Opinión

Cultivar los consensos: por una campaña electoral menos agria

En los primeros años de la democracia, recuerdo bien como nos apiñábamos delante del televisor para seguir la información sobre los distintos programas de los partidos políticos que se presentaban a las elecciones. Incluso los enfrentamientos los seguíamos con cierta complacencia porque no percibíamos una agresividad personal encarnizada sino la noble postura de defensa de los propios postulados políticos. A los mítines acudíamos con esa especie de ánimo por escuchar, sobre todo, a “los nuestros”, que casi siempre eran los que predicaban la democracia y los valores de entendimiento, consenso y participación en un proceso en el que estaba todo por hacer. Lo cual no significaba que todo fuera un jardín de rosas; pero sí se respiraba un ambiente más distendido y respetuoso entre quienes presentaban sus propuestas de gobierno.

Hoy no puede decirse lo mismo. Muchos hemos preferido no ver ni oír los telediarios porque los candidatos lejos de exponer, muchas veces, sus propuestas de gobierno se dedican a insultar al contrario, incluso a los que están más o menos cerca de sus posiciones, con una agresividad en sus palabras que dan miedo por no decir pena. Hay quien achaca a los medios informativos cierta responsabilidad en la edición de los resúmenes al destacar lo carroñero de las frases que profieren los candidatos sin contextualizar el escenario ni el ambiente en que se han pronunciado. Puede que así sea, no sé. Las tertulias políticas suelen dar miedo cuando comprobamos con que soltura e irresponsabilidad se lanzan soflamas que hieren a los espectadores más tranquilos y razonables.

Lo cierto es que no podemos permitirnos tanta agresividad, tanto desprecio hacia el otro en un país que necesita aunar esfuerzos para construir un escenario donde vivir sea algo agradable y donde todos encontremos un sitio donde convivir en paz  incluso con quienes no coincidamos plenamente en ideas. La clase política debe ser consciente de que no todo vale para conseguir el poder; que debe actuar con sentido de la responsabilidad y del decoro a la hora de defender sus ideas políticas, para que los ciudadanos nos veamos obligados casi a controlar nuestros malos humores y echarle a nuestra convivencia borbotones de respeto, de tolerancia y de humor.

Resulta ciertamente desagradable que en las reuniones de amigos o familiares las conversaciones de tipo más o menos político y social, acabe todo tan confrontado y tóxico que acabemos, la mayor parte de las veces, como el rosario de la aurora, sin que la cordura y las buenas maneras no prevalezcan sobre lo razonable. No podemos perder de vista que somos limitados y no poseedores de la verdad absoluta. No podemos eludir la necesidad que tenemos los unos de los otros, de los puntos de vista, de los análisis de las realidades sociales que nos permiten enfocar las propuestas concretas para solucionar los problemas que todos nos afectan. Nos necesitamos para construir una sociedad mejor donde quepamos todos los que queramos que esto funcione.

En un ambiente muchas veces hostil al entendimiento y a compartir ideas, compromisos y actitudes constructivas, que nos endurece el corazón y ciega la inteligencia y el razonamiento, resulta necesaria la flexibilidad en nuestras posturas, la transparencia en nuestras intenciones y el deseo de encontrarnos en campo común desde donde podamos construir juntos la sociedad en la que quepamos todos. Resulta difícil dialogar como personas, sin desterrar esa especie de fanatismo mental que nos lleva a gritar más que a hablar, a imponer más que a oír lo que nos pudiera ayudar a entender la opinión del otro, a despreciar lo ajeno sin valorarlo en su justa medida.

Arranque de campaña en las distintas grandes formaciones en liza.

Recientemente le hacían una entrevista al entrenador de baloncesto del Real Madrid, Pablo Laso, donde le preguntaban: ¿Se habla de política en el vestuario? Y respondía: “Entre los chicos sí hablan algo de política, aunque ten en cuenta que tenemos seis o siete nacionalidades y cada uno tiene su historia. Pero, por ejemplo, del tema de Trump hablan, porque les he oído. No somos gente que viva en una burbuja. Los que estamos más tiempo juntos, hablamos de política. No todos pensamos igual, tenemos de todos los palos y todos los colores y creo que eso es lo bueno. Al final nos respetamos. Nos podemos decir de todo pero hay un respeto que  a mí me gustaría que se trasladara a la sociedad”. Pues sí, que este respeto se traslade a la sociedad y todos nos contagiemos del respeto que manifiestan los jugadores de baloncesto los unos hacia los otros, a pesar de ser tan distintos y procedentes de tantas nacionalidades.

Quisiéramos que en esta campaña electoral se abriera una especie de clima de consenso, sobre todo, en algunos temas que nos afectan muy directamente a todos, por ejemplo, en el tema ecológico y climático. Nuestro escenario ambiental cada día se encuentra más deteriorado, el consumo desaforado está agotando los recursos, la desertificación, la contaminación de las ciudades, de los  ríos y de los mares… son señales de alerta que debe preocuparnos y que nuestros políticos deben de responsabilizarse y hacernos conscientes de ello a los ciudadanos.

Otro tema que nos preocupa y que deberíamos consensuar era la atención a nuestros mayores cuidando sus pensiones y el apoyo a quienes los cuidan, tanto en sus casas como en los centros de acogida; y, sobre todo, a los jóvenes sobre los que en esta campaña apenas ni se les nombra, cuando nos estamos jugando con ellos el futuro. A estos jóvenes hay que sacarlos del ambiente de paro y de precariedad crónica en que se encuentran en el mundo laboral, traerlos de donde  emigraron con una perspectiva positiva donde puedan construir su futuro con cierta garantía.

