Opinión

Nos hemos olvidado de Aylan

La imagen dio la vuelta al mundo. Vestido con una camiseta roja, pantalones azules y zapatos oscuros, el cuerpo del pequeño Aylan, de tres años, ya sin vida, yacía en las costas de Turquía, en una fotografía que hizo la reportera Nilufer Demir y que mostró a un continente, el europeo, la dureza del drama migratorio. Un tortazo de realidad que fue fugaz, fiel a la era de las redes sociales y la sobreinformación. Desde 2014 y hasta el tercer aniversario de esta imagen, en agosto de 2018, habían muerto al menos 640 niños migrantes y refugiados en el Mediterráneo, según contabilizaba Save the Children gracias a los datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Ahora habrá que sumarles unas decenas o cientos más. Hay ocho muertes diarias de media en el Mediterráneo y, entre ellas, muchas víctimas son niños. Pero es un tema que no interesa.

“Ahora no hay testigos”, dice Óscar Camps, director de la ONG Proactiva Open Arms. Y es una triste realidad. Ellos eran los ojos que los veían y las manos a las que se agarraban muchos de los inmigrantes y refugiados que se juegan la vida montándose en una embarcación, a veces casi de juguete, invirtiendo sus ahorros en un todo o nada que muchas veces acaba en nada. Es decir, en muerte. Incontables desde que el buque de Open Arms está bloqueado en el puerto de Barcelona, hace ahora dos meses. ¿Por qué? Camps lo tiene claro: por las convocatorias electorales que están a punto de celebrarse. Nadie quiere responsabilizarse de las muertes en el Mediterráneo. Lo duro y triste del asunto es que no dan votos. Por eso no se actúa, ni se deja actuar. “Las razones son puramente políticas, las mismas que tuvo Italia en enero y febrero de 2018, porque tenía elecciones en marzo”, señala Camps en el programa La Cafetera de Radiocable.

“Es una guerra contra el más pobre todavía”, dice el director del buque en una acertada reflexión. Es un tema que no interesa, que no copa portadas de periódicos, ni tertulias televisivas, más que ocasionalmente. Para eso están las pancartas, las ideas disparatadas (e irrealizables) que no hacen más que aportar ruido y, desde ya, las encuestas. ¿El quid de la cuestión? Puede ser. No es un tema que aporte votos. Más bien, los quita. Mostrarse solidarios con este drama mosquea a mucha gente, incluidos hipotéticos votantes. La crisis nos ha hecho más egoístas, más individualistas. Sálvese quién pueda, y si es español, mejor. No es xenofobia, es aporofobia.

Cuando en los años precrisis los inmigrantes hacían los trabajos que nadie quería (y cobraban una miseria por ellos, mucho menos que sus compañeros españoles), eran pocas las veces que se quejaban. Ahora, entre mucha clase trabajadora está muy extendida la idea de “invasión”, que “vienen a quitarnos el trabajo” y que “cobran ayudas de miles de euros antes que españoles”. Sin datos, sin pruebas, sin más argumentos que haberlo oído de algún amigo, vecino o conocido. Hemos llegado hasta aquí por la ruin utilización de la precarización del mercado laboral. Ya hay medios que se dedican en exclusiva a desmentir estos bulos, pero ya se sabe, donde llega una mentira, no lo hace una verdad.

“Nos quieren aquí parados y callados”, insiste Camps en el programa de Fernando Berlín, emitido desde la cubierta del Open Arms, un barco que ha rescatado a más de 60.000 personas desde su fundación en 2015. Mientras, en el Mediterráneo, “el corredor humanitario mas mortífero del mundo”, siguen ahogándose anhelos y esperanzas de personas que buscaban un futuro mejor y que se dieron de bruces con su trágico presente. “Nos tendrán bloqueados hasta que el coste político sea más alto que el de liberarnos”, añade. Las aguas del Mare Nostrum siendo el cementerio acuático de estas personas sin que a nadie parezca importarle. Puede que hasta que pasen los procesos electorales. O hasta que haya un nuevo ‘caso Aylan’ y nos escandalicemos todos, al menos durante unos minutos.

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Un comentario

  1. El autor pretende presentar a los países europeos, y a España, como responsables de la tragedia de las víctimas de naufragios de pateras en el Meditarráneo. Los verdaderos y únicos responsables son los diferentes tiranos y bandas terroristas en conflicto en los países del Magreb y de Oriente medio que han conducido a esos países a la guerra civil y a ser Estados fracasados y las mafias de tráfico ilegal de personas.
    El tema es muy complejo, como todos aquellos en los que entra en conflicto la Ética (que busca la supervivencia de los individuos corpóreos) con la Moral (que busca la supervivencia de las sociedades políticas). Europa ha admitido a cientos de miles de refugiados rescatados en alta mar o que han cruzado las fronteras terrestres, pero es evidente que eso no puede ser ilimitado. Si queremos mantener nuestro estado de bienestar no es posible admitir a todo el que quiera entrar. Por otra parte, tampoco se está aplicando el Derecho Marítimo con rigor, que prescribe que los náufragos rescatados en el mar han de ser desembarcados en el puerto más cercano, que no suele ser europeo, sino africano o del Asia Menor. Y las ONG tipo Open Arms se están dedicando profesionalmente a recoger tripulantes de pateras cerca de las costas de Libia o de Siria (por ejemplo) y acercarlos a puertos griegos, italianos o españoles, con fuertes indicios de que se coordinan con las mafias de tráfico ilegal de personas; esta es la verdadera causa del bloqueo del buque en el puerto de Barcelona por la que el autor se pregunta, no ningún proceso electoral. A partir de aquí, el autor se alinea con la tesis del entrevistado, quien se enzarza en un discurso con neolengua, en no llamar a las cosas por su nombre, para tratar de criminalizar a Europa. No se trata de una guerra de pobres contra otros más pobres, se trata de que la inmigración irrestricta e ilegal es insostenible, económica y culturalmente inviable, y, efectivamente, mucho más cuando el trabajo en Europa no sobra.
    Por otra parte, el rescate de inmigrantes ilegales es solo un mal parche; la solución pasa por conseguir la estabilidad política en sus países de origen y el consiguiente flujo de capitales para su desarrollo y generación de empleo allí.

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