Otra Navidad en crisis: "No voy a poder regalarles nada a mis hijos por Reyes"

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Otra Navidad en crisis: "No voy a poder regalarles nada a mis hijos por Reyes"

Parados sin prestación, jubilados o viudas sin recursos hacen cola cada mes para recibir alimentos de las Hermanas de la Cruz.

23-12-2017 / 16:07 h.
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Cada barrio tiene su hora de recogida. A las once de la mañana de un día cualquiera de diciembre están los vecinos de Picadueñas, que hacen cola para llevarse a casa la parte de alimentos que les corresponden. Un pollo, aceite, azúcar, legumbres, gel de baño… y, por estar en puertas de la Navidad, una caja de polvorones. Una señora mayor, que prefiere no dar su nombre, custodia el carrito de la compra, repleto de alimentos. Lleva 17 años viuda, aunque hasta hace escasamente unos meses, cuando cumplió 65 años, no empezó a percibir una pensión no contributiva. 475 euros con los que sale adelante como puede. Pero antes, la travesía por el desierto. Con sus hijos pequeños y sin marido, se vio sin ingresos, aunque reconoce: “A mí no me comen las moscas. Sé defenderme”. Esta jerezana pedía en los puestos de la Plaza, en fruterías, panaderías… “Tenía que buscar comida para mis siete hijos”, dice. La pequeña, cuando enviudó, apenas tenía nueve años. “Siempre he buscado un cacho de pan honradamente”, señala.

Una vez al mes acude a la calle Luis de Isasi, donde las Hermanas de la Cruz la ayudan a llenar, en parte, la nevera. “También voy a Cáritas”, confiesa. Antes, pedía en la puerta de algún supermercado. Y así se va bandeando. La Navidad la pasará con su familia, cada uno aportará lo que pueda. Uno de sus hijos, Juan, que la acompaña, lamenta no poder hacerlo como quisiera. “Me da vergüenza no llevar nada, pero es que no tengo un duro”, dice. Este año ha trabajado varios meses, aunque pocos de ellos con contrato. “Estuve ocho meses sin asegurar en una empresa”, reseña. Solo dos de los diez meses trabajados figurarán en su vida laboral.

Juan es albañil, con papeles. En sus manos lleva un certificado que acredita que ha realizado varios cursos relacionados con la construcción, un sector que, con el comienzo de la crisis, “cayó” y lo dejó sin apenas trabajo, como a tantos otros. Tiene tres hijos, el mayor de 18 años, a los que alimenta haciendo los encargos que le van saliendo. La falta de ingresos estables lleva años causándole estragos a la economía familiar. “El banco me quitó la casa”, cuenta, aunque siguen viviendo en ella. “No me iba a ir con mis hijos”, añade. Ahora, sin empleo y sin prestación alguna, encara la Navidad con angustia. “No voy a poder regalarles nada a mis hijos por Reyes”, dice. Su madre, que escucha la conversación, señala que su situación es “complicada”, pero más llevadera gracias a “las personas que nos ayudan”. “No sabemos qué puede pasar, ni lo que el Señor nos tiene guardado”.


Manu García
Una señora sujeta un carro lleno de alimentos.

Paqui lleva desde 2008 acudiendo a las Hermanas de la Cruz, pero recuerda ir a misa con su abuela desde que tenía ocho años. “Mi marido es cocinero, pero cerraron el restaurante donde trabajaba”, cuenta mientras espera su turno. Paqui del Canto, que es como se llama, tiene un hijo de doce años con discapacidad, por el que cobra 248 euros por la Ley de dependencia, “pero eso es para él”, relata, para los cuidados que necesita y las clases que recibe. “Me debían dos años de ayuda y me dieron 900 euros solo”, señala Paqui, quien cuenta que su hijo empezó recibiendo algo más de 300 euros y que, “con los recortes”, le redujeron la ayuda en más de 50 euros. Al pequeño, dice, lo echaron del comedor escolar “porque no tenía monitora”, aunque después de estar año y medio reclamando que fuera readmitido, lo consiguió. “Si supieras lo que he luchado por mi hijo…”, exclama, contenta por el resultado final.

Su hijo mayor, que fuera estudiante de la Escuela de Hostelería de San Roque, dejó las clases porque no podían pagar los 300 euros mensuales que costaba el curso, “aunque se fue a Bilbao y ahora está allí trabajando”, dice. El que no encuentra empleo es su marido. “Lleva dos veranos seguidos en un chiringuito”, pero el resto del año, poco o nada. Ella, cuando puede, cuida a una señora mayor, aunque hace unos meses que dejó de hacerlo y ahora en su casa solo entran los 426 del subsidio para desempleados. Es su turno. Paqui abre el carrito y comienza a meter los alimentos que las Hermanas de la Cruz le donan.

De la fila se desmarca una mujer, que va con sus dos hijas pequeñas, que portan en los brazos los alimentos y enseres domésticos que han recibido. No quiere dar nombres, pero sí cuenta que ni su marido ni ella están trabajando —“él hay días que se levanta a las 7 la mañana y llega a las 8 la tarde por 30 euros”—, que no reciben ayudas y que dejó su último trabajo —cuidaba a personas mayores— porque le detectaron una hernia. “Aunque me da igual, si me sale trabajo me voy otra vez”, apunta. “Ellas —en referencia a las Hermanas— hacen milagros”, señala, en agradecimiento a la labor que realizan en una ciudad que cuenta con más de 29.000 desempleados, muchos de ellos sin prestación.

 
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