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La política del desarraigo de Cánovas, Salmerón, Sagasta o Castelar tuvo uno de sus últimos estertores el pasado lunes. Cuando dos faroleros se dieron de coces, bien es cierto que uno de esos gallos estaba demasiado tuerto para airear sus plumas que no gozaban de libertad al tener las alas mojadas de tanta agua caída encima.
La política es pueblo y, si no reside en el pueblo, pobres los que llaman discusión a esas voces trémulas de poder. El bipartidismo pasa una enfermedad dolorosa y bien lo reflejan los mítines de estos señores. Pero el desarraigo del principio del texto torna su fin, o eso pensamos los utópicos de la democracia española. Nosotros, los soñadores, creemos que el "despotismo democrático" va a pasar a ser consenso, diálogo y premura de palabras llenas de promesas algo más que huecas.
El sábado pasado tuve la suerte de oír de primera mano las palabras de un orador de la regeneración: Alberto y de apellido Garzón. Era un teatro que tenía cierta similitud romántica a los de Nueva York del S.XX. Fue un discurso de fina prosa asemejado a las protestas de Max Estrella, personaje de la obra de Valle-Inclán "Luces de bohemia", y daba encomiendas que pocos escuchan de verdad. Pena puede haber tras el 20 de diciembre si salen aquellos que dan sobres con algo más que un pañuelo de seda, con el que secar lágrimas de impotencia.
Me despido con otra frase de Inclán: “En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban”.

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