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Quiñones, Quiñones…

Me entero por internet de que el instituto Fernando Quiñones quiere cambiarse de nombre y que la propuesta que hay ahora mismo sobre la mesa es la de pasar a llamarse Lola Flores. En resumen: adiós, escritor chiclanero; hola, artista jerezana. 

Al parecer, la causa principal por la que este instituto quiere cambiar de nombre es por la coincidencia que se da con otros institutos de distintas ciudades de la provincia y los continuos inconvenientes y malentendidos que el enunciado homónimo genera. Pues puede ser, claro, pero aprovechando este tiempo de Carnaval que se avecina permítame el lector un poco de humor zafio —del que intentaré salir con una cierta elegancia, en la medida de mis posibilidades— y aventurar mi teoría particular al respecto. Lo diré en cuatro palabras: Es por la rima. El claustro está harto. Todos los años lo mismo, seguro que ocho o diez profesores acaban pidiendo el traslado al final de curso porque no soportan la rima. El premio. El ‘ones’, hay que decirlo ya. La gracieta del interlocutor. ¿De qué instituto decías que eras? ¿Quiñones? Pues ya sabes. Una vez. Otra. Diez. Un año. Dos. Seis…  

No se engañen, seguro que es por eso por lo que los profesores más veteranos han puesto sobre la mesa otro nombre. Un nombre que además cumple todos los requisitos de hoy en día: mujer, mito y de Jerez. El único problema con la elección tal vez sea el del tiempo.

Vale que Lola Flores —con la que, por cierto, hablé por teléfono en un par de ocasiones: una mujer francamente divertida— es eterna, lo que no es óbice para que haga casi veinticinco años que murió, por lo que en estos tiempos que corren el profesorado seguramente tendrá que impartir entre los alumnos un seminario sobre la artista, un seminario al que me da, precisamente volviendo a los tiempos que corren, no estaría de más que asistiera también el profesorado más joven.

Al final todo esto nos lleva a otra cuestión: Si Lola Flores ahora va a tener próximamente su museo (las cosas en Jerez son así, nada de ir a lo loco), ¿por qué no proponer para el nombre del instituto a otra mujer racial recientemente fallecida, caso de Aretha Franklyn? Quedaría de lo más ‘cool’. O ya puestos, ¿por qué no romper con la habitual necrofilia de colegios e institutos en sus nombres y optar por una artista viva, no sé, Tina Turner, por seguir la línea elegida, o ya directamente Patti Smith, a lo punki?

Bueno, ahí lo dejo. Llegado el caso, no quiero reconocimientos. Y mucho menos ‘premios’. Ahora bien, si estás propuestas no encuentran eco y finalmente se produce el cambio de Quiñones (ya saben, sin…) al de Lola Flores, espero que los profesores sepan “maravillárselas” ellos solitos, no vaya a ser que se les vaya el tema de las manos y tengan a los chicos y chicas “llora que llora por los rincones” por las notas o simplemente por la dieta de lunes, martes, miércoles —y lo que haga falta—, venga “arroz con bacalao”… 

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Un comentario

  1. Obviamente para gustos los colores, ya sabemos que de la ocurrencia ajena siempre se puede hacer sátira. No sé la información que maneja usted sobre el cambio de nombre, yo sí sé la mía porque me toca muy de cerca. Más que una petición de “maravillárselas” del claustro, alega, además de a una necesidad de deshacer el entuerto nominal, a un recuerdo de que aquella figura “no canta, no baila”, así que “no se la pierdan”. Siento decirle que los jóvenes saben por modo propio mejor quién era Lola Flores si lo comparamos con Fernando Quiñones. Pero ese no es el caso. Con este cambio también se recuerda el fomento de capacidades innatas de cada uno o facilidades para una u otra actividad, con lo que se incentiva, además del autoconocimiento y de la capacidad de autocrítica de cada alumno, el desarrollo de las diversas habilidades y en el conjunto, de la conciencia de atención a la diversidad. Así que puede ser que los ojos de los profes tengan un resplandor diferente, pero no de “llorar por los rincones”, sino de trabajar una conciencia social y automotivadora que incentive el proceso de aprendizaje del alumnado, y se pongan más guapos todos porque “el brillo de los ojos no se opera”.

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