras pasar el Puente de La Greduela, el río enfila hacia los cercanos cerros que limitan al norte su amplio valle y al llegar a sus pies, en las proximidades del Cortijo y Palomar de La Greduela, cambia bruscamente de dirección describiendo un gran meandro que deja en su seno las tierras conocidas como Haza del Calvo

Si desde el Puente de Cartuja tomamos la carretera en dirección a La Ina, podremos ver a la izquierda, apenas hayamos recorrido un kilómetro, los cortados y pequeños cantiles que el río ha tallado al encontrarse en su marcha con los cerros de la Greduela y de Los Yesos. La acción erosiva de sus aguas ha socavado la base de los cerros dando lugar a unos pequeños pero interesantes escarpes en los que, desde la lejanía, ya nos llama la atención la curiosa coloración de sus laderas, con tonos blancos y asalmonados, que entrevemos tras la alameda. 

La naturaleza de los materiales geológicos queda en evidencia en estos cortados donde se observan unos llamativos estratos de margas y margocalizas de tonalidades blancas y rosadas. Pertenecientes al Cretácico Superior, estos materiales son conocidos como “”capas rojas” o “capas de Rosalinas”, a las que la erosión fluvial  y las aguas de arroyada han labrado profundos surcos y curiosas formas. Los estratos, alternan capas bien definidas, en grosores que varían desde unos centímetros a varios decímetros, como puede apreciarse en numerosos puntos de estos escarpes. Por la singularidad geológica de este paraje, bien merecería algún tipo de protección antes de que pudieran  ser destruidos por futuras canteras para la extracción de áridos, como ha sucedido con otros enclaves cercanos, apenas unos cientos de metros aguas abajo. 

Este lugar, que a nuestro juicio pasa por ser uno de los rincones con mayor “encanto” paisajístico de la vega baja del Guadalete, está escondido literalmente tras las arboledas del río. Apartado de los caminos habituales, podremos llegar hasta él cruzando el Puente de La Greduela y caminando sobre la mota de la orilla derecha del río hasta la base de los cerros, en un corto paseo de diez minutos. Si se prefiere desde las cercanías de Lomopardo puede tomarse el carril que lleva a las antiguas canteras, en un recorrido algo más largo. Los escarpes, visibles desde la mencionada carretera de La Ina, están coronados por manchas de monte bajo con la típica vegetación mediterránea donde predominan acebuches, lentiscos y palmitos. 

El pequeño paseo que proponemos habrá merecido la pena y, una vez que dejamos atrás el Palomar de La Greduela, siguiendo la mota junto al río, llegaremos a los pies de los cerros en una cómoda y corta caminata. En este paraje “donde da la vuelta el río”, nos llama la atención la peculiar coloración de los estratos margosos y margocalizos, que alternan capas blancas y rojas. Si las primeras recuerdan  en su textura a la roca albariza, sobre la que crecen nuestros viñedos, las segundas nos sorprenden con sus rocas de aspecto terroso de suaves tonos rosas, rojizos, y asalmonados que, como en una paleta de pintor, las aguas de arroyada han mezclado con las tierras blancas dando lugar a toda una curiosa gama de colores en los que unos y otros se confunden. La acción erosiva de las aguas superficiales que bajan desde los cerros cercanos ha labrado en los escarpes profundos surcos, embudos, canalillos, pequeñas oquedades, entrantes y salientes… creando así formas redondeadas de suaves perfiles y variados colores que, a la sombra de los sotos fluviales o con los claroscuros de la luz tamizada por los árboles, hacen de este paraje y de estos cortados, un lugar con un “encanto especial”. 

Buena parte de ello se debe, sin duda, a esta alternancia de capas blancas y rojas y en especial a la presencia de estas últimas. Las “capas rojas” son sedimentos muy extendidos por  toda la región mediterránea que, en los alrededores de Jerez, sólo podemos ver en este lugar y en las proximidades de Baldío Gallardo. Estas rocas sedimentarias están formadas por la agrupación de restos fósiles de caparazones de “rosalinas”, animales microscópicos pertenecientes al orden de los foraminíferos. La microfauna estudiada por los geólogos, asociada a estos materiales, ha proporcionado especies como Globotruncana conica, G. contusa, G. stuarti o G. arca, -entre otros-, que fueron depositados en el Cretácico Superior (entre 70 y 65 millones de años atrás) en fondos marinos alejados de la costa.

A los pies de estos pequeños escarpes, el río Guadalete discurre mansamente y su cauce se estrecha a menos de 10 metros. En la parte cóncava del meandro, junto a este paraje, desagua por la derecha el Arroyo de Morales, que recoge las aguas superficiales de una pequeña cuenca formada entre los Cerros de Lomopardo, Los Yesos, La Sierrezuela y la zona de la Cañada de Morales donde aún se conservan laderas con restos de monte bajo en conexión con la ribera. Las huellas de la capacidad erosiva y de arrastre de este pequeño arroyo, pueden verse aquí en forma de grandes depósitos de cantos rodados, amontonados entre la arboleda. En el punto en el que se une al río se ha formado una flecha de gravas y cantos rodados que se adentra en su cauce, estrechándolo y rellenando su fondo. En el estiaje, cuando los caudales del Guadalete disminuyen, casi puede cruzarse a la orilla izquierda por este lugar debido a que el fondo del cauce aparece relleno de cantos rodados aportados por el arroyo formándose un vado natural, así como pequeños islotes en el centro del río. Estos parajes, de difícil accesibilidad, son de gran belleza y a su singularidad geológica, suman la existencia de unos sotos fluviales llenos de vida. Por eso nos gustan tanto y por eso lo contamos.

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