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La imagen sórdida que muchos tienen de la prostitución a veces no se corresponde con la realidad. Como todo lo que es humano, también en este ámbito se producen situaciones en las que sus protagonistas manifiestan nobleza y ternura. Tal, el caso que le sucedió no hace mucho a un conocido jerezano, de cuyo nombre no quiero acordarme...

Resulta que poco después de separarse de su mujer fue a un conocido prostíbulo a las afueras de la ciudad. Pero tras pagar por anticipado, como es la costumbre, se sintió incomprensiblemente bloqueado e inoperante ante aquella mujer generosa, que además estaba de muy buen ver, y a la que no le faltaba animosidad ni oficio. Se ve que todas las emociones de aquellos días, que habían sido muchas y muy intensas, se le debieron amontonar en tropel en su cabeza. Finalmente rompió a llorar como un niño. Entonces ella le dijo:

— Está claro que tú hoy no necesitas follar, y yo, como comprenderás, tampoco. Espérame en la barra del bar. Esta noche hay pocos clientes.

Mientras se tomaba un whisky en el que ahogar sus penas y su frustración por el gatillazo, la vio subir con un cliente. Ella le miró y le guiñó un ojo. Un rato después bajó el hombre, y unos minutos más tarde lo hizo ella. Estaba recién duchada y se había cambiado de ropa, vistiendo ahora como una mujer normal, sin estridencias ni prendas provocativas. Aceptó que la invitara a un refresco, y luego subieron a la habitación. La cama estaba recién hecha, todo estaba en perfecto orden y una vela ardía en la mesilla de noche.

Aquella noche durmieron abrazados, desnudos los cuerpos, su cabeza apoyada sobre el hombro de ella, aspirando el aroma dulce de sus pechos. No hicieron el amor, pero nunca de una mujer recibió tanto.

 

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