OpiniónEdición Jerez

Ranas y escorpiones

Las antiheroínas son heroicas y encuentran en la maternidad la naturaleza de su heroismo. Curioso que la paternidad masculina no funcione así.

El bueno de Esopo era muy avispado. A pesar de habitar el siglo primero antes de Cristo, no estaba por ello más lejos que hoy de conocer al género humano. Quizá estuviera bastante más cerca. Al narrador griego se atribuye la famosa fábula del escorpión y la rana, que de seguro habrá llegado a oídos del lector. En ella un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río prometiendo no hacerle ningún daño. La rana accede, no sin temor, subiéndolo a sus espaldas pero cuando están a mitad del trayecto el escorpión le pica. La pobre rana no da crédito dado que, tras esa traición irreflexiva del insecto, los dos van a morir, a lo que el escorpión responde: “no he tenido elección, es mi naturaleza”. Desde Esopo, y aún antes que él, muchos son los que han retomado este cliché en sus creaciones litearias o fílmicas para ilustrar el carácter humano. En el cine norteamericano, por ejemplo, esta fábula es contada por primera vez por el personaje de Gregory Arkadin en la cinta Mr. Arkadin (1955), de Orson Welles. Bastante recomendable. 

Una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer. De esto parece no haber duda, como tampoco la hay en la sentencia dirigida al hombre, al escorpión o a la rana. Cada uno detecta aquello que se espera de él y se afana por cumplir la expectativa, aun a riesgo de perecer ahogados en las aguas del río. De algún modo, el carácter va inserto en el adn social. El filósofo alemán Ulrich Beck escribió a principios de la década pasada que los individuos no podíamos detectar qué acciones constituyen elecciones personales y cuáles eran fruto de una disciplina común de comportamiento presente en la sociedad de nuestro tiempo. A esto último lo llamó individualización institucionalizada, un proceso por el que al parecer hacemos lo que hace todo el mundo pero bajo la falsa premisa pretenciosa de que cada cual lo decide a su gusto. Como el escorpión, somos aquello que creemos que debemos ser. 

De esos modelos de comportamiento se sirven las películas que vemos, los libros que leemos o la música que escuchamos. Las necesitan para hacerse creíbles y convertirse en modelos a consumir. Sobre ranas y escorpiones me ha hecho pensar la cinta La chica del tren (Tate Taylor, 2016), uno de esos filmes que no pasarán a la posteridad pero que recaudan de lo lindo en su paso por taquilla. Antes que la cinta -y eso ya suele ser habitual- arrasó el libro, el homónimo best seller de Paula Hawkins que atesora ya millones de lectores en su cuenta de resultados. Sin entrar a descifrar el fin de la historia, es posible disertar sobre los anfibios y los insectos que se reconocen en ella. El triple relato cruzado es, al menos al comienzo, un cuadro de antiheroínas, una suerte de drama psicológico con fuertes tintes de instrospección donde nadie parece responder a lo esperado. Ninguna de las protagonistas encarna un modelo a seguir y las sombras están mucho más presentes que la luz en su devenir cotidiano. No obstante, aparece pronto en la historia aquello que las une por encima de todo, aquello que constituye su naturaleza: el deseo de ser madres.

Como el escorpión que cruza el río a lomos de la rana, la mujer retratada no puede evitar dejarse llevar por su ser irrefrenable, atravesado cual vía férrea por la procreación. Esa naturaleza institucionalizada, presentada como deseo libre e individual sin precedentes equiparables de fuerza, parece definir aún sin cuestionamiento a lo femenino. Cuando se identifican madre y mujer, bajo la premisa de la fábula esopiana, se descuida a muchas integrantes de la historia real, se obvian -y ¿por qué no decirlo? se satanizan- ciertas elecciones personales y se institucionalizan las casillas del currículum vital a rellenar de la forma más efectiva: la sutileza de lo políticamente prefijado. De este modo, las antiheroínas son heroicas y encuentran en la maternidad la naturaleza de su heroísmo. Curioso que la paternidad masculina no funcione así. Ni en los libros, ni en las películas, ni en los ríos.

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