Opinión

Otro fútbol es posible

Cuando planifiqué mi viaje a Hamburgo, no pensé que fuera a cambiarme tanto la forma que tengo de entender el fútbol. Claro que tampoco cuando acudí al parque de La Granja en junio de 2018, pensé que fuera a cambiarme la vida de una manera tan radical.

Siempre he buscado en el fútbol algo más que los “once tíos dando patadas a un balón”. Y siempre me ha dado algo más. Cuantos momentos viví, cuantas ciudades conocí, cuantas personas a mi alrededor… las más importantes de mi vida, están estrechamente relacionadas con él, más concretamente con mi equipo de toda la vida. Sin embargo, cuando lo miras con perspectiva, tu equipo suele ser uno más de esa vorágine capitalista en que se ha convertido este deporte; una empresa, con un dueño que hace y deshace sin que tú, que te limitas a pagar tu abono cada temporada, le importes lo más mínimo. Y duele.

Siempre he oído la leyenda, que al norte de Alemania había algo diferente, un pequeño reducto donde el balón era menos importante que la dignidad de las personas que acudían cada domingo al estadio. Hablaba de conquistas sociales, de lucha, de igualdad y de solidaridad. Y llegado el momento, me lancé a conocer Sankt Pauli por mí mismo. Lo que no me imaginaba es que la realidad superaría a la leyenda.

Y fue así, de mano de los “boys in brown”, como conocí la historia de su hermano pequeño, otro club, aún más diferente, que nada tiene que ver con todo lo que conocía hasta el momento. Un equipo donde cada sonrisa es un gol y cada partido una victoria. Un equipo formado por migrantes, llegadas hasta Hamburgo en 2012 desde la isla de Lampedusa, en busca del refugio de esta Europa que cierra fronteras a la vida. Un equipo formado por personas del colectivo “Lampedusa in Hamburg”, que tuvo que pelear en las calles de Hamburgo el asilo y los derechos que las instituciones les negaban, que se manifestó y que acampó al raso en las calles de Hamburgo y que fue apoyado en su lucha por las vecinas de Sankt Pauli, que también tienen algo de experiencia en estas movidas. Su nombre, FC Lampedusa.

Entre las diversas acciones puestas en marcha para apoyar a estas personas y a iniciativa de cinco jugadoras ligadas a las categorías femeninas del FC St. Pauli, nace este proyecto, con el fútbol como agente político, llamado a crear conciencia y llamar la atención sobre los males de las políticas migratorias y la situación de los refugiados, no solo en Hamburgo, si no en cualquier parte del mundo. Un fútbol con conciencia política, social y reivindicativa; eso es FC Lampedusa.

Confesaré que, cuando tengo conocimiento de un proyecto de estas características y de tal magnitud, lo último que me pasa por la cabeza es pensar en que yo podría hacer algo ni tan siquiera parecido. Pero, de vez en cuando, hay quien te da ese pequeño empujoncito que prende la mecha de algo más grande y más fuerte que esa visión utópica. En este caso, fue un grupo de amigas de la Red de Apoyo a Inmigrantes, que tras el torneo antirracista de fútbol sala al que nos invitaron en Cádiz, quedó con ganas de más.

Y así fue como nos pusimos manos a la obra. Con un balón y unas cuantas botellas de agua, una calurosa tarde de finales de abril nos juntamos un grupo de unas 15 personas y nos dirigimos en busca de un campo donde empezar a entrenar. Un grupo que fue respondiendo de forma constante, aun con la llegada del ramadán y de las altas temperaturas bajo las que entrenábamos al principio, al no disponer de campo fijo, por lo que tuvimos que empezar a enfocarlo de otra manera algo más estructurada y formal, algo más parecido a un club. El empujoncito había cogido inercia y ya no había quien lo parase; había nacido Dimbali FS.

Desde entonces, han sido muchas las reuniones en las que, entre todas, hemos ido dotando de algo más que fútbol al club, sin perder nunca de vista el carácter asambleario que garantiza que aquí no tienen cabida presidentes, consejos de administración, ni estructura vertical alguna, solo personas luchando juntas por unos objetivos y unas luchas comunes, que nos afectan a todos y a todas por igual, sin importar sexo, raza o religión, sin importar de dónde vienes o qué lengua hablas. No solo pretendemos combatir al racismo y la xenofobia, sino también al fascismo, al sexismo y a la LGTBIQ+fobia, ideas nocivas que atentan contra la libertad de las personas y que hoy en día, por desgracia, no solo están presentes en el mundo del fútbol, sino en la vida cotidiana.

Mucho ha cambiado desde aquellas tardes de finales de abril, mucho camino hemos recorrido, con paso firme, en poco tiempo. Aquel grupo de entrenamiento es hoy un grupo de amigos y amigas que ha tomado conciencia social y política del mundo que les rodea, y están plenamente decididas a hacerle frente, con las mismas armas que en Hamburgo lo hacen sus compañeras del FC Lampedusa.

Entre todas hemos construido un lugar en el que encontrar siempre a una compañera en la que apoyarnos, un punto de encuentro en el que todas se sienten parte activa de él y de su crecimiento, en el que olvidar los problemas por un rato y disfrutar haciendo lo que más nos gusta; por eso lo cuidamos y defendemos como si fuese una pequeña parte de nosotras, un gran corazón para el que cada una de nosotras tiene un latido: el corazón de Dimbali.

Desde que les conté esta historia a mis amigos y amigas, van ya unas cuantas veces que me han preguntado con una sonrisa: “¿Por qué no vamos a jugar un partido contra FC Lampedusa?”. Mi respuesta, siempre la misma: “Algún día, estoy seguro”. Y es que, después de todo el camino recorrido, tanto el mío junto a ellas en el equipo, como el de cada una por separado hasta llegar aquí, cada vez creo menos en imposibles. De todas ellas aprendí que solo nosotras ponemos los límites; en el fondo, solo 2.900 kms y dos fronteras europeas separan Jerez de Hamburgo… ¿por qué no?

KICK THE BORDERS!

¡ABAJO LAS FRONTERAS!

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