Necesitamos abordar con sentido de Estado, quizás a través de una reforma constitucional, si es necesaria, para que todos los pueblos del ruedo ibérico se acoplen y vivan en un sistema de convivencia adecuado a su cultura e idiosincrasia. Para ello el diálogo, el consenso, y la flexibilidad deben primar sobre todo tipo de fanatismo, de cerrazón no propio de seres humanos civilizados y de enfrentamiento cerrado e inmóvil.

Una mesa electoral en las pasadas elecciones andaluzas. FOTO: MANU GARCÍA.

Hay que afrontar decididamente el tema de la desigualdad creciente que se da en nuestra sociedad, que hace el número de ricos crece a costa del aumento de pobres, y esto a la corta puede crear un problema importante de orden público. El Estado debe poner límite a esa especie de depredación económica que está sumiendo a los más débiles en una especie de impotencia y de indefensión ante los abusos exagerados de bancos, de grande empresas de servicios básicos y corporaciones que pasean su prepotencia dando la impresión de tener más poder que el mismo Estado.

Sobre la inmigración, la clase política no debe propagar bulos que incremente la hostilidad de la población hacia quienes vienen a buscarse la vida entre nosotros, y sí debe buscar soluciones para integrarlos en nuestra sociedad. Quizás pudiera pensarse en buscarles acomodo en nuestra geografía rural, donde hay muchos pueblos que pudieran recibirlos como agua bendita para trabajar en la agricultura, tan abandonada  por el envejecimiento de su población.

Son ideas que pudieran compartirse y a su calor crearse una especie de consenso que traerá aire fresco a una campaña electoral un tanto agria.

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Un comentario

  1. El autor comienza, acertadamente, reclamando mayor serenidad y mesura en la confrontación electoral entre las fuerzas políticas; pero hacia la mitad del texto comienza a desbarrar solicitando “flexibilidad” en los planteamientos políticos y consenso en determinados temas que, curiosamente, corresponden con los mantras de la izquierda y de los secesionistas.
    Realmente, la crispación del ambiente político la inició Zapatero durante el último mandato de Aznar, cuando él lideraba la oposición, como una estrategia para polarizar a la sociedad española y aislar al PP para que, así, el PSOE pudiera recuperar el gobierno perdido. Tras la victoria de Zapatero, en medio de trágicas (y aún no bien esclarecidas) circunstancias, y ya en el gobierno, se dedicó a reformas sustanciales que, por primera vez, se hicieron sin el consenso del PP con la finalidad de aislarlo (pacto del Tinell), como fueron la reforma inconstitucional (y no demandada) del Estatuto de Cataluña, la negociación con ETA, la reforma de la ley del aborto, la ley de violencia de género, el matrimonio homosexual, la ley de memoria histórica, entre otras. La llegada de Podemos acentuó el clima de hostilidad, con los escraches a políticos del PP, la acción de intentar rodear el Congreso, los asaltos a capillas católicas y el regreso a un lenguaje guerracivilista o el impedimento, por la fuerza, de actos universitarios en los que estuviera prevista la participación de conferenciantes contrarios a Podemos y a lo que representa. ¿Y qué decir de los secesionistas? Lo estamos viendo continuamente, no ya su lenguaje violento, sino sus acciones violentas contra sus oponentes políticos. No, el autor es hipócritamente “imparcial”; en el escenario político español la violencia verbal y de obra viene con abrumadora mayoría de una parte, no de ambas; viene principalmente de los secesionistas y también de la extrema izquierda. No vemos al PP ni a C´s ni a VOX boicoteando actos de Podemos o de los secesionistas, ni lanzando ninguna alerta “antifascista” cuando pierden unas elecciones. No se puede en esto ser “imparcial” y tratar a todos por igual; hay que estar con los saboteados, con los escrachados, y contra los matones.
    Por otra parte, hay asuntos en los que nunca cabrá el consenso, como es, por ejemplo, la unidad nacional. No cabe un consenso para una “reforma constitucional, si es necesaria, para que todos los pueblos del ruedo ibérico [léase la innombrable España] se acoplen y vivan en un sistema de convivencia adecuado a su cultura e idiosincrasia”, porque en España no existen varios pueblos, sino un único Pueblo soberano, el español, y porque las supuestas diferencias de cultura e idiosincrasia entre las regiones españolas son mínimas (casi inexistentes) y reducidas a aspectos folclóricos y, en algunos supuestos, a la existencia de minoritarias lenguas vernáculas; todos estamos dentro de la civilización (cultura) occidental, por fortuna, y lo que realmente se encubre bajo esa falaz reivindicación identitaria es la salvaguarda de privilegios reaccionarios de las castas regionales y mucha insolidaridad. No se puede (salvo traición) consensuar la unidad de España, porque solo somos sus usufructuarios; la recibimos de las generaciones anteriores y hemos de legarla a las venideras.
    El resto de asuntos que menciona el autor, la ecología, el clima, la protección de los ancianos, la juventud, el paro, la precariedad laboral, la desigualdad o la inmigración están en el debate político de todas las democracias occidentales y son discutidos y discutibles; es bueno que haya diversas alternativas promovidas por las diferentes fuerzas políticas para que los ciudadanos podamos elegir la que más nos convenga; es bueno que haya una amplia oferta política, eso es la democracia. Y es lícito que la confrontación y la crítica a las propuestas del adversario sean duras y afiladas, pero siempre en el plano dialéctico.
    No hacen falta consensos; lo que hace falta es que determinada izquierda y los secesionistas abandonen la violencia verbal y el sabotaje electoral; que se civilicen. Con eso sería más que suficiente.

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