Opinión

Notre vie

Se cayó la aguja con las reliquias que protegían París. Se quemó el tejado. 20 hombres salvaron las torres de Notre Dame. Los bomberos, que hicieron lo que tenían que hacer, recibieron un homenaje del presidente de la República. Se salvo la corona de espinas, sin espinas porque están repartidas por todos el mundo. La República tocó a rebato.

Para el lunes estaba prevista la presentación de unos planes, magros, de solución al conflicto de los chalecos amarillos, que el fuego de Notre Dame pospuso. Macron, de pronto, estaba demasiado ocupado con su símbolo nacional máximo, que desde 1991 presentaba un estado deplorable, y cuya discusión con la iglesia católica no terminaba de aclarar quién debía pagar las obras, que finalmente comenzaron en 2017. Sí, Nuestra Señora de París es propiedad del Estado francés, pero la administra la Conferencia Episcopal de Francia, al menos en cuestiones de la fe.

Pelillos a la mar, de pronto la casualidad trajo un punto de conexión nacional, un tema que Francis Fukuyama trató con el filósofo Dr. David Precht hace solo unos días en el canal trinacional 3sat. Hacen falta puntos de conexión que recuperen el sentido de unidad nacional, algo a lo que el Dr. Prech presentó bastantes alegaciones.

Macron, sin embargo, comprendió bien el asunto y Notre Dame pasada al primer plano y se convertía en Nuestra Vida. Las reuniones con los chalecos amarillos dejaban de ser tan importantes, a pesar del gran debate nacional que el propio Macron había convocado, y el deplorable estado de la catedral, responsable de su propia catástrofe, ya no tenía autores. Había que salvar Francia, salvando a Nuestra Señora, y salvar Europa. La Francia republicana, bajo la administración gaullista de Macron se consagraba como una Francia católica de valores cristianos, y arquitectónicos.

De la UNESCO, que normalmente suele llamar severamente la atención a quienes no cuidan de los monumentos que tiene registrados, no llegó hasta el gran público ninguna llamada a la restauración, aunque sí, ahora, a la donación de dinero para su reconstrucción.

El Parlamento Europeo, en boca de su presidente, apelaba a los parlamentarios a donar un día de su asignación para la reconstrucción. La Conferencia Episcopal Alemana se solidarizaba con la francesa en términos de fe y cultura. El Papa Francisco negaba cualquier aportación económica y sugería que se tomara consejo de sus técnicos en catedrales.

En menos de 24 horas se recaudaban casi 1.000 millones de euros para una reconstrucción que, a la manera de Trump con su técnica apagafuegos, el propio Macron prometía en 5 años, sin que nadie sepa muy bien de dónde se sacó el número mágico.

Verdaderos técnicos en estática, historia del arte, catedrales, arquitectura medieval, empezaron a dejar claro que si los carros con que se acarreaban las piedras que levantaron Notre Dame hubieran ido tan veloces nunca se hubiera levantado la catedral de París.

Los chalecos amarillos no recibieron la bula presidencial para acudir al prometido cónclave, ya postergado el lunes mismo. Hoy esos chalecos amarillos vuelven a las calles, con la virulencia de las últimas semanas. La catedral de las gárgolas y las abejas no les parece que sea suficiente motivo para suspender el famoso debate nacional.

Cultura europea

En la UNESCO se registran dos tipos de bienes culturales, los materiales y los inmateriales. También a esos valores inmateriales apelaba Macron, y el resto, al hablar del catolicismo y de los valores europeos en abstracto, algo que siempre suena importante y si no se concreta mucho más. La idea de Cultura Nacional, incluso la Europea, me parece importante; existente. La cuestión es, nada más, cuáles son los elementos concretos de esa Cultura Nacional. El patrimonio material es de vital importancia, ¿pero de mayor importancia que las personas?

Francia, París, mucho más que su Notre Dame se fundó a sí misma como el centro del Mundo por sus valores huanos: La Declaración de los Derechos del Hombre de 1789 que, en sentido contrario a Notre Dame, significaban y significan Notre Vie. No es esta una soflama contra el cristianismo, pero si una reflexión sobre el verdadero alcance que tiene ese cristianismo que nos presentan como la verdadera piedra filosofal.

Esos Derechos del Ser Humano, piel antes que piedras, se abren paso, más y más, entre las voces críticas ante la actual situación de querer gastar miles de millones de euros que se niegan sistemáticamente a la migración, a la catástrofe de piel que se vive en el Mediterráneo o en la propia Francia y en toda Europa: ¡la pobreza!

Notre Dame ha escondido tras su gótica sombra Notre Vie, la Ley severísima de expulsión de solicitantes de asilo que se discute actualmente en Alemania. El mismo gobierno Alemán que sale en defensa de la catedral. ¿Dónde quedan los valores inmateriales del cristianismo? ¿Y para qué sus valores materiales?

Los supermillonarios disponen, de pronto, de cientos de millones de euros para donar a las piedras. Y demuestran que subir los impuestos es técnicamente posible, que el capitalismo seguiría funcionando, pero ideológicamente no lo desean, ni sus representantes políticos. Empezando por Macron, que no tiene la solución prometida por el mismo para los chalecos amarillos ni para una sociedad partida en demasiados trozos.

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