Opinión

La raza o la vida

El 15 de diciembre de 1931, Ramiro de Maeztu abrió la revista Acción Española, en una de sus habituales colaboraciones, con un artículo que comenzaba así: «El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad». Lamentablemente, unos años después, la raza volvería a ocupar el primer plano y con él, la denominación de esta fiesta. Aquello duraría, como saben, más de cuatro largas décadas. Las palabras del escritor vitoriano me han venido a la cabeza esta semana en la que la raza ha vuelto a estar de moda. A imagen y semejanza de lo que viene ocurriendo en otros países europeos, el discurso de ultraderecha se cierne sobre los españoles. Una vez más.

Si hoy es el día para conmemorar que descubrimos lo que no descubrimos, que unimos lo que tantas veces luchamos por separar y que nos entendemos sin comprendernos, no atisbo demasiado bien su sentido. Si lo concebimos como una fecha para celebrar que un día hace más de quinientos años mostramos a este lado del mundo lo que aún no conocía, para festejar todo lo que tenemos en común y lo hermosa que es la virgen del Pilar, la cosa cambia. Sea como fuere, más allá de la singularidad regional, hoy es un día de muchos. Fiesta Nacional la llaman.

Esta semana, miles de españoles lo fueron más que nunca. O eso deben creer ellos. Aclaman a una suerte de partido político que coloca, como dice su líder, a los españoles primero. Entre las medidas de su programa incluyen la suspensión de la autonomía catalana hasta la derrota «sin paliativos» del independentismo; la derogación de las leyes de violencia de género y de memoria histórica; la persecución de las denuncias falsas en casos de violencia machista y la cadena perpetua para los terroristas. Pero sobre todo se centran en la raza, en las entrañas patrias, en lo español. Porque «se está regalando el fruto de nuestro esfuerzo a los que llegan sin llamar a la puerta». Y está claro que eso no puede ser.

Y es que esa España de bandera que algunos idolatran privilegia la raza a la vida, como hacían los manguis de los ochenta con el botín

Hoy es un día importante. Porque de la hispanidad del 2018 parece que retornamos a la raza de los años treinta. Han ondeado en Vistalegre miles de banderas patrias —constitucionales para mi sorpresa— que expresaban un sentir y un deseo de vivir siempre entre españoles. En el mundo que sueñan, todos somos gente de orden, no hay feministas, ni inmigrantes, ni independentistas, ni homosexuales, ni abortos. Las mujeres están donde deben estar —pariendo y callando— y los que vienen de fuera también —limpiando nuestros zapatos por unos céntimos y pidiendo permiso por respirar nuestro heroico aire rojo y gualdo—; cada cosa en su lugar y Dios en el de todos. Como debe ser.

Y es que esa España de bandera que algunos idolatran privilegia la raza a la vida, como hacían los manguis de los ochenta con el botín. Cuando los navajeros hacían elegir a sus víctimas entre la bolsa o la vida realmente les estaban preguntando qué les importaba más. Si hiciéramos esa pregunta a los que rugían por Vox, probablemente se decantarían por la raza, como esa única, pulcra y duradera verdad. La vida importa menos, especialmente si es la de aquellos que nacieron en la tierra conquistada, aquellos a los que bastante hicimos con enseñar la lengua de Cervantes y los modales castellanos. Aunque nunca nos lo hubieran pedido. Hoy es 12 de octubre, un día mucho más allá de los Pirineos, un día para la reflexión.

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