El vendimiador de palabras

Políticos y políticas

En estos tiempos de clase política irresponsable, corrompida y maniatada por los lobbies del mundo financiero, los futuros candidatos para la presidencia de Andalucía obviamente lo tienen crudo para convencer al electorado. Pero si estos políticos y políticas que concurren hoy a las elecciones quisieran (de verdad) revertir este estado de desinterés o incluso de hartazgo entre sus electores, y si quisieran (de verdad) contribuir al desarrollo de la región, tendrían que dejarse de absurdas estrategias electoralistas, cada vez menos disimuladas, y preguntarse, primeramente, qué tipo de políticos son y en qué medida son capaces de responder a las expectativas de los andaluces.

En mi opinión, el político ideal debería ser una combinación equilibrada de fideicomisario y de delegado. El fideicomisario es, como el término indica, una persona a quien se le confía una tarea con la certeza de que la va a realizar persiguiendo el beneficio del grupo que le otorga tal responsabilidad. Dispone de un programa propio y de gran autonomía de decisión, con la única condición de que no debe lucrarse con sus decisiones. Estos políticos son rara avis, por la sencilla razón de que generalmente se requieren grandes cualidades intelectuales y fuertes principios éticos, y sabemos que ambas cosas escasean mucho en estos tiempos. 

En el otro lado de esta balanza ideal estaría el político delegado, aquel que representa a los electores hasta el punto de que no parte de un programa previo ni tiene capacidad de decisión, sino que está atento a las indicaciones que parten del electorado. Estos políticos son algo más fáciles de encontrar, tanto en la margen izquierda, por su mayor habilidad para el diálogo y las relaciones horizontales, como en la derecha, por su mayor disposición a la obediencia al grupo. Noten que en ningún caso estamos hablando de carisma ni de belleza física según patrones de estética de la clase política.

Y después de haber encontrado el difícil equilibrio entre estas dos posturas, al político aún le queda un arduo camino para ser creíble. Pues, además, debería demostrar tener visión de futuro. O por decirlo de otro modo: debería pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Y deben demostrarlo con palabras y con hechos. Porque si hay algo verdaderamente detestable en los políticos no es que usen un lenguaje ambiguo, lo que es relativamente esperable en sus circunstancias, sino que usen palabras de plástico, de usar y tirar, es decir, palabras que no “hacen” realmente nada, envoltorios carentes de acción, de sentido e incluso de ideología, palabras insostenibles, en fin, que contaminan el entorno presente e imposibilitan el futuro. 

Las palabras sinceras, honestas, son necesarias. Las ideas, las visiones y los sueños también. Las promesas no son necesarias, en cambio. En esto tienen parte de culpa los periodistas. Cuando entrevistan a los políticos, al preguntarles por sus programas, los fuerzan en cierto modo a prometer, colaborando así (queriendo o sin querer) en viejos juegos de seducción. Los periodistas deberían repensar también su parte de responsabilidad en los periodos electorales.

Si queremos mejorar el estado de cosas, tendremos que romper con los rituales establecidos para la entrevista, evitando hacer preguntas banales a los candidatos y sustituyéndolas por otras que ayuden a los votantes a conocer mejor a los políticos, la formación de estos, sus ideales, sus valores, sus metas y los medios de que disponen para resistir a los lobbies, entre otras cosas. Los periodistas tendrían que forzar a los políticos en campaña a hacer política, es decir a hablar, a exponerse, no a criticar ni a prometer.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *