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“No somos héroes, es imposible no tener miedo en mitad de una guerra”

Jose Serralvo lleva varios años trabajando para Cruz Roja y ha vivido experiencias tan duras como la guerra o enriquecedoras como comunicar a una madre colombiana que su hijo seguía vivo.

Jose Serralvo lleva varios años trabajando para el Comité Internacional de la Cruz Roja donde ha vivido experiencias tan duras como la guerra o enriquecedoras como comunicar a una madre colombiana que su hijo seguía vivo.

Cuando era tan solo un adolescente, Jose Serralvo (Jerez, 1984) recibió como regalo de sus padres una suscripción a la National Geographic. Un revista que le fue abriendo los ojos y le permitió fantasear con la idea de ser reportero algún día. Viajar, escribir o la fotografía, son algunas de las pasiones con las que disfruta este jerezano en su día a día. Actualmente, trabaja para el Comité Internacional de la Cruz Roja, además de escribir en su tiempo libre para la revista Jot Down, una afición que le ha convertido en una de las jóvenes promesas literarias del país. Tras publicar su primera novela, Los Elegidos, el próximo mes de mayo presentará en la Fundación Caballero Bonald su segundo libro El niño que se desnudó delante de una webcam, una novela que aborda la pornografía infantil a través de los ojos de un adolescente.

Pone en riesgo su vida día a día al trabajar en algunos de los lugares más peligrosos del mundo. Visitar a presos de Guantánamo o dialogar con talibanes en Afganistán son algunas de las tareas que se realizan en el Comité Internacional de la Cruz Roja: “Un día hablas con un comandante de las FARC para negociar tu acceso a las víctimas del conflicto, otro día estás llevando una caravana de medicamentos de un hospital a otro a través de carreteras bloqueadas… En este trabajo la rutina no existe”. Actualmente, se encuentra en Ginebra trabajando como consejero jurídico. A pesar de disponer de poco tiempo libre, ha mantenido una conversación con La Voz del Sur a través de un ordenador para detallarnos algunos aspectos de su trabajo, además de adelantar algunas de las novedades de su segunda novela.

¿Qué se le pasa por la cabeza a un licenciado en Derecho y Dirección y Administración de Empresas, con dos masters, uno en Relaciones Internacionales y otro en Derecho Internacional, para marcharse a África y otros países en vías de desarrollo para dedicarse a la ayuda humanitaria?

Es una mezcla de muchas cosas: ganas de hacer algo útil, pánico a pasarme la vida yendo de casa al trabajo, y del trabajo a casa, encerrándome todos los días en la misma oficina y, sobre todo, el deseo de conocer mundo. 

¿Cómo recuerdas tus experiencias en esos países?

El Comité Internacional de la Cruz Roja es una organización única. Vamos a sitios donde nadie más va. Gracias a nuestro modo de trabajo, y en particular a nuestra confidencialidad, tenemos clínicas en Corea del Norte, visitamos a los presos de Guantánamo o dialogamos con los Talibanes en Afganistán. Mis experiencias, desde Colombia hasta el Congo, pasando por Somalia, donde estuve hace solo dos semanas, han sido todas increíbles. Aunque a veces, mientras uno las vive, se echen en falta las comodidades de Europa… Recuerdo una de mis primeras caminatas por los resguardos indígenas de Colombia, en mitad de la selva. Estaba cansado y calado de lluvia hasta los huesos. Hacía frío. Por la noche acampamos en una escuela. La cena fue mala. Mi esterilla estaba dura como una piedra. Un par de bichos se colaron en mi mosquitera. Pero al día siguiente me desperté con el canto de un gallo, fui a un riachuelo a lavarme los dientes. Estábamos en la ladera de una montaña, justo al borde de un precipicio, y veía la bruma de la mañana encaramada a la vegetación. El paisaje era increíble, y me sentí la persona más afortunada del mundo. Hay muchas cosas que compensan la falta de comodidad.

¿Cómo es el día a día en tu trabajo?

No hay un día a día. Un día hablas con un comandante de las FARC para negociar tu acceso a las víctimas del conflicto, otro día estas llevando una caravana de medicamentos de un hospital a otro a través de carreteras bloqueadas, otro día visitas prisiones para asegurarte de que las condiciones de detención son aceptables, o para intentar mejorarlas, otro evacuas a un herido, otro das una clase de derecho internacional humanitario a militares, otro día te quedas encerrado en tu casa o en una habitación de hotel porque la seguridad no te permite salir… En este trabajo la rutina no existe.

¿Tienes alguna experiencia personal que te haya hecho cambiar?

