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Recuerdos en ‘Casa Chan’

El taiwanés Man Yuk Chan fue el primer ciudadano oriental que abrió un restaurante chino en Jerez en 1983. 32 años después, y tras dos cerrado al público, visitamos el histórico negocio de la mano de su hijo Carlos.

El taiwanés Man Yuk Chan fue el primer ciudadano oriental que abrió un restaurante chino en Jerez en 1983. 32 años después visitamos el histórico negocio de la mano de su hijo Carlos.

Restaurante Chino”. Las letras rojas sobre fondo blanco llevan 32 años luciendo en la urbanización El Bosque, hasta el punto de convertirse en una seña de identidad más de esta urbanización de la zona norte.

Carlos Chan (Taipei, 1975) aguarda entre los cuidados jardines que rodean los bajos del edificio donde se asienta el restaurante que abrió y regentó su padre, Man Yuk Chan, el primero de carácter oriental de todos los que con posterioridad abrirían en Jerez.

Carlos nos recibe con un apretón de manos. La cita la concretamos con la idea de entrar en el local, algo que en principio, vía telefónica, no le atrajo mucho. “No hay luz y está lleno de polvo”, nos advierte. En la puerta de entrada está el cartel de la inmobiliaria que tiene el local en alquiler. A su lado, el célebre dragón del letrero de Casa Chan luce amputado. “Los gamberros…”, dice con resignación Carlos.

Accedemos al restaurante por una puerta lateral que al entrar, intuimos, da a lo que era un pequeño almacén. Carlos pulsa un interruptor y ratifica que no hay electricidad. Desde aquí, otra puerta nos conduce a la barra del restaurante. Copas y vasos están ordenados cubiertos por una fina capa de polvo.

Vagamente se cuelan rayos de sol a través de las ventanas, pero los suficientes para luchar contra la penumbra y poder apreciar cómo está todo. Aunque lleva dos años cerrado, Casa Chan sigue teniendo ese halo elegante que lo caracterizaba gracias a sus diferentes motivos orientales, caso del dragón que recibía al visitante –éste sí, completo-, sus lámparas, cuadros, bordados, estatuas de deidades o la fuente, ahora seca. Y todo ello, curiosamente, diseñado por un jerezano, el recordado José Alfonso Reimóndez, Lete.Tomamos asiento en una mesa situada junto a una ventana para disfrutar de algo más de luz. Carlos pide permiso para encenderse “un piti” en el momento en que le pedimos que nos cuente la historia del primer restaurante chino que abrió en Jerez.

Man Yuk Chan, taiwanés de la República de China (no de la China comunista, como remarcará Carlos a lo largo de toda la entrevista), salió de su país tras la Segunda Guerra Mundial en busca de una vida mejor para establecerse en Alemania. Tras una temporada en el país bávaro, Chan llegó a España. Madrid, Rota y Las Palmas fueron algunos de sus destinos. De hecho, en las islas afortunadas, en la turística zona de Las Canteras, montó, junto a un familiar, su primer restaurante, Casa China, hoy desaparecido. Eran los años 60 y el negocio funcionaba. Sin embargo, tras una larga temporada al frente del mismo, empezó a sentir la necesidad de trasladarse a una zona más tranquila. Fue entonces cuando pensó en dos destinos bien diferentes. La Coruña y Jerez. “Jerez estaba más cerca, había vuelos directos desde Las Palmas y además ya conocía la ciudad, porque había venido varias veces”. Elegido el destino, en 1982 Chan y su familia se establecen en Jerez y un año después, un 18 de marzo, se abriría el restaurante de El Bosque, con todo lo que ello supuso para el por entonces pueblo, acostumbrado a la comida típica española y jerezana.

“Los jerezanos se lo tomaron como algo pionero, porque era una ciudad muy tradicional, y mi padre creo que fue el que abrió los ojos a la gente de que había más cosas más allá de España y Europa”, considera Carlos, que por entonces contaba con la edad de ocho años.

