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En esta época del año en que rememoramos el momento en que San José buscaba en vano un lugar donde alojarse con Santa María para atender el inminente “alumbramiento”, enfrentándose al dolor del rechazo y de la exclusión, conviene preguntarse por el fenómeno de la itinerancia en nuestros días, cuando en las calles de Jerez se hacen visibles numerosos vagabundos de distinta suerte: aquellos, numerosos, con dinero en los bolsillos que llamamos turistas, y estos otros, menos numerosos pero no menos importantes, sin dinero, como el de la foto, personas sin hogar, desalojadas, refugiadas, itinerantes sin patria, que son el espejo o la vitrina en donde el que mira puede (re)conocer su propio comportamiento ante los diversos tipos de desplazados.

¿Asistencia o represión? ¿Empatía o rechazo? Los diferentes nombres con los que designamos a los vagabundos indican diferentes representaciones de la itinerancia humana en las distintas épocas. Desde la imagen del pordiosero a la del turista, desde la del zángano al trotamundos, desde la del bohemio a la del sintecho, desde la del caminante al refugiado, muchas cosas han ocurrido, conformando nuestra comprensión de la identidad en los procesos de socialización y des-socialización.

Ante la imagen de la foto, podemos preguntarnos, por ejemplo: ¿Por qué hay más hombres que mujeres sin domicilio permanente? ¿Qué función esperamos que cumplan las instituciones sociales y religiosas respecto a la indigencia? ¿Qué lugares escogen los sintecho y porqué los prefieren a los albergues? En fin, ¿cómo se organiza la geografía urbana de la itinerancia?

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