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Él roncaba desnudo entre un vapor agrio de alcohol y sudor. Ella rebuscaba papeles y pañuelos entre la ropa amontonada en la silla. Quería lavarla antes de que por el patio merodeasen las vecinas. 

Se dio con el filo de la cómoda y ahogó un quejido. Maldita estrechez trajo la guerra que dejó vacía su casa de rica recién casada y la arrastró por media Andalucía detrás de ese hombre. Ese hombre que no pagaba ni esas habitaciones de miseria donde malvivía ahora. Todos le habían vuelto la cara al señorito republicano. Sus cuñadas habían rehecho sus vidas, ahora eran bien casadas con falangistas. Sus cuatro hijos dormían en la habitación de al lado.

Nada importó cuando todo se volvió rojo. Lo despertó a empellones, fuera de sí lo empujó al suelo tirando de las sábanas y le arrojó la ropa. Él no podía entender, con los ojos vidriosos y tambaleante salió calle abajo. Nunca, nunca —le dijo— vuelvas a esta casa. Las bragas rojas asomaban por el bolsillo de la americana.

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