Muchas. Como buena parte de los, entre comillas, “occidentales”, solía comerme la cabeza por tonterías. A los dos o tres días de llegar a Colombia visité a un niño de doce años en el hospital. Había pisado una mina antipersonal y tuvieron que amputarle la pierna. Era una habitación muy estrecha, con una silla de plástico entre la cama y la pared. Mientras estaba ahí sentado el médico vino a cambiarle las vendas al niño. Tuve su muñón ensangrentado a treinta centímetros de los ojos. No quería volver la cara, para que el niño no se sintiese insultado. Llevaba dos días en el hospital y no hablaba con nadie. Mi objetivo fue no irme de allí sin hacerle sonreír. Y lo conseguí, por cierto. A partir de ese día, enfrentado a la realidad de la guerra, empecé a pensar que mis supuestos problemas no eran más que bobadas.

La sensibilidad y el estómago fuerte son dos elementos diferentes pero unidos entre sí en tu trabajo. ¿Cómo sostienes la balanza en tu día a día?

Cuando estoy delante del ordenador, o delante de un cuaderno, lo que más me ayuda es escribir. Suena a cliché de escritor excéntrico, pero es lo que hago desde que tengo siete u ocho años. Escribir. Todos tenemos una vocecita dentro de la cabeza, incordiándonos a todas horas, diciéndonos lo que nos gusta, lo que no nos gusta, a quien amamos u odiamos, lo que nos obsesiona o atormenta. Esa vocecita siempre está ahí. Casi diría que es inevitable. Escribir es la forma más racional de controlar esa voz díscola dentro de nuestras cabezas. De ser tú quien hable con ella, y no al revés. En un trabajo en el que eres testigo de tantas barbaridades, ser capaz de controlar tus emociones es fundamental. Una vez que te adaptas, el riesgo es más bien caer en el extremo opuesto y dejarse llevar por la apatía. Creo que es algo muy presente en el mundo humanitario: trabajadores que después de muchos años se acostumbran a ver muertos y heridos, desplazados, mujeres que han sido violadas, niños separados de sus familias, violencia extrema, etc. Tengo muy claro que si algún día no me conmuevo con esas cosas, necesito buscarme otro empleo.

“En un trabajo en el que eres testigo de tantas barbaridades, ser capaz de controlar tus emociones es fundamental”

¿Cuál ha sido la situación más emotiva con la que has tenido que lidiar?

He vivido muchas situaciones emotivas. Algunas buenas y otras malas. Entre las buenas, recuerdo la primera vez que entregué un Mensaje Cruz Roja a una madre en mitad de la selva colombiana. No era más que un trozo de papel con noticias de su hijo, de quien no sabía nada desde hacía años. De hecho, hasta ese momento, la madre pensaba que su hijo había muerto. Ella no sabía leer, así que tuve que leerle yo el mensaje en voz alta. Cuando llevaba tres o cuatro líneas la señora se echó a llorar, y yo no pude seguir. Me eché a llorar también y la abracé. Otra situación muy emotiva fue recoger a un menor en un campo de refugiados ruandeses en mitad del Congo. Era un niño de diez años, nacido en el Congo. Sus padres eran refugiados hutus, que habían huido de Ruanda tras el genocidio de 1994. Pero ambos habían muerto y el menor se había quedado solo en aquel campo de refugiados. Mis colegas en Ruanda localizaron a los abuelos y a dos hermanos mayores. A mí me tocó llevármelo del campo de refugiados y caminar con él seis días por las montañas. Tenía que cogerlo en brazos para atravesar puentes colgantes, porque le daban miedo. Al final del camino encontramos a otros ruandeses, que le preguntaron algo al niño en kiñaruanda, su idioma. El niño respondió y todo el mundo empezó a reírse. Yo me acerqué a uno de los adultos y le pregunté en francés qué había dicho el niño, y el adulto me dijo que le habían preguntado por su padre y el pequeño había dicho que su padre era yo.

¿Y historias no tan felices?

Casi tantas, por desgracia.

¿Cuál es la primera que te viene a la cabeza?

A las pocas semanas de llegar al Congo hubo una matanza en un pueblo de Kivu del Sur, a una decena de kilómetros de Uvira, donde yo estaba basado. Tuvimos que ir a recoger a los heridos. Cuando llegamos, había treinta y tres cadáveres alineados al borde de la carretera. Estuvimos trasladando gente hasta el hospital y una vez allí, mis colegas del departamento de salud evaluaban su estado para decidir quién se quedaba en el hospital congolés y a quién evacuábamos en helicóptero a nuestra clínica de cirugía de guerra. Nuestros cirujanos están mucho mejor preparados que los médicos locales y tienen más medios. Pero no podíamos evacuar en helicóptero a todo el mundo, claro. Recuerdo perfectamente ese hospital. Sucio, oscuro y con sangre por todas partes. Los heridos eran sobre todo ancianas y niños. Los que no pudieron salir corriendo cuando empezó la balacera. Los más frágiles. Recuerdo también el silencio. Nadie se quejaba. Nadie gritaba. El silencio era mucho peor que la sangre. Aquel día, cuando regresé a casa, nada tenía sentido. Tuve miedo de que nos hubiésemos equivocado. Miedo a que la arbitrariedad de las prisas y la tragedia de los recursos escasos nos hubiesen llevado a no evacuar a los que más lo necesitaban. Y sobre todo, aquella noche, tuve miedo al vacío. Miedo a sentir que lo que acababa de ver hacía que todo lo demás, el amor, la familia, los amigos, la literatura, no tuviese sentido. Aquello fue un sábado. El domingo lo pasé encerrado en mi habitación, escribiendo.

