Vicente, Pedro, Sebastiana, Diego, Manuel… Centenares de jubilados vuelven a concentrarse para pedir un sistema de pensiones digno y acorde a la subida del IPC.

Algunos dieron la cara en el año 68 cuando apenas eran unos adolescentes y ahora, medio siglo después, con canas en sus cabezas y arrugas en las manos, siguen reclamando no solo un sistema de pensiones justo para ellos, sino para las generaciones venideras. La plaza del Arenal volvía a ser este lunes 16 de abril el epicentro de la llamada marea de pensionistas. Centenares de jubilados se agolpaban frente al monumento de Miguel Primo de Rivera para protestar por el tristemente famoso 0,25%, el Pacto de Toledo y, en definitiva, las políticas del Gobierno del PP.

Allí estaba Vicente Pérez, 65 años, 34  de ellos cotizados en diferentes trabajos como albañil, panadero o empleado en la desaparecida fábrica de botellas. “Vivo escaso, no llego a final de mes”, explica este pensionista que cobra 1.200 euros pero que tiene que hacer frente, junto a su mujer, de sus gastos fijos de comida, luz y agua, pero también los de sus medicinas y las ayudas económicas para sus hijos y nietos. “Ya no es solo para que tengan para comer, también para que paguen sus trampas”. Vicente procura asistir a todas las concentraciones de las mareas, a pesar de afirmar que no pertenece a ella “ni tampoco soy político. Vengo porque como no se haga un proyecto de pensiones serio la juventud va a tener un futuro muy malo. Lo único que pedimos es que nos suban en relación con el IPC, ni más ni menos. Y esto lo tenemos que defender todos, los de izquierdas y los de derechas”.

De Torrecera han venido Pedro Barriga, 68 años, y su  mujer, Sebastiana, de 63. Han venido expresamente para la concentración porque “como esto siga así, ya mismo tenemos mocos (sic)”. Después de 44 años cotizados, trabajando en el campo “y sin haberme dado de baja un día” cobra 750 euros. “Parece como si no me hubiera valido para nada”, lamenta. Diego Moreno Pérez cobra apenas cien euros de pensión más que Pedro. Exconductor de camiones y de autobuses, emigrante en Barcelona y Palma durante años, tuvo que dejar de trabajar por problemas de cervicales que le provocaban mareos a los 55 años. Ahora con 69 afirma que “más que vivir, malvivimos” porque tanto él como su mujer son diabéticos y afirma que les cuesta costearse “los alimentos que necesitamos”. No solo eso, ayudan al menor de sus cuatro hijos, que trabaja en Mallorca “pero que con el sueldo que tiene y lo que paga de alquiler, es lo comido por lo servido. Está allí por cotizar el día de mañana, y fíjate, no le va a alcanzar ni para tener la pensión”.En el Arenal, diferentes miembros de la marea suben a un improvisado estrado para protestar por el actual sistema de pensiones. Paco García, 70 años, pintor jubilado, escucha atentamente. Viene de La Granja y cobra 620 euros de pensión, como su mujer. “Se va tirando, pero tampoco para mucho. Hay que pagar la luz, el agua, la comida, la comunidad y aparte tenemos un hijo que lleva ocho años parado y hay que ayudarlo. Con esto no da para embarcarse mucho…”. ¿Pueden darse algún capricho? “Una vez al mes para comer fuera, pero de bufé. Y el más barato”, señala su mujer.

A un metro del matrimonio, al ver la grabadora, se acerca Manuel Jiménez Pacheco, bastón en mano debido a una prótesis en la cadera tras “48 años, once meses y ocho días” trabajando, gran parte de ellos en una aserradora. “Así estoy”, lamenta señalando el bastón, a la vez que critica que después de casi medio siglo trabajando cobre 1.000 euros “y encima me pagan como si hubiera trabajado 35. Por los 13 restantes me dijeron que el Gobierno me daba las gracias, pero que ese dinero era para los que no lo habían trabajado nunca”.

Y mientras tanto, en el estrado, Juan de Márquez, aficionado al flamenco, entona un fandango que resume el sentir de los presentes: “Les cantamos los pensionistas, ellos pusieron las semillas levantando la nación y ahora les pagan con desprecio y humillación”.

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