Opinión

¿Qué significa Vox para la izquierda en Andalucía?

Los resultados electorales nos dejan un futuro incierto y poco halagüeño en una Andalucía donde los recortes de la derecha cada vez se hacen más patentes

Pocos podíamos imaginar que, en un período de un solo año, la extrema derecha lograría situarse como tercera fuerza en Andalucía, con 867.429 votos, a menos de 7.000 papeletas de la segunda fuerza, el Partido Popular. Cuando, a raíz del mitin de Vistalegre del año pasado, comenzó el runrún de Vox, ninguno hubiéramos vaticinado un escenario como en el que hoy nos encontramos, con las derechas gobernando en Andalucía y logrando sobrepasar en número de votantes a la izquierda el pasado 10 de noviembre.

El camino hasta aquí, en esa travesía diabólica iniciada —de manera inconsciente— por Susana Díaz hace un año, es conocido por todos, igual que también sabemos quiénes decidieron normalizar a Vox, abriendo de par en par las puertas a su discurso reaccionario, xenófobo, y, en definitiva, anticonstitucionalista. Hacernos sangre, recordar el resurgir de la bestia españolista, no nos permitirá avanzar en la solución, porque, muy a nuestro pesar, debemos reconocer que Andalucía hoy es parte del problema. Este reconocimiento va más allá de asumir los datos electorales que comentábamos al inicio; implica valentía para admitir todos nuestros errores y fortaleza para enfrentar una coyuntura totalmente propicia para el discurso de Vox.

De lo contrario, si el voto a Vox pasa de coyuntural a estructural, tendremos a toda una generación politizada en base al rechazo al diferente, a la mujer y al conjunto de pueblos del Estado. Viviremos treinta años de fascismo en las instituciones y en las calles, soportando día tras día discursos tan surrealistas como aquellos que simplifican los problemas en la inmigración —desmontados de forma excelente por los laboristas británicos— o atacan a feministas, gays y un largo etcétera.

Andalucía no se ha vuelto (ultra)derechista de la noche a la mañana. Debemos entender que Vox lleva un año en su salsa, navegando en Andalucía dentro de un cóctel marcado por el desgaste del trinomio PSOE/Junta de Andalucía/Autonomía, debido a los errores socialistas, de sobra conocidos, y a la excelente campaña de la derecha, que, utilizando figuras apolíticas como Spiriman —¿alguien sabe dónde está cuando más lo necesitamos?— logró adjudicar al gobierno socialista todos los males de nuestra comunidad. Además, el reverdecimiento identitario a nivel estatal, alimentado por el ‘procés’ en Cataluña, se torna otro pilar idóneo para que discursos como los de Vox, que emplean la misma estrategia usada por Trump, Salvini o Le Pen, calen entre sectores de la población lejanos a los intereses anti-igualitarios de las élites que auspician Vox.

Esta coyuntura de orden público y territorial, por tanto, no parece beneficiar nada a la izquierda, pese a los intentos del PSOE, sino que da alas a una fuerza irracional y defensora de las esencias de la España franquista como Vox. Aceptar este momento histórico, articular discursos que nos alejen de las trincheras cavadas por los autoproclamados constitucionalistas y, aunque nos pese, del independentismo, debe ser el primer paso de un largo camino para frenar el incipiente auge de Vox, y, también para que Andalucía exista.

Frenar a Vox y recuperar la identidad de Andalucía usurpada por el españolismo son la misma tarea. Como están demostrando los primeros análisis, destacando el del científico social de izquierdas más relevante en la actualidad, Sánchez-Cuenca, Vox crece allí donde las identidades autonómicas y subestatales son más débiles, es decir, donde la identidad nacional española ocupa un peso mayor dentro de la población. Si entendemos las identidades como sentimientos latentes, entenderemos que Vox quizás no crezca tanto por su discurso reaccionario y xenófobo, sino por lograr activar nuestra parte más españolista, apareciendo como defensor —y gestor— de España frente a la secesión de una parte del territorio. Esta premisa nos otorga una noticia positiva, desinflamar la situación en Cataluña desinflará a Vox en Andalucía.

