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Pin parental versus educación

Hace tres o cuatro días, en uno de mis dos trayectos diarios en autobús para ir y volver del trabajo, y sin que yo lo hubiera buscado, se sentaron frente a mí dos personas, hombre y mujer que mantuvieron una significativa conversación que os resumo de lo más granado de la misma en unos cuantos renglones.

―Pues a mí, qué quieres que te diga, yo prefiero que me pregunten si quiero que el niño haga o no haga esas actividades.―Esto lo decía una señora, joven, unos cuarenta y pocos o treinta y muchos―eso de perder clases de por ejemplo matemáticas para hablar de los derechos de los niños y el bullying, pues no…ya ves mi niño que no tiene maldad ninguna metiéndoles tonterías en la cabeza…

―Claro mujer, eso es lo del Pin Parental ―este es un hombre, de edad parecida a la mujer. Bien vestido, bien hablado.

―¿El Pin qué? ¿Eso qué es?― él se ufanó de que le dieran bola para demostrar sus grandes conocimientos de la realidad informativa. Incluso esbozó media sonrisa como de conmiseración con su interlocutora. Su tontería le llevó incluso a arremangarse abrigo, jersey y camisa. “Va por ustedes” estaba como el torero en los brindis.

―Eso es que, para cualquier actividad del colegio, sea la que sea, y en la que tengan que participar los alumnos, nos tengan que pedir permiso a los padres, que para eso los niños son nuestros. ¿Que tú no quieres que a tu niño le den clases de derechos que todos sabemos que lo único que hacen es meterles en la cabeza ideas absurdas? pues como el hijo es tuyo pues firmas que no te da la gana y ya está. Los padres tenemos que tener libertad para decidir lo que le enseñan a nuestros hijos.

Me paro aquí. Eso ha sido un pequeño pero vivo resumen de la surrealista conversación. Siguió el hombre explicándole a la mujer que los profesores de ahora son todos medio hippies ―insisto, el tío no tenía más de cuarenta años, pero podría pasar por alguien venido del medievo― y que además eran pérdidas de tiempo.

Yo me revolvía en el asiento, aunque por educación, sí, esa educación de hippies y progres que me impide meterme en conversaciones privadas, aunque realizadas casi voz en grito de tal modo que otras personas, al igual que yo, los miraban sorprendidos de escuchar tales argumentos en favor del llamado Pin Parental.

Como me bajé antes, descansé por un rato de escuchar razonamientos que no solo no comparto ―y no solo es un rechazo ideológico o político― es una cuestión más ontológica. ¡¡Los niños no son propiedad de nadie!! ¡¡los padres no son dueños de los hijos!!…uf que desahogo…si no lo digo reviento, y como no me pareció pertinente decirlo allí, a cara de perro, en el autobús, lo hago ahora desde esta columna. Pero como digo, no es solo una incompatibilidad ideológica o política, es también meramente de lo que es la enseñanza, lo que son los procesos de aprendizaje social de los niños y niñas, que al igual que tienen que aprender que menos b mas menos raíz cuadrada de no sé cuántos, partido de dos a…es la fórmula de no sé cuál cosa, que soy de letras y se me olvidó.

De la misma forma que es necesario saber que nuestras raíces anclan en la cultura musulmana de gente tan importante en nuestra historia como el que fue posiblemente el mejor Rey de este territorio, Abderramán III. Pues de la misma forma, para ser una persona socialmente “potable”, juiciosa, libre, respetuosa, democrática, empática, cuidadosa, cariñosa, inteligente, prudente, objetiva, cultivada, resiliente, entrañable, salomónica, estable, sana, compañera, amable, legal, vocacional, alegre, emotiva, conversadora, letrada, curiosa, que comparte, obsequiosa, decorosa, integradora, encantadora…y muchas más cosas, es bueno que en los colegios, nuestros colegios, que esos si son nuestros, los profesores y profesoras, las Ampas, los equipos directivos, monitores y los propios alumnos y alumnas, programen actividades que les conduzcan a que la educación se convierta en el arma más poderosa en hacer lo que en su virtud tiene: personas libre e iguales que puedan convivir en armonía en una sociedad.

Y por ello y para ello, con todo el cariño y la educación que me dieron: hagan el favor, si no es mucho molestar, de meterse el pin donde mejor les quepa. Y por supuesto esos hijos, de ese padre y esa madre del autobús, por muy retrógrados que sean ambos, también tienen derecho a tener una educación integra e integradora de todos esos valores, digan lo que digan sus padres.

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Un comentario

  1. Practica usted una deliberada y fraudulenta confusión del lenguaje como treta dialéctica para tratar de tener razón sin llevarla. El trile consiste en adulterar el significado real de las locuciones “mis hijos” o “nuestros hijos”. Evidentemente, como en España no existe la esclavitud, ningún ser humano es propiedad de nadie (eso recuérdeselo a las feminazis del “mi cuerpo es mío” y del “derecho” a abortar), luego los hijos no son “propiedad” de los padres ni de nadie, tampoco, muchísimo menos, del Estado. Pero la expresión “mis hijos” nunca tiene el sentido de “propiedad”, sino el significado real establecido en la segunda acepción del DRAE al adjetivo “mi”, tiene un sentido afectivo, como también se puede decir “mis padres”, “mi cónyuge”, “mi pareja”, “mis abuelos”, “mis nietos”, “mi ciudad”, “mi Jerez”, “mi Andalucía”, “mi España”, “nuestra familia”, “nuestros socios”, “nuestros clientes”…, por ejemplo, sin que ello denote propiedad, sino afecto, cariño, cercanía, relación personal muy directa o pertenencia a un mismo grupo familiar, social, político… En general, los adjetivos posesivos no significan necesariamente ni, mucho menos, exclusivamente, una relación jurídica de propiedad entre el sujeto y el objeto; si invito a unos amigos a cenar a “mi casa”, ello no implica que mi vivienda no sea alquilada, si me refiero a “mi trabajo”, ello no significa (mayoritariamente) que yo sea el “dueño” de mi trabajo. ¿Lo entiende? Seguro que sí; así que deje de confundir a los lectores con tretas demagógicas baratas.
    Y, ahora, léase el artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el artículo 27.3 de la Constitución y el artículo 154 del Código Civil y entenderá mucho mejor lo del pin parental.

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