El granjero

¿No vas a votar más?

Hay que estar precavido. Votar no es ni será malo jamás. Es evidente que la ineficacia de la izquierda para formar gobierno condena a los progresistas al cansancio. Pero no hay que fiarse de los que desde la transición votaron a la derecha. Con el mantra de la insistencia más casposa de que “todos son iguales”.

Ellos son los herederos, tibios con la dictadura, del no a cualquier cambio y forma de revolución en sus constantes mutaciones que no entienden ni quieren entender. Ya sea en la calle como en las urnas. Precaución con los que empiezan a sentirse gozosos en el descrédito a la política, empieza a estar de moda, porque no son más que idiotas. Idiotas que recogen los frutos de partidos, políticos, asociaciones y asambleas que eligen a sus miembros de forma democrática y que NUNCA, fíjense, rechazan un derecho conseguido por ellos.

El descrédito a las urnas es un síntoma fascista. Es entregar el destino de la economía y la gestión de los problemas humanos a una élite que solo quiere más dinero. Que precisamente quiere que todo consenso o urna desaparezcan para mantenerse en el tiempo. No confundan la falta de acuerdos puntuales para echar por tierra el Socialismo, el Comunismo, la socialdemocracia y los distintos y dispares, más que necesarios, enfoques para resolver los problemas de la clase trabajadora. Son, observen, los que dicen ser “salidos de la nada y sin ayuda del colectivo”, los que sólo creen en el individualismo y la meritocracia, los que te venderán el humo de la ineficacia de los políticos con sus impuestos y los que hacen política.

Jamás te darán una alternativa sino una crítica tóxica, sin saber que desde su enfoque despolitizado hacen más política que nadie, pero a favor de los que no creen en lo común. Sin política sólo hay totalitarismos. El gobierno de unos tiranos, ya sea en nombre del pueblo o de unos pocos elegidos. El sistema capitalista se siente cómodo con la falta de parlamentos que les pongan freno. O encantado con los partidos y los ciudadanos que ven en la repetición de elecciones un lastre, una torpeza o simplemente la pereza. No votar es un acto pueril, salvo en un contexto anarquista y utópico, que no te puedes permitir si a tu hijo lo han
echado del trabajo porque en la reforma laboral despedir cuesta una mierda o cierran líneas de colegios públicos mientras invierten en el sector privado.

¡Cuidado! O en menos que canta un gallo oiremos que la tiranía es la única solución porque no nos fiamos de nosotros mismos. Ejemplos hay muchos tras crisis económicas y guerras. Tras potencias colonizadoras que fueron humilladas por otras que hicieron o hacen lo mismo. Pero jamás el culto mesiánico a un tiránico líder, las emociones, las jerarquías y destinar, sin opción a debatir, a la sociedad ha salido bien para alcanzar finalmente un bienestar adecuado. El triunfo de la derecha es el falso confort de delegar. Creerte integrado en una clase social a la que no perteneces y dejarte llevar por el plano de las emociones y la fe.

Sin aplicar el antídoto de la renovación constante en la reflexión, la ideología y el ensayo y error. ! Cuidado! O dejarán de votar no sólo esta vez por ese, quizás, legítimo cansancio, sino que no lo volverán a hacer nunca. Aplicando trivialidad a algo que, y es mi opinión, debería ser casi obligatorio. La perversión y la creencia en el destino funesto del ser humano, la irremediable vulgaridad de las masas, todo eso es carne fresca para el tigre que te dice no voy a votar más.

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Comentarios

  1. Un artículo que, aparte de estar pésimamente redactado, está plagado de falsedades expuestas con un indisimulado sectarismo.
    En primer lugar, eso de que “votar no es ni será malo jamás” es una clara falsedad dogmática, como expondré. El sistema del 78, la partitocracia imperante que nos gobierna desde hace 40 años de espaldas a la Nación y que tiene un claro déficit de representatividad y un más claro superávit de corrupción, entró en crisis en 2011; crisis que se ha venido agravando con la cuestión territorial y la incapacidad de formar gobiernos estables (vamos a tener cuatro elecciones generales en cuatro años). El sistema necesita una reforma importante, especial y principalmente en la forma de elegir a los diputados del Congreso (deberían ser diputados de distrito, como en Reino Unido, para asegurar que representan de verdad a los ciudadanos y no a las dirigencias de los partidos, para acabar con la partitocracia corrupta), y en la forma de designar al Presidente del Gobierno (debería ser elegido directamente por el Pueblo, no por el Congreso, para asegurar la separación de poderes entre el Ejecutivo y el Legislativo y para asegurar la fácil conformación de gobiernos estables, siempre con limitación de mandatos); en definitiva, el sistema democrático español necesita reformas que profundicen en la democracia para conseguir una del máximo nivel de representación ciudadana y de eficacia y estabilidad institucional. No hay que ser ingenuos, ninguno de los partidos políticos actuales va a promover esas reformas que supondrían el fin de la partitocracia, el fin del chollo, pues, pese a lo que pánfila y sectariamente sostiene el autor, todos los partidos políticos son iguales en la defensa de sus privilegios y de este sucedáneo de democracia; así que votar en las sucesivas y repetidas elecciones a las que nos vienen machaconamente convocando esos partidos corruptos e ineficientes es colaborar con la pervivencia del sistema político decrépito que padecemos y que, si entre todos no le damos la puntilla, aún agonizará durante bastantes años. Así que quienes nos negamos a colaborar con el paripé de democracia que sufrimos, quienes no votamos, quienes nos abstenemos activamente, no somos ni herederos tibios de ninguna dictadura ni necesariamente de derechas (¿qué es la derecha? ¿qué es la izquierda?) ni fascistas ni confundimos el descrédito evidente e imparable de los partidos políticos con el descrédito de la Política (como hace el autor) ni queremos entregarle la gestión de la economía a una élite (sino precisamente quitársela a la mediocre y corrupta élite partitocrática que nos desgobierna) ni estamos contra las urnas (sino contra estas urnas falaces) ni buscamos la tiranía (sino la verdadera democracia constitucional) ni nos oponemos a los cambios (sino que promovemos el cambio auténtico, ese del que nadie quiere hablar) ni formulamos una crítica tóxica y sin alternativas (sino que, como expuse al principio, planteamos dos reformas constitucionales sencillas e importantes, que se pueden hacer por el procedimiento simplificado, y que cambiaría radicalmente el sistema y le darían verdadero valor a nuestro voto). Como más cómodo está el capitalismo de amiguetes que padecemos es con un Parlamento como éste, en el que cuatro (Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias) son los que mandan y con los únicos que hay que entenderse y encamarse (en todas las acepciones de estos verbos). Quienes nos abstenemos no somos idiotas ni vagos ni carcas ni fachas ni anarquistas ni utópicos, sino ciudadanos que no nos prestamos a que jueguen con nosotros y que sabemos que si una gran mayoría del Pueblo demostrara su hartazgo absteniéndose abrumadoramente en todas las elecciones (nuestra única arma no es el voto, sino el no-voto, pues votar a cualquier partido es colaborar con el mismo sistema perverso), entonces este sistema corrupto quedaría en evidencia, públicamente deslegitimado, y no tendrían más remedio que abrir un proceso de reformas políticas.
    Por el contrario, el autor, por mucho que se revista con ropajes de demócrata, de izquierdista y de superguay, promueve el voto; es decir, la colaboración con el sistema, su perpetuación. Por todo ello, votar hoy, con este sistema, no solo es malísimo sino que es antidemocrático.

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