Opinión

Quito para todas y cada una de las estrellas que bostezan

Vuelve un viejo. Un jardinero. El que tiene mal genio. Un pastor de sueños. El que tiene sueños cruciales. El que come un plato típico de la ciudad donde vivo: maduro con queso. 

Ha vuelto el jardinero para regar las plantas
que casi se le mueren de abandono y silencio.
Ha vuelto como agua de manzanilla
navegando con bandera de cojudo
en el único mar que conoce
quizás porque no haya más
porque no hay sal que por mal no venga.

Ha vuelto el viejo mal genio
el boca sucia
el de los sueños cruciales
y los insomnios siniestros.
El que maldice y reza
el que predica y salta
el que come callado sus piedritas
y se fuma un maduro con queso
para aplazar los látigos del pasado.

(…)

Ha vuelto el poeta del carajo epicúreo
y la diarrea voladora
el de las ollas encantadas y del palo encebado
el cazador de fantasmas
el perseguidor
el caretuco
el tucoechancho
el ángel de la guarda
el que se caga en la tapa del piano
el pastor de sueños
el juglar de blasfemias
el panadero de hostias
el que cuida las puertas de la antesala del infierno
este pobre hijueputa que soy yo.

Ha vuelto el que compraba
Fernando Artieda Miranda

Es posible que cuando leas estos versos te quedes estupefacto. Pues serán versos que no te dejarán indiferente. Versos que son como minúsculos pensamientos de un poema más amplio. Escritos con un lenguaje sencillo pero contundente, insultante y frontal. Puestos en boca de alguien que vuelve a una ciudad y relata a todo los que ha vuelto a ver en su regreso. Y todos los que ve, no son sino diferentes partes de sí mismo.

Vuelve un viejo. Un jardinero. El que tiene mal genio. Un pastor de sueños. El que tiene sueños cruciales. El que come un plato típico de la ciudad donde vivo: maduro con queso. Un plátano maduro que algún vendedor informal dispuso previamente sobre las brasas de un hornillo hecho a mano y después, lo abrió por la mitad y extendió sobre él queso fresco rallado. De forma que, en las tardes relativamente frías, uno lo compra y se lo embozan en una bolsita de papel, y sientes una sensación tan similar a la de llevar una docena de castañas asadas en el bolsillo del abrigo o en el puño de la mano. Y te lo llevas a casa, o lo vas comiendo por el camino. Por una larga avenida que recibe el nombre de República, apiñada de tráfico indolente, sin ningún tipo de respeto por el peatón o las veredas. Hasta doblar otra esquina, mientras los ruidosos autobuses realizan sus particulares carreras cambiando de carril y arrebatándose pasajeros los unos a los otros.

Quizás el poema ahora te suene menos extraño. Adviertes el ligero cabreo de su voz. Su melancolía. Sus ganas de golpear la mesa y concluir que hasta aquí llegamos. Sus insultos rotundos como un suspiro. Se caga en la tapa del piano. Se llama a sí mismo caretuco, cazador de fantasmas y perseguidor. Algunas palabras no las entenderán. Terminología muy propia de la jerga de la ciudad. Lo que aquí es caretuco allá es caradura. Y así con otras tantas que le acompañan en el poema y no asomaron en el fragmento.

El caso es que el poeta vuelve a la ciudad. Y la encuentra así. Tendida a lo loco. Melancólica. Decadente. Como si un tropel de políticos la hubiera arrasado por encima como el caballo de Atila, que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba.  A él le da mucho coraje y como no puede callarse, va dejando su oscura impresión, verso a verso.

Ahora ya me entienden. E incluso pueden volver a leer el poema. Abrir y cerrar los ojos sucesivamente, al mismo tiempo que retienen la imagen visual que les reprodujo lo leído. No se me antoja aburrido. Inténtelo. Tengan la ciudad en la mente y en los tímpanos. Que la ciudad estalle en vuestras cabezas.

Ya disponemos de la ciudad en nuestro imaginario. Qué ciudad será. ¿La del poeta? ¿La nuestra? ¿Tal vez Madrid, cuando había huelga de recogida de basura? ¿O será la metáfora de la realidad social que vivimos? Lo ignoramos. Es como un sueño. Pero nos permite imaginar múltiples ciudades. ¿Y quién escribió este poema? Cierto. El poeta es Fernando Artieda Miranda. ¿Pero nació en Cádiz? ¿Es de Jerez de la Frontera? ¿A qué se dedicaba ese buen hombre? ¿Fue vecino mío? ¿Pasaba sus vacaciones en Moguer? ¿Almorzaba maduro con queso o “pescaíto frito”? ¿Le gustaba contemplar el crepúsculo en Sanlúcar De Barrameda?