Parece que, teniendo presente todo lo que hemos ido explicando, la mejor solución al problema Vox es ‘andalucizar’ a los andaluces, sobre todo a aquellos que se sienten tan andaluces como españoles, en esa identidad dual que, desde la izquierda andaluza, a veces olvidamos que es la mayoritaria (70%) dentro de la población andaluza. Desde esta tribuna, entendemos ‘andalucizar’ como la difusión de los valores propios del andalucismo, destacando la solidaridad, el carácter de acogida de nuestra tierra, una visión igualitaria de la política y tantos otros factores que entran en conflicto con las ideas de Vox. Las elecciones andaluzas, de las que debimos tomar nota, señalaban como el voto a Vox descendía de forma fulgurante entre aquellos que se sentían más andaluces. Ahora bien, debemos ser valientes para reconocer que, a día de hoy, la oferta de Vox funciona mejor entre los andaluces que la nuestra, logrando mostrarse ellos como defensores de la seguridad y la protección de una Andalucía donde la incertidumbre, la precariedad y el miedo al futuro empiezan a ‘cegar’ el pensamiento de nuestro pueblo.

El nuevo gobierno de coalición de izquierdas nos otorga una nueva coyuntura, marcada por la esperanza y la posibilidad de construir un contrapeso estatal a las políticas negligentes de la Junta de Andalucía en materias como la sanidad. Un nacionalismo del bienestar capaz de construir un patriotismo social, basado en los servicios sociales y la protección de nuestros derechos más básicos, puede favorecer ese proceso de ‘andalucización’ de los andaluces, frente a la españolización más reaccionaria representa por Vox. El pan, el trabajo, la tierra y la libertad, demandas tradicionales de movimientos sociales como el andalucismo son la mejor receta contra el nacionalismo que excluye y enfrenta. Si queremos volver a existir como pueblo, debemos echar a andar cuanto antes. Pronto tendremos un nuevo 4 de diciembre en el que expresar nuestro rechazo a Vox, además de recordar la esperanza en la blanca y verde como garante de los derechos, sueños y anhelos de nuestro pueblo.

