Opinión

Por qué fui a votar el 10 de noviembre

Muchos ciudadanos, independientemente del postureo de los partidos, del juego político, de la desinformación y de los pactos post-electorales, votamos ese día por recuperar nuestra dignidad individual y colectiva.

En los medios se repite una y otra vez el mantra de Cataluña y del artículo 155 de la Constitución. Casi nunca se menciona otros que no se cumplen, como el artículo 47, que establece que toda la población debe tener una vivienda digna. Yo voté por que no haya más desahucios, sobre todo de personas mayores que se ven abocadas a vivir en la calle o a tirarse por un balcón porque de pronto su renta se ha triplicado. De hecho, sólo hay que darse una vuelta por Jerez o Sevilla para comprobar que cada vez más gente, esa que se vuelve invisible y a nadie le interesa, no tiene ni un techo bajo el que dormir. A día de hoy, en España hay sólo un 2,5 % de pisos de alquiler social, frente al 17% de Francia o al 30% de los Países Bajos.

Voté para que los alquileres o la compra de un piso no sean algo inalcanzable para los jóvenes. En España éstos se marchan del hogar familiar a una edad media de 29,3 años, tres años más tarde que la media europea. Los de Estonia, Bélgica, Holanda, Alemania, Francia y Reino Unido lo hacen generalmente antes de los 25 porque en estos países reciben ayudas estatales que favorecen su emancipación. En Suecia, Dinamarca, Luxemburgo y Finlandia, ésta se produce con una media de 20 años.

Mi voto fue también para quienes han prometido más trabajo, horarios racionales que permitan la conciliación con la vida familiar y salarios dignos. Es otro derecho reconocido por el artículo 37 de nuestra Constitución, que dice que todos los españoles tienen el deber y el derecho a trabajar, “y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”.

Sin embargo, existen demasiados trabajadores/as con salarios de miseria y agotadoras jornadas laborales, como se ve en la última y excelente película de Ken Loach, Sorry, I missed you, ya que la situación es la misma en España, en el Reino Unido y en otros muchos lugares del planeta.

Sueldos que no permiten llegar a final de mes porque entre otras cosas tenemos que pagar una factura de la luz, según Eurostat la cuarta más cara de Europa. Sin duda, esto tiene mucho que ver con el hecho de que cuando los políticos abandonan sus Ministerios ingresan con cargos directivos en las grandes compañías eléctricas. Estas cometen fraudes imponiendo, según Facua, desorbitantes facturas falsas de manera aleatoria a los indefensos usuarios para compensar los enganches ilegales.

Y no hablemos ya de los fraudes de las grandes compañías telefónicas —las tarifas de los servicios de telecomunicaciones son aquí también cuatro veces más caras que las de nuestros vecinos europeos—, y de las abusivas comisiones de los bancos. Recientemente el Consejo de Europa ha instado al gobierno español a aplicar una estrategia contra la corrupción, la corrupción política en particular -que suele quedar impune-, a promover la transparencia y la rendición de cuentas y a decir no a las puertas giratorias.

He votado también para paliar la pobreza infantil, que según la ONG Save the Children afecta a un 28,3% de niños y niñas en España, es decir, a 2,2 millones de este segmento de población, lo que nos coloca en una situación anómala dentro del contexto europeo, con tasas parecidas a las de Rumania o Bulgaria. Además de otros factores, la prestación por hijo a cargo en Alemania es de 100 euros; en España, y sólo para la población más desfavorecida, de unos 24 euros. Lo cual incide en el fracaso escolar, por ejemplo, o en la obesidad infantil. Estamos hipotecando el futuro. Digámoslo con claridad (y no lo digo yo): somos uno de los países más desiguales de Europa, y la brecha sigue creciendo.

Los Mena, menores inmigrantes no acompañados, no son delincuentes ni extraterrestres, son también nuestros niños porque todos los niños del mundo lo son, y sufren especialmente las consecuencias de la exclusión social, como los inmigrantes en general. No nos acordamos ya de que nuestros padres y abuelos fueron también inmigrantes por necesidad y por hambre en esa España gris de los 60 y 70 del siglo pasado, y tuvieron que ir a buscar trabajo a Alemania, Bélgica o Francia, con contrato o sin contrato.

Falla mucho nuestra memoria y por eso llevamos 44 años esperando una comisión de la verdad, justicia y reparación para los represaliados del franquismo, algo inaudito en cualquier país democrático, por lo cual la ONU nos ha llamado repetidas veces la atención. No es que queramos desenterrar porque sí “huesos viejos” o reescribir la historia, es que hay muchos muertos que esperan todavía en las cunetas a que se les dé una tumba con un nombre y a que sus familares puedan honrarlos como es debido. También fui a votar por eso.

Voté además por los derechos de los pensionistas, para que no ocurra como en Alemania, donde hay un 18,2 % de pobreza por encima de los 60 años y más de un millón de abuelos tienen que trabajar para completar su pensión. O como en Francia, donde se piden 42 años de cotización para poder jubilarse. En España la tasa de pobreza en esta franja de edad se sitúa ya en un 15,6%.

Además fui a votar para parar los crecientes recortes en Sanidad, Educación y servicios sociales, que, además de deteriorar nuestro nivel de conocimientos, nuestro sentido crítico y nuestra salud , juegan con la vida de las personas y fomentan la ignorancia, haciendo que aumenten las agresiones a sanitarios y profesores —los que dan la cara— y que más gente se apunte a los lamentables seguros privados que buscan sólo su propia rentabilidad económica.

En fin, fui a votar para manifestar que los problemas de este país no se resuelven sólo con himnos, banderas, lemas contundentes pero vacíos y mucha crispación, sino con medidas concretas y presupuestos suficientes detrás. Fui a votar para que en España se respeten los derechos sociales y económicos y para que realmente se establezca en beneficio de todos sus habitantes ese estado de bienestar que tanto se ha vendido y del que disfrutamos cada vez menos.

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Un comentario

  1. ¿Recuperar la dignidad personal y colectiva? No sabía que la hubiésemos perdido; desde luego, España no y yo tampoco.
    Si usted piensa que yendo a votar a la casta política extractiva le van a traer los reyes magos los deseos que manifiesta en su artículo-carta, entonces es verdaderamente ingenua. Mientras tengamos el vigente sistema electoral, su voto (como el de cualquiera) no vale nada ni cambiará nada; cuanto antes asuma esta realidad la gran mayoría de los ciudadanos, antes conseguiremos el verdadero cambio, el cambio de la ley electoral, para que nosotros elijamos directamente a nuestros representantes, sin mediación ni intervención alguna de los partidos políticos, y mandemos. Hasta entonces, su voto sólo contribuye a la perpetuación de un sistema intrínsecamente corrupto.

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