Opinión

Quince años de nada

Veinte años no es nada y quince tenía mi amor. Eso nos enseñaron las canciones de nuestros padres y madres, y a ellos se lo enseñaron los guateques del tocata a pilas y el ‘agarrao’ dominical. Todo eso y más aprendimos de los tangos y del Dúo dinámico. Cuando los quince años pasan por la carne joven, trémula y prieta son motivo de alegría y hasta de amorosa atracción pueril. Cuando se tienen quince años el mundo es infinito, insospechado; y las oportunidades son todas. Solo se tiene futuro y apenas hay recorrido para mirar hacia atrás. Si te enamoras a los quince sientes que no hay nada más allá, que no habrá nunca sentimiento comparable y que aunque pasaran mil vidas, nada compensaría los zarpazos al alma de un desdén.

Todo se vive como siguiendo el dictado de Gandhi, como si se fuera a morir mañana. Con el paso de los años te das cuenta de que la segunda parte de esa frase es la más valiosa: aprender como si se fuera a vivir para siempre. Pero a los quince no lo sabes, porque solo puedes pensar en lo inmediato. El amor es entonces indecible y el dolor, sublime.

A veces los quince años no son los primeros. A veces son los que nos separan de ese primer amor, ese que nos hizo vibrar y nos erizó el vello cuando aún nadie lo había probado. Nos lo enseñó esa joya del primer Garci y su Asignatura pendiente. Nos lo enseñaron Sacristán y Faltoyano con su amor adolescente y su reencuentro carnal quince años después. Con ellos aprendimos que en algunas ocasiones una quincena no es suficiente para apagar las llamas de una pasión inconclusa. Nos hicieron ser conscientes de que lo que nos recorrió las venas un día de alguna manera puede seguir ahí por mucho que recorramos el mundo y sus fatigas. El amor persiste, en algunos corazones, aunque pasen quince años.

El dolor también lo hace y quizás con mayor vehemencia. Vivir quince años con un amor dentro es posible y pasarlos con el alma en pena desgraciadamente también. Cuando la soledad es la única que acompaña ese tiempo, la huella es tan profunda que nada consuela. Igual que a un enamorado imberbe o a una enamorada con acné doliente de desatención. En ese momento, ningún llanto se siente más fuerte, ni más en lo hondo, ni más eterno.

Casi doscientas familias llevan quince años experimentando esa intensidad de dolor. Quince años de historias truncadas, de vidas deshechas y de sueños por acabar. Esta semana se han cumplido los primeros quince años sin ellos, sin todas las víctimas que dejó en el camino aquel terrorífico jueves de marzo. Demasiados hogares a los que nunca volvieron, demasiadas pasiones adolescentes a las que jamás podrán regresar, demasiados viajes exóticos —o menos exóticos— que nunca harán. Demasiado tiempo sin luz. A veces, quince años son pocos para olvidar un amor y una vida no basta para lograr desgajar de la mente el horror de un instante interminable. Nunca sabremos si llegarían enamorados a sus bodas de oro, dónde les habría gustado morir o cuál sería el libro que les cambiaría la vida. Nunca conoceremos sus cuentas pendientes ni sus odios más profundos. Tampoco podremos saber cuál fue su último pensamiento. A mí me gusta pensar que lo dedicaron quizás a un amor de juventud. A ese que solo brota a los quince años y que otros quince después, como el dolor más siniestro, aún no se ha podido borrar.

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