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Pablo e Irene no quieren ser feos ni pobres: bienvenidos a mi club

Que nadie quiere ser feo ni pobre se sabe aquí y en la China popular. Por eso cuando en Getafe se construyó un enjambre de chalets bajo el horroroso nombre de Sector 3 la gente acudió en masa a vivir el sueño americano pero en formato periferia. Lo que molaba, lo que daba estatus, era el “chalete”, que dice mi madre. “Eso es que marchan bien”, decía mi padre, cuando los amigos del bar le hablaban de algún nuevo propietario de adosado ‘exiliado’ del downtown getafense. Algunos volvieron por aburrimiento, a otros el traje les quedó grande, y muchos se quedaron y siguen formulando expresiones con cierta condescendencia. “Bajar al pueblo”, dicen. Hace menos años el poderío se demostraba yéndote a Getafe Norte, otra colección de viviendas alejadas del mundanal ruido (es un decir). Ya ven, para poner nombres no somos los mejores.

Por eso Pablo e Irene se han comprado un “chalete” en Galapagar, con casa para invitados, imagino que caseta para el perro y un montón de “parcela” (otra palabra de mi infancia) en la que verán corretear a sus criaturas y a sus perros. Porque nadie quiere ser feo ni pobre, ni el liberal de extremo centro ni el que quiere asaltar los cielos. Lo ha contado Eduardo Inda, que ya sé que no está entre nuestros periodistas de referencia, pero lleva sacadas más exclusivas que las que conseguirá la dueña de estas lentillas que llevo puestas. Pablo e Irene han hecho lo que haría yo si me tocara el euromillón: vivir mi propio sueño americano. Yo lo hice en cierto modo cuando me mudé a la capital y ahora tengo otro sueño que es el de vivir con vistas al Retiro y tener un cortador de jamón a mi disposición. Perfectamente compatible, por cierto, con cualquier ideología política, sexual y religiosa. Acabáramos.

Pero hay un problema, porque lo de ser esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios es una enorme putada (perdón, mamá). Por eso cuando Pablo Iglesias dijo eso de que estaba orgulloso de ser de barrio y que despreciaba a los pijos ahora se vuelve en su contra. Porque es una estupidez y sobre todo porque es mentira. Odiamos a los pijos porque queremos ser como ellos y no podemos, no porque nuestros principios absolutamente inquebrantables nos lo impidan.

Cuando Albert Rivera se mudó a Pozuelo de Alarcón nos gustó tanto criticarle, porque nosotros somos del barrio y del barrio no nos moverán, ¿verdad? La coherencia, esa cosa tan sobrevalorada…

“No nos gustan los pijos, y creo que a partir del 24 podemos limpiar de pijos las instituciones, (…) que haya gente normal, gente sencilla, gente que se bajará el sueldo, que dará la cara por la gente”. “Me ofende mucho que haya gente que lleve trajes que cuesten lo que un trabajador tarda cinco o seis meses en ganar”. “Las mejores vistas de Madrid están aquí en Vallecas (…) Me parece más peligroso, Ana Rosa, el rollo de aislar a alguien, este rollo de los políticos que viven en Somosaguas, que viven en chalets, que no saben lo que es el transporte público, que no saben lo que cuesta un café”. Ay, Pablo, lo peor es que yo no sabía que habías dicho semejantes gansadas y ahora, rescataditas una a una, suenan tanto a demagogia…

Porque la burguesía nos sienta tan bien… por eso en cuanto uno marcha bien abandona las estrecheces. Por eso los toreros, cuando dejaban de ser pobres como ratas, compraban el Mercedes y la finca. Por eso los futbolistas compran pisos a sus padres, compramos teles de más pulgadas, cambias Getafe por Madrid, Rivas Vaciamadrid por Galapagar, 60 metros cuadrados por 120… Y Vallecas está muy bien pero, ay, el aire puro de la sierra… Por cierto, ya me explicaréis qué es eso de un salón con dos ambientes, que igual me interesa hacerlo en el mío.

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