Opinión

Pasión argentina

La amistad es la pasión argentina. Eso respondió Jorge Luis Borges cuando un inexperto reportero le preguntó sobre el significado de ese sentimiento universal. Para el inmortal creador de El Aleph, había mucho más de argentino en el afecto desinteresado hacia otros semejantes que en el dulce de leche o en las botas de Maradona. Bien es cierto que ese cariño sincero que se acrecienta con el tiempo y con el trato es algo que hay que manejar y entregar con cuidado.

La Academia Sueca y Borges nunca se profesaron amistad, de ahí que el genio de Buenos Aires jamás fuera distinguido con el Nobel de Literatura que a todas luces mereció. Y es que las predilecciones son así, pueden nublar nuestro juicio, interferir en nuestras percepciones y, por qué no decirlo, en nuestras valoraciones. No podemos evitar querer a quienes queremos y mirar con mejores ojos a esos en cuyos hombros hemos derramado alguna que otra lagrimilla.  

Los argentinos celebran cada 20 de julio el Día del Amigo y lo hacen en curiosa simbiosis con la llegada del ser humano a la luna en el año 1969. Resulta que el argentino Enrique Febbraro decidió conmemorar a su manera el alunizaje con el envío de un millar de postales amistosas a distintos rincones del mundo. Al parecer, cuando escuchó que la llegada de los astronautas a la superficie selenita se concebía como un gesto de amistad —desde la humanidad hacia el universo— se le ocurrió que ese podría ser el Día del Amigo.

Febbraro recibió más de 700 respuestas desde cien países distintos. Una década después de que Neil Armstrong pisara la luna, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires estableció la oficialización del Día del Amigo. Pura pasión argentina que inundó los buzones de medio mundo en un pequeño paso para la humanidad pero un gran gesto de un hombre. 

A lo mejor es verdad y los argentinos son los mejores amigos del mundo o, qui le sait, personas con las que mantener una excelente correspondencia. En las horas más bajas del género epistolar, se agradece que los haya dispuestos a comprar un sello directo a nuestro corazoncito. El caso es que los argentinos tienen costumbres muy extrañas. Los hay que envían postales en señal de amistad a completos desconocidos. Y Borges, por ejemplo, atribuía a sus amigos frases y comportamientos necesarios para desarrollar sus tramas y elucubraciones, aunque estos nunca hubieran salido de otra mente que no fuera la del propio escritor.

Sin embargo, él las colocaba en boca de sus amigos más íntimos aun a riesgo de ponerlos en más de un aprieto. En la vorágine de la pasión argentina, el amigo sostiene el peso de lo indispensable en pro del otro. Y es que escribir es un ejercicio de amistad. Lo es con cada página que nos regalan quienes sin conocernos dedican sus días a crear mundos entre los que podemos pasear. Lo fue cuando desde aquel consultorio de Buenos Aires, un argentino lanzó mensajes que atravesaron mares y almas. ¿O no es eso la amistad?

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