Cuántas preguntas nos hacemos frente a ese desconocido, que dice que vuelve a cierta ciudad, que vuelve el que compraba. Pues el tal Fernando fue poeta. Y además periodista. Y cronista. Y un conversador directo, sin prestarse a ambigüedades. Un poeta ecuatoriano que nació en un 14 de junio de 1945, en Guayaquil, una ciudad que indaga en las aguas del océano Pacífico, pródiga en esteros, algunos manglares residuales, con un fuerte olor a sudor marino. Fernando Artieda. El poeta cuyo primer apellido lleva el nombre de un pueblo en el norte de la provincia de Zaragoza, no muy lejos de Ejea de los Caballeros. El poeta que nos dejó en el año 2010, en busca de otros mundos que desconocemos salvo por la promesa de un cielo, quien sabe si poblado de barcas o de piojos gobernantes.

¿Y la ciudad? ¿Cuál es? La que ustedes quieran. Tal vez allá un poco de lo que él describe en cada ciudad en la que habitamos ¿No les parece? Yo hice el ejercicio al que me refería en párrafos anteriores. Cerré los ojos. Los abrí. Y viceversa. Tuve la sensación de que me había fumado media docena de porros bajo la dulce lluvia. Me cagué en todo lo que se menea. Vacilé un poco. Tensé la cuerda. Recordé todo lo que he dejado en España. Concluí que soy emigrante. Que nací en Bilbao. Que ahora vivo lejos. Que la nostalgia es como un puñal navegando entre mis vertebras.  Y que tenía que escribir algo al respecto.

Cada día me despierto en una ciudad que ustedes no conocen. La ciudad se llama Quito. Se extiende como una media luna, de norte a sur, dependiendo por donde se mire. En uno de sus extremos hay un volcán orondo y empeñado en guardar silencio, y en otro, una discreta elevación que desciende hacia los valles aledaños. Una ciudad bella y contradictoria, pero dejada de la mano de dios por el actual burgomaestre –curiosa forma que tenemos de llamarle al alcalde-. Quito, en la que hay días que padezco de la misma sensación que Fernando Artieda. La siento fértil pero dolorosa. La amo pero también guarda desconsuelo y dejadez. Es bella y blanca, pero sus gentes adoran ser impuntuales. Su centro histórico me devuelve otros tiempos. Sus aglomeraciones de casas y apartamentos suben las laderas sin ascensor, con el mismo desorden caótico que el puerto de Valparaíso. A la que cuesta poco acostumbrarse. Un clima dispar y fuertemente anecdótico. A ratos jubilosa. En otros momentos cubierta por un contubernio de nubarrones. Nace la tormenta y muere la luz. Una ciudad aparentemente tranquila, en la que de repente asoma una motocicleta sin placas de matrícula y te pide amablemente todo lo que llevas encima con una pistola como permiso –nótese la ironía-. Una ciudad pudiente en algunos barrios y popular en otros. Una ciudad que también tiene poetas, unos discretos y anónimos, y otros empeñados en buscarse la gloria en sus reducidos y selectos círculos que no tienen más trascendencia que el culo de una hormiga. Una ciudad en la que, al respecto de esto último, ser libre es un pecado.

Esta es mi ciudad entonces. Una descripción un tanto mitológica. Tengo que reconocerlo. Pero es mejor que la conozcan a través del ingenio o el aburrimiento de uno de sus habitantes, que por medio de la ignorancia de cualquier noticia. O con la excusa de Fernando Artieda, al que escogí al azar, producto de un síntoma momentáneo de lucidez poética.

El caso es que Quito es la ciudad en la que reporto mis pasos a diario. Con la noble y particular condición de ser emigrante, pero al revés. Tan acostumbrados que hemos estado en sentido contrario. Sin embargo, yo abandoné el barco de mi península hace doce años, por motivos interiores y no forzosos. Quito que, a día de hoy, penetra en mis venas y yo me desvanezco en ella.

Ni se imaginan. Pero les invito a que imaginen. Ya saben. Cierran y abran los ojos. Los cierren y abran. Es domingo. Las diez de la mañana. Los fantasmas están dormidos y los poetas, de mejor humor. Las bicicletas hormiguean de extremo a extremo, en la ciudad de Quito. La vida se exterioriza cálida y heterogéneamente. El parque del Ejido, uno de los espejismos verdes entre tanto ladrillo redentor. El colectivo de pintores, como es costumbre desde hace muchísimos años, expone sus cuadros en uno de los perímetros del parque. Pintores que se ganan la vida allí, a diferencia de otros que medran entre galerías y cocteles. Otro Quito que vuelve a mis ojos. Hay Quito para todas y cada una de las estrellas que bostezan. También hay Quito para quienes no lo conocen. 

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