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“Prefería que mis padres pensaran que consumía drogas antes de que me quitasen el móvil”

Siete adolescentes recurrieron en Jerez a Proyecto Joven en 2015, entidad con más de 15 años de experiencia, para tratar su adicción a las nuevas tecnologías.

Nacho y David asisten a terapia por su dependencia a las redes sociales y a los videojuegos, respectivamente, con el fin de superarla.

“Insultos, golpes a las cosas, faltas de respeto… pero nunca nos ha levantado la mano. Los mayores episodios de agresividad se producían cuando le decíamos que dejase el móvil”, relata Mari Carmen, la madre de Nacho, de 14 años. Ella y su marido ignoraban cuál era el verdadero problema de su hijo. Todo comenzó con la estrepitosa caída de las notas. No sospechaban que el portátil que le proporcionó el centro de estudios era el germen del problema, concretamente su adicción a las redes sociales, sobre todo a Instagram. “Con 13 años le regalamos la tablet y es lo peor que hicimos”.

La atracción a las redes sociales de este adolescente tímido e introvertido aumentaba de forma simultánea que la mala convivencia en casa y en el colegio. “Me atraía más y más. Te relacionas con la gente, no estás cara a cara y te importa todo un poco menos. Miraba todos los perfiles y subía fotos de todo. Era un reto, quería tener más me gustas”.  

Su madre cuenta que Nacho apenas dormía y que su carácter empeoraba. “No sabía qué le pasaba, yo decía: mi hijo o está debutando con una esquizofrenia o consume drogas porque no era normal lo que le estaba pasando; yo siempre he sido muy dormilona y esta ha sido una de las pocas cosas que me ha quitado el sueño, el no saber qué tiene tu hijo, verlo que va en picado”,  Y la adicción de Nacho fomentaba esa idea a propósito: “Creía que se la podía colar, prefería que mis padres pensaran que consumía drogas antes de que me quietasen el móvil””.

“Me atraía más y más. Te relacionas con la gente, no estás cara a cara y te importa todo un poco menos. Miraba todos los perfiles y subía fotos de todo. Era un reto, quería tener más me gustas”. 

Hasta entonces a la familia le gustaba ir a la Sierra y en una de las escapadas tuvo lugar la gota que colmó el vaso. “Nos montó un numerito, necesitaba el teléfono o la tablet a toda costa”, recuerda su padre. A partir del cual decidieron pedir información en Proyecto Joven, institución que ya conocían. Pasó la Navidad y comenzaron el tratamiento. Todos, Nacho y sus padres, asegura la madre del joven. Ahora ha pasado ya un año de ese punto de inflexión.

Su círculo de amigos virtual era más grande que real”, explica Mari Carmen Tocón, directora de Proyecto Joven, organización con más de 15 años de experiencia en tratar a adolescentes y a sus familiares con determinadas problemáticas.

Al principio me pareció interesante pero me aburría. Primera fase muy restrictiva para evitar a toda costa que esté en contacto con las nuevas tecnologías. “Ha habido muchos altibajos, pero estamos muy contentos”, es el balance que hace Ignacio, casi finalizado el año de terapia. El hermano pequeño de Nacho va a tardar en tener un móvil, “los límites estarán más claros. Cuesta mucho aplicar lo que te enseñan en las terapias y hay que confrontar, muchas veces no les castigamos o les conformamos en lugar de hacerles darse cuenta de lo que hace”, razona Mari Carmen.

Era muy cariñoso. Pasó de estar contantemente dando muestras de cariño a sus familiares, abrazos, besos que casi de un día para otro cesaron y se tornaron en aislamiento y partes del colegio… “Comenzó a sobresaltarse mucho”. Cambio radical por los videojuegos. Primero con las videoconsolas, después con las aplicaciones y los juegos del móvil. Pero eso no lo sabía nadie.

Malas contestaciones, golpes, tirar las cosas, insultos a los profesores. Se metía en su cuarto a estudiar y en realidad no avanzaba. “Llegó a partirse el dedo dando un golpe en la ventana al quitarle el videojuego”, evocan los padres de David. “Nos hemos preguntado en qué habíamos fallado, si solo le hemos dado y hablado con cariño”, dice Pepi, madre de este adolescente.

En el caso de David, que va a cumplir 16 años, fueron los responsables de su instituto quienes les orientaron y les informaron de la labor que realizan en Proyecto Joven. “Nos informamos y nos dijeron que tenía que ser de forma voluntaria y él no quiso hasta que se lo quitamos todo”, cuentan ahora que ya han iniciado la terapia.

En un par de meses han logrado que haga sus tareas, solo tiene el móvil si su comportamiento en el centro escolar es el adecuado y cuando se lo quitan, lo entrega sin alterarse. En la terapia se le establecen responsabilidades, “porque cuando llegan y empiezan la terapia solo se dedicaban a hacer lo que ellos quieren; aquí aprenden a tener normas y los padres son los que deben establecerlas; cuando llegan la han perdido”, afirma la directora de Proyecto Joven.

En los casos en los cuales los adolescentes, además, consumen sustancias restan importancia al abuso a las nuevas tecnologías. Sin embargo, las drogas se dejan más fácilmente que la adicción a las nuevas tecnologías porque éstas no se contemplan como una amenaza grave. Pero puede serlo, los padres de los jóvenes adictos a ellas “pasan miedo, se sienten culpables e inseguros”. Por ello, se les enseña a gestionar las emociones. Una vez que terminan la terapia y dejan de asistir al centro no deben bajar la guardia, sino continuar las mismas pautas, porque la sombra de la recaída no les abandona.

En el poco tiempo que David y sus padres lleva asistiendo a terapia la evolución resulta evidente. “Delante de él estamos los dos a una. Antes se tiraba a mí que era la más blanda, yo era el duro, y a él lo veo más alegre, lo vi riéndose, y pensé que ese sí era mi niño”, manifiesta el padre del joven.

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