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#PSICOLOGÍA El problema —y la solución— suelen estar dentro y fuera.

Habilidad para calcular el riesgo, moral intachable de puertas afuera, discreción, buenas maneras, alguna acción humanitaria avisada con una campanilla, un gesto grave de preocupación, creencia en su inteligencia excepcional, halago servil de los poderosos y menosprecio altanero de los subordinados, aspecto impecable, enamoramiento propio, seducción de extraños… un narcisista prepara una ambición.

Pero para alcanzar reconocimiento y prestigio profesional el camino más corto es el rigor, el orden, la limpieza, la meticulosidad, la terquedad, la convicción de que las cosas deben ser como deben ser, es decir, cierta dosis de pensamiento obsesivo.

¿Y quién mejor puede representar el teatro de la turbación del sí-pero-no-pero-sí-pero-no de la seducción que un histérico como Dios manda? ¿O quién puede revelar con mayor precisión la cercanía del placer y del dolor que un masoquista?

Parece extraño pero casi cualquier manera de estar en el mundo —por patológica que parezca— puede tener sus cualidades. El límite está en el daño, en el sufrimiento. Propio o ajeno, aunque, casi siempre, ambos van de la mano.

Tratar de ver las cosas desde otra posición —desde la posición del otro—, es decir, de relativizarlas, nos puede ser útil. Encorsetarnos rígidamente en nuestras creencias falsas no suele traer buenas consecuencias. Pensar que las cosas pueden ser, en parte, distintas de como yo las percibo nos sitúa en el camino de una posible solución. Porque el problema —y la solución— suelen estar dentro, no solo fuera.

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