Opinión

Pasen a ver el circo…

Con el circo, siempre que no se utilicen animales, nos divertimos y pasamos un buen rato, pero con la política, últimamente, sólo se divierten los que viven de ella.

Habrá quien al leer el título de este artículo, haya pensado que iba a hablar de política; nada más lejos de la realidad. Con el circo, siempre que no se utilicen animales, nos divertimos y pasamos un buen rato, pero con la política, últimamente, sólo se divierten los que viven de ella.

En fin, el caso es que hace unas semanas, iba conduciendo el coche por la autovía Jerez-Arcos y me encontré con una extensa fila de camiones y caravanas pertenecientes a un circo. No recuerdo el nombre. Eso me hizo pensar en lo dura que es la vida itinerante de las personas que se dedican a esa profesión y me vinieron a la mente recuerdos de cuando el que esto escribe era pequeño.

He de reconocer que no me gustaba demasiado ir al circo. En el colegio nos repartían los típicos folletos con la publicidad del circo cuando llegaba éste al pueblo, y todos los niños se volvían locos por ir a ver el espectáculo circense. Yo, al contrario, deseaba que mi madre no tuviera ganas de llevarme. Una de aquellas veces, a mi madre le dio por acompañarme al circo, y no tuve más remedio que ir. Nos sentamos a mitad del graderío y desde allí, con cara de perplejidad, vi la función. Recuerdo que me transmitieron bastante pena los payasos, pensaba en ellos, seguramente padres y madres de familia, que se ganaban la vida haciendo reír a los demás. Me pareció un trabajo durísimo y lleno de sacrificios. Luego salieron los animales; perros, un mono, varios tigres y un elefante. Tenía un nudo en el estómago. Me sentí mal en aquel momento. Miraba a mi alrededor y veía a todos los demás niños riendo, comiendo gusanitos, palomitas, patatas… y disfrutando de las actuaciones, parecían felices. A continuación miraba a mi madre, que ante mi cara de desazón me preguntaba: ¿No te gusta? Para inmediatamente sentenciar: ¡Qué raro eres, hijo mío!

Recuerdo otra ocasión en la que un circo de payasos instaló una carpa junto a la plaza de toros de Ronda, justamente al lado de la casa donde yo vivía por aquella época. A un familiar se le metió en la cabeza llevarme a ver a los dichosos payasos, y por más que me negué poco pude hacer ante su insistencia, y allí me vi, rodeado de gente y agobiado por los empujones. No podía ver nada, porque no había asientos y estaban todos los padres y madres de pie con sus hijos en los hombros. Mi acompañante me subió un momento a sus hombros y, de repente, vi a uno de los payasos saludarme desde el escenario. Tenía una sonrisa sincera. Yo, con mi pequeña mano le devolví el saludo. Creo que fue la primera vez que sonreí en un circo.

Siempre les he tenido mucho respeto a todas las personas que se dedican al maravilloso y duro mundo del circo: Payasos, contorsionistas, equilibristas, malabaristas, mimos, magos, forzudos, trapecistas y demás profesiones de las artes circenses. Vaya desde aquí mi humilde homenaje, y recuerden, el circo es mucho más divertido sin animales.

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