Casa Chan se caracterizó por ofrecer una comida con productos de calidad, con algunos platos que se hicieron famosos, como su pato. “Aunque muchos no salían de la ternera con pimientos y el rollito, yo creo que éramos el restaurante que más pato vendía de España. Cada semana traíamos 25 o 30 cajas”, recuerda Carlos. Pero sobre todas las cosas, afirma que lo que más llenaba al cliente era el trato que recibía. “A mi padre siempre lo quisieron mucho y lo respetaron, y todavía lo siguen queriendo, porque hizo las cosas bien. Tratar bien al cliente, quererlo, mimarlo, que se sienta como en su casa, esa era la filosofía del restaurante, no como ahora, que para muchos parece que es despachar comida. El objetivo era hacer que las familias pasaran un buen rato y volvieran”. Man Yuk Chan dirigió el restaurante con maestría durante diez años. Ni la crisis de los 80 ni la del año 92 pudieron con Casa Chan. “Haciendo bien las cosas no se notan las crisis, cuando no se hacen tan bien ya se notan un poco más”. La receta, rodearse de buenos profesionales, como Pedro y Jorge, hermanos filipinos a los que Carlos destaca entre todos. “Eran grandes camareros. Entre ellos y mi padre transmitieron que este restaurante era un lugar de muchas personas”.

Así, Carlos recuerda la cantidad de clientes que pasaban por el restaurante. “Familias, muchos trabajadores de banca, empleados del Ayuntamiento, todos los pilotos del Mundial… Recuerdo también un piloto de avión que venía todos los viernes y siempre con una chica nueva. Siempre pedía la mesa de la esquina más apartada…”

Cambio de manos

En 1994, pasados los 70 años, Man Yuk se jubila y cede el negocio a sus empleados. Por entonces, Carlos se había marchado a Estados Unidos, a estudiar en Seattle informática. Hasta entonces su labor en el restaurante se había basado en echar una mano los fines de semana. En Norteamérica estuvo seis años, hasta 1998, con un paréntesis de un trimestre en 1997, cuando regresó a Jerez por enfermedad de su padre.

En 2001, opiniones contrapuestas entre los socios del restaurante provocan que dejen el negocio, que coge Carlos por periodo de un año. “El restaurante necesitaba un periodo de transición. Yo luego ya tuve que seguir para adelante y buscarme cosas relacionadas con lo que había estudiado”. A finales de 2002, el restaurante se alquila a una ciudadana china. Desde entonces, acabaría en dos manos más, siempre manteniendo el primigenio nombre, hasta que el restaurante cerró definitivamente en 2013. Desde 2006, con los primeros síntomas de la crisis, el nuevo encargado ya empezó a tener problemas que acabarían desembocando en su cierre.A estas alturas, si bien el restaurante sigue en alquiler, Carlos no desecharía un traspaso si la oferta fuera buena, aunque eso supusiera que Casa Chan desapareciera para siempre. “Ya me daría igual que montaran lo que quisieran. Hay que saber renovar y aceptar las cosas. Nos lo quisieron comprar en el año 2006 por una cantidad curiosa para montar un banco, pero la nostalgia y el trabajo de mi padre hicieron que mi madre rechazara la oferta. Yo lo hubiera vendido, así hubiéramos estado más tranquilos económicamente y no tendríamos que seguir pagando impuestos. Esto de sello son 2.000 euros y de agua 80 cada dos meses”.

Una mirada al pasado, al presente y al futuro

Nos levantamos de la mesa para ojear y comentar detalles del restaurante. Le preguntamos a Carlos qué es lo que más recuerda, y vuelve a hablar de los clientes. Se nota que aquí eran lo primero. “Cuando he entrado aquí se me han venido a la mente muchos clientes a los que echo de menos. Algunos que ya no están, algunos que todavía viven y algunos que no sé donde están y que me gustaría verlos. Me encantaría convocar una reunión con ellos para vernos y para ponernos al día”. Su mejor recuerdo también es para ellos. “Las cosas pequeñas son las que hacen las cosas grandes, y esto era el día a día, el ver a la gente salir contenta del restaurante hasta el punto de saber que todavía hoy recuerdan a mi padre”.

Carlos actualmente se dedica a la importación y exportación de telefonía móvil, lo que le hace vivir entre Jerez, Madrid y Santander, si bien sigue empadronado en Jerez, “por el cariño que le tengo a la ciudad”, y porque su madre sigue residiendo aquí. Y aunque con la hostelería tiene una relación desigual –“hay veces que la odias y otra que la amas”- sigue en el mundo de la gastronomía, pero en Madrid, ayudando a restaurantes de amigos, alguno incluso con estrella Michelín.

Salimos del restaurante por la misma puerta que entramos. Tras cerrar con llave y hacerse una foto delante de la fachada, Carlos nos pide que añadamos una última cosa al reportaje. “Pon que volveré. No sé cuándo, lo mismo dentro de diez años, pero volveré a dedicarme a la hostelería”.

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