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Me confieso lector por placentero vicio. Es de los pocos que me van quedando. Me cuesta imaginarme sin esta adicción la vida. Amo el libro de papel y me gusta la calidez que las estanterías atiborradas imprimen a las paredes.

El 23 de abril se celebra el Día del Libro. No soy especialmente amante de los días de nada, pero reconozco que este del libro, aunque sea por conmemorar la fecha de fallecimiento de dos grandes monstruos de la literatura, como Cervantes y Shakespeare, puede ser buena ocasión para reivindicar la lectura. Y digo reivindicar, porque no sólo los políticos deberían leer un poco más, sino la sociedad en general, y leer a los clásicos, cosa que no se hace ya ni en la escuela: a los clásicos hay que cogerles gusto desde niño para volver de mayor sobre ellos y corroborar su razón de vida. Pero así estamos, cada vez más alejados del buen decir y envilecidos por la violencia verbal de internet y sus redes: humor negro le llaman algunos.

Me confieso lector por placentero vicio. Es de los pocos que me van quedando. Me cuesta imaginarme sin esta adicción la vida. Amo el libro de papel y me gusta la calidez que las estanterías atiborradas imprimen a las paredes. Ahora que escribo en mi despacho, miro al frente y veo un tomo de Hemingway. Enmarcado, un poema de Alberti: “No sé si el faro incendia aún las horas/ del triste odiar la Trigonometría…”. Quizás todo lector empedernido tenga un mucho de Quijote. Yo también he luchado contra molinos de viento. Me acuerdo de Raúl Gómez Jattin, el gran poeta maldito de Cartagena de Indias, a quien su padre dio a probar el veneno de la literatura, “sin darse cuenta de lo que estaba cometiendo”, como evoca en sus versos. Llevó una vida al margen de las convenciones: “En vez de abogado respetable/ marihuano conocido / En vez del esposo amante / un solterón precavido / En vez de hijos / unos menesterosos poemas”. En realidad, unos poemas imperecederos. Murió loco e indigente. Ángel caído, como al albatros del célebre poema de Baudelaire, sus alas de gigante no le sirvieron de nada. 

No todos los poetas están marcados por tan trágica fatalidad. No sé por qué, anoche, rebusqué en un anaquel y extraje la antología de Francisco Toledano De ayer a hoy. Su autor me la dedicó cuando vivía en Madrid, un 9 de enero de 1990. Toledano nació en La Rambla (Córdoba) en 1932 y se crio en Jerez. Por aquella época colaboraba con nosotros en el suplemento Azul de El Periódico del Guadalete. Hace muchos años que no lo he vuelto a ver. Alguien me ha dicho que vive en Granada, pero buscando información para este artículo, me entero de su fallecimiento el pasado 8 de febrero. Guardo un recuerdo amable y dulce de él, como persona entrañable. Antes del sobrevenido estremecimiento, iba a decir que anoche abrí su antología por una página que me atrapó: “No cabe otra postura: o se va en pos del bien o hacia el mal caminamos”. Pertenece a su Trilogía interrogante, un poemario que, por ser entonces inédito, incluye entero en el florilegio que le editó Endymion en 1989. Curiosamente, la primera parte de esta trilogía va dirigida a su madre muerta. Las palabras de Toledano permanecen y ganan con el paso de los años, como ocurre con la verdadera poesía. El hombre pasó sin estridencias. Podría aplicársele como epitafio aquello de don Antonio Machado: “Son buenas gentes que viven,/ laboran, pasan y sueñan,/ y en un día como tantos/ descansan bajo la tierra”. 

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