Capullos.
Capullos.

Empecé a morderme el padrastro a las nueve de la mañana. Ese recibo de luz que anunciaba el corte me puso algo nerviosa. A las diez, ya iban índice y pulgar porque el gas natural no iba. En realidad, lo habían cortado tras tres avisos.

Lo de que no pudiera planchar fue un alivio, pero me dio tiempo para seguir con la mano izquierda. No tenía tele, y empecé con los antebrazos. De todas formas, no iba a poder cocinar. Daban las diez de la noche y allí estaba yo, frente al espejo, me había pelado entera y detrás de mi piel había una oruga blanca.

Cuando vino Pepe ya estaba haciendo el capullo, él y yo, pues no le digo encantada que siempre tuve razón, que dentro de mí había una mariposa. Y él me contesta, que sí mujer, que sí, una palomilla de esas que ponen los huevos de los gusanos de seda.

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