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Un comentario

  1. Un artículo que no pasa de ser una ensoñación delirante. El autor comienza mal al decir que “el españolismo es una bestia” porque “su propósito es subordinar el constitucionalismo al nacionalismo”, porque evidentemente, la Nación es previa a la Constitución (en España y en cualquier otro país), ya que es la Nación el sujeto soberano que aprueba una Constitución que rija el Estado de derecho; así que no puede haber constitucionalismo democrático sin patriotismo, en nuestro caso, sin españolismo. Luego, se sigue hundiendo en el disparate al proclamar la falacia de que el españolismo descuartiza el régimen constitucional al arrancarle los derechos humanos (¡nada menos!), cuando es la Nación española la que ha aprobado una Constitución modélica en el respeto a los derechos humanos, derechos humanos que son los separatistas quienes los pretenden conculcar (y conculcan) y quienes están saboteando los Estatutos de autonomía con su contumaz deslealtad. De todos los pilares que cita el autor como característicos del españolismo, el único verdaderamente característico, esencial, es la unidad de la patria, como en todos los patriotismos del mundo mundial, porque sin unidad no puede haber patria, no puede haber Nación política si quiebra su capa basal (entre otras cosas muy importantes), de forma que la unidad de la patria condición necesaria para la permanencia de la Nación, para la eutaxia del Estado social y democrático de derecho; los demás “pilares” que señala el autor son más o menos contingentes, medios más que fines, y en modo alguno genéricos (hay muchos patriotas que somos republicanos, por ejemplo) ni obligados ni preconstitucionales; lo único necesariamente previo y superior a la Constitución, inclusive a la democracia, es la Nación política, que es la misma desde hace más de 200 años, aunque haya tenido varias y diferentes constituciones que todas derivaron de aquélla. El españolismo no puede ser nunca la antítesis del constitucionalismo, sino que es su causa, su origen y su legitimidad. Identificar al nacionalismo con el autoritarismo, el centralismo y el liberalismo es una falacia que no resiste el menor análisis filosófico, histórico o político; el nacionalismo es una categoría ajena a esas, puede ser autoritario o democrático, centralista o descentralizado, unitario o federal, liberal o marxista (¿va a sostener el autor que la URSS no era nacionalista?). Si algo remarca y defiende el nacionalismo es el nexo causal entre el poder constituyente (la Nación soberana) y la Constitución que aquella aprueba y a la que ésta está sometida.
    Andalucía es españolista porque los andaluces somos españoles y tenemos la inmensa suerte de no haber estado sometidos durante 30 años al lavado de cerebro de ningún separatismo irredento, como les ha pasado a vascos y catalanes desgraciadamente; aun así, los catalanes siguen siendo mayoritariamente unionistas, y creciendo tras la contemplación del verdadero rostro violento de los separatistas, y en Vascongadas tampoco hay una mayoría secesionista. Menos mal que el autor reconoce la realidad de que Andalucía no es una nación política ni los andaluces hemos caído en la locura de querer serlo. Pero vuelve a errar el autor al identificar frívolamente el vocablo “nacionalidad” que figura en el Estatuto andaluz con el de “nación” porque basta consultar el DRAE para comprobar que la tercera acepción de aquel vocablo, que es la que rige en este contexto, lo define como: “Comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural”, esto es, no se refiere a una nación ni, mucho menos, a una nación política, sino a una comunidad autónoma, a “una entidad territorial que, dentro del ordenamiento constitucional del Estado, está dotada de poder legislativo y competencias ejecutivas, así como de la facultad de gobernarse mediante sus propios representantes”, pues obviamente nunca puede haber más de una nación política, más de un soberano, en un mismo territorio, por incompatibilidad esencial; sin perjuicio de que está por ver que en España haya diferentes naciones culturales al margen de diferencias folclóricas irrelevantes y de algunas lenguas regionales minoritarias e inútiles; nuestra cultura casi unánime es la católica hispánica, inclusive para los españoles que somos ateos. El españolismo no está tratando de erradicar a Andalucía porque eso es sencillamente imposible, incongruente e innecesario. Sostener que Andalucía ha sido vaciada de su identidad cultural, civil y constitucional es un disparate que el autor ni se molesta en tratar de justificar. El autor cae en el sobado victimismo de los nacionalistas irredentos para señalar un culpable, España (cómo no), de los problemas de Andalucía, para no señalar al verdadero responsable, al régimen socialista corrupto, clientelar e ineficaz que ha hecho y deshecho en Andalucía a su antojo, como si fuera su cortijo, durante 36 nefastos años; ésta, el hartazgo de los andaluces, es la verdadera causa del auge de la derecha en Andalucía, sobre la que el autor pasa de puntillas. No se sabe a qué sublime “proyecto” de Andalucía, a qué Tierra Prometida, estaríamos renunciando los andaluces siendo (como somos) españolistas porque el autor no se molesta en explicarlo.
    Sin embargo, la realidad es muy diferente a la que trata de vendernos el autor. Los verdaderos enemigos de Andalucía son los secesionistas catalanes y vascos insolidarios del “España nos roba”, quienes nos desprecian al resto de españoles desde lo más profundo de su corazón supremacista, especialmente a los andaluces y extremeños, a quienes nos catalogan como vividores subvencionados; si el separatismo triunfara, Andalucía se resentiría dramáticamente, basta hacer unos pocos y sencillos números presupuestarios para comprobarlo. Y esos enemigos verdaderos y declarados de los andaluces tienen unos cómplices, unos colaboradores necesarios, que son el PSOE de Sánchez y Podemos (los de la cantinflesca “nación de naciones”); como dice un popular meme que circula por WhatsApp: “Enhorabuena a los votantes andaluces y extremeños del PSOE y de Podemos por las grandes inversiones públicas que se van a hacer en Cataluña y el País Vasco”. Mientras la izquierda española nini (ni izquierda ni española) no haga una verdadera autocrítica que le lleve a defender sin ambages la unidad nacional, la Nación española soberana, con todas las consecuencias políticas que ello supone, y no deje sus escarceos con el separatismo supremacista ni se centre en solucionar los problemas reales y verdaderos de las clases populares, VOX seguirá creciendo por mucho que insulten a sus dirigentes y votantes (inclusive gracias a esto) en lugar de entrar a la confrontación dialéctica rigurosa. Ciertamente, este artículo no contribuye nada a esa autocrítica y a ese debate riguroso tan necesario.

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