Carta de una desconocida 

oscar_carrera-2

Estudió filosofía y estética en las universidades de Sevilla, París y Leiden. Autor de 'El dios sin nombre: símbolos y leyendas del Camino de Santiago' (2018), 'El Palmar de Troya: historia del cisma español' (2019), 'Mitología humana' (2019) y la novela 'Los ecos de la luz' (2020). [email protected]

La bailarina almeriense Carmencita, en 1894.
La bailarina almeriense Carmencita, en 1894.
“¿Quién eres tú, lector, que dentro de cien años leerás mis versos? No puedo enviarte ni una flor de esta guirnalda de primavera, ni un solo rayo de oro de esa nube remota. Abre tus puertas y mira a lo lejos. En tu florido jardín recoge los perfumados recuerdos de las flores, hoy marchitas, de hace cien años. Y te deseo que sientas, en la alegría de tu corazón, la viva alegría que floreció una mañana de primavera, cuya voz feliz canta a través de cien años.” 

Rabindranath Tagore, poeta bengalí, 1913 [tr. de A. Navarro]

“Armados de sus reglas y preceptos muchos condenan mis versos. No los escribo para ellos: para esa alma gemela de la mía que ha de nacer mañana, los escribo. El tiempo es largo y ancho el mundo.”

Bhavabhuti, poeta de la corte de Kannauj, siglo VIII [tr. de Octavio Paz]

En estos tiempos que corren, existe como cierto placer en destacar lo nuevas que son las cosas. En concreto, lo recientes que son los dogmas, teorías y prácticas de tradiciones, escuelas y doctrinas que proclaman ser milenarias. Este análisis encaja tan bien con la obsesión por la novedad y la efervescencia que surca transversalmente nuestra sociedad que hay que tomárselo siempre cum grano salis [expresión latina que algunos remontan a Plinio el Viejo, pero que delata la gramática de las lenguas europeas modernas]. A veces esta obsesión por ver las cosas nuevas, o renovadas, llega al extremo de darnos la impresión de que prácticamente nada se transmite de siglo a siglo a través de una cultura, sino que todo son añadidos de última hora cubiertos de un falso barniz de intemporalidad. No obstante, creo que es seguro decir que, para que una tradición continúe siendo relevante a través de los tiempos, ha de sufrir reformulaciones periódicas cada siglo o par de siglos que la sincronicen con los desarrollos de las esferas paralelas del saber y la técnica; que la amisten con la sensibilidad general. Los estudios más desapasionados señalan que tanto el yoga de los maestros hindúes como la meditación de los budistas, el chi kung practicado por los chinos, la imagen que de Jesús tienen muchos cristianos o el fundamentalismo islámico que se propaga por el mundo son, en sus formas actuales, productos inconcebibles antes del siglo XIX. Sin embargo, sus defensores sostienen que se remontan milenios atrás, como lo que hoy llamamos flamenco, que sería inimaginable sin el tráfago del puerto de Cádiz decimonónico y el romanticismo exotista de las élites europeas y norteamericanas, a quienes fue exportado sin dilación, antes siquiera de ganarse un espacio en su tierra. [La primera mujer filmada con una cámara de cine fue la "bailaora" almeriense Carmencita, que vivía en Estados Unidos en 1894. Por supuesto, lo que baila en el fragmento dista de cualquier cosa reconocible como flamenco.] Tenemos la manía de proyectar aquello que nos habla, aquello que no resulta significativo –y que por eso mismo ha tenido que adaptarse al mundo en que vivimos, a riesgo de perecer– sobre tiempos en los que difícilmente nos reconoceríamos. Nadie quiere vivir en sus carnes un sistema político medieval, o las técnicas médicas de la Antigüedad, o el peso de una sociedad jerárquica, guerrera o esclavista, pero todos queremos pensar que su cultura, en algunos aspectos inocuos (o que hoy nos resultan inocuos), se ha mantenido inmutable, impertérrita ante los cambios que afectaban a todo lo demás. Es muy fácil pensar así, debido a la dichosa finitud de la vida humana. Si a mí, que nací en 1992, me cuentan que estos trajes, esa receta o aquella ceremonia provienen de la antigua Unión Soviética (extinta en 1991) me lo creeré igual que si me dicen que se remonta al Imperio romano. Porque mi vida, en cierto sentido, es equidistante tanto a los sóviets de Stalin como a las legiones de Augusto. Yo existía tanto, o tan poco, o tan nada, en un tiempo como en el otro. Cualquier cosa que me anteceda, aunque tenga su origen en la generación de mis padres o de mis abuelos, se me puede presentar verosímilmente como algo arcaico e inmemorial. Hoy conocemos un arco histórico más amplio y disponemos de técnicas para recabar información más rigurosas que nunca, además de que, como decía, disfrutamos señalando el cambio tras las apariencias de estabilidad, la fragilidad tras la fingida solidez, la pluralidad intestina de los monolitos, hasta extremos quizá desbocados. Pero estas herramientas no han estado a disposición de la mayoría de los seres humanos que han pisado esta tierra, para quienes la historia era lo que para nosotros hoy son la fábula o el mito. Ellos creían que el mundo que conocían se extendía indefinidamente hacia el pasado como hacia el futuro, con cambios mínimos. El arte sacro, que disfruta remontándose a tiempos inmemoriales, da suficiente fe de ello: la Virgen aparece como una mujer del barroco, Buda como un hombre de ojos rasgados y Babilonia como un burgo europeo medieval. Por eso, cuando leemos lo que los Antiguos tenían que decir sobre el Apocalipsis o  el fin de este ciclo cósmico, no hallamos otra cosa que referencias a un mundo que nos resulta tan lejano como para ser casi indescifrable: en lugar de remontarnos hacia el futuro (del que nosotros estamos, en teoría, más cerca que ellos), las predicciones de los hombres del pasado nos remontan a ese pasado en el que se emitieron. Cuanto más lejana la fecha de una predicción, antes caducará ésta: si es fácil adivinar que las personas de 2030 seguirán utilizando automóviles y ordenadores, pocos pondrían la mano sobre el fuego en relación al año 4000. Cuentan, por ejemplo, que San Vicente Ferrer profetizó que cuando los hombres vistieran como mujeres y las mujeres como hombres se acabaría el mundo, lo cual podría referirse a nuestra época de creciente tolerancia con la homosexualidad o el travestismo [hay razones para pensar que la propia predicción es una falsificación contemporánea destinada a combatir estos “males” ya presentes en nuestra sociedad]. En una cosa, desde luego, acertaron San Vicente o sus hagiógrafos: en que la mayoría no nos daríamos cuenta de que vestir con ropas impropias para unos géneros culturalmente determinados en una sociedad dada era un signo ominoso. Como tampoco se han dado cuenta los hombres en Escocia o Myanmar que llevan falda por tradición. Cuanto más nos remontemos al pasado o al futuro, menos datos empíricos poseemos para hacernos una imagen fidedigna de ellos, y más tenemos que rellenarlos con nuestra imaginación y valores. Por eso, cuanto más nos distanciemos del presente, más hablamos del presente. Mucho más, desde luego, que el comentario técnico a los detalles de la actualidad, que no sobrevive ni de un día para otro: que es demasiado paticorto como para saltar de un presente a otro.


Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Lo más leído