Ahora que mencionas el miedo, ¿alguna vez has tenido miedo por tu vida?

A menos que seas un temerario, es imposible no tener miedo en mitad de una guerra. Trabajo para una organización con muy buenas medidas de seguridad, pero siempre hay riesgos y ni yo ni mis colegas somos héroes. Todo el mundo se pone alerta si escucha una balacera o una explosión. He tenido miedo al caminar por senderos que en otra época estuvieron minados y temer que aún quede alguna mina extraviada; o al verme obligado a tratar con gente armada y enfadada; o simplemente miedo a encontrarme en eso que los humanitarios llaman “el lugar equivocado en el momento equivocado”. 

¿A qué crees que se debe que la ayuda humanitaria no llegue a todos los lugares en que se necesita?

Es una pregunta muy compleja. Está claro que los que más tienen, tanto a nivel individual como estatal, podrían dar más. Hay una falta de recursos. Pero también hay problemas de acceso. Hay lugares a los que la ayuda no llega porque las condiciones de seguridad no permiten canalizar esa ayuda hasta los necesitados. Es una mezcla de ambas cosas. Quizás más de lo primero que de lo segundo; no estoy seguro.

¿Cómo le ha cambiado la vida a Jose Serralvo después de estar viviendo tantas experiencias?

Me gustaría pensar que me ha hecho más maduro y que me ha ayudado a comprender mejor el mundo en el que vivimos, que es mucho más complejo de lo que parece visto desde nuestra cómoda Europa. Sé que puede haber mucha gente que no esté de acuerdo, o que lo considere una frivolidad, pero creo que, pese a la crisis, somos unos afortunados. Es una pena que uno necesite vivir en países en guerra para darse cuenta.

¿Qué echas de menos de Jerez?

A mi familia. Y las croquetas de mi abuela.

Hablemos de tu faceta como escritor. Tu primera novela, Los elegidos, ¿qué tiene de autobiográfica?

Es una obra de ficción. Pero ambientada en un mundo real, el de los grandes despachos de abogados. Tras estudiar en ICADE, empecé a trabajar en la sede de Garrigues en Madrid. Tenía amigos trabajando en Uría, Cuatrecasas, Clifford, Pérez-Llorca, DLA, Linklaters… Todos los grandes despachos, nacionales e internacionales. En Los elegidos intenté reflejar el modo de vida de estos profesionales. Anécdotas que había oído o vivido en primera persona. Las larguísimas jornadas de trabajo, que pueden llegar a durar, y lo digo literalmente, hasta veinte horas al día, y el círculo vicioso estatus-trabajo-estatus en el que se incurre. Mi novela era ficción, pero, parafraseando a Vargas Llosa, era una mentira llena de verdades.

¿Cómo compaginas tu faceta de escritor con tu trabajo?

Al igual que muchos escritores, le robo tiempo a otras cosas para dedicárselo a la literatura. No  es fácil, pero es lo que toca.

En tu primera novela se hace referencia a un ideal con el que la juventud sueña en su día a día: sueldos altos, prestigio laboral, poder… pero a medida que la trama avanza, comprobamos que eso no es realmente lo que le da la felicidad al protagonista. ¿Crees que reflejaste bien lo que se vive en el mundo de las finanzas?

Las generalizaciones siempre son peligrosas. Hay mucha gente a la que le encanta estar en un gran despacho de abogados o dedicarse a la banca de inversión. Lo que dudo es que haya gente que disfrute trabajando 16, 17 o 18 horas al día. En la actualidad, si quieres trabajar en un gran despacho de abogados en una capital, Madrid o Londres, da igual, tienes que pagar ese precio con mucha frecuencia. Al margen de todo eso, es un despropósito que un cuarto de la población esté en paro y que, al mismo tiempo, haya miles de personas trabajando con horarios inhumanos.

“Es curioso que hubiese dos jerezanos, casi de la misma edad, escribiendo novelas sobre los problemas del mercado laboral, en el extremo de los que ganan mucho y en el de los que ganan poco o nada. Creo que dice mucho sobre la sociedad en la que vivimos”

Un drama laboral.

Sí, un drama laboral, pero no es el único, ni el peor. En Los elegidos se habla de la explotación laboral en las altas esferas económico-financieras. Es un problema que ya estaba ahí antes de la crisis y que probablemente seguirá estando ahí cuando la crisis acabe. Pero hay un problema aún más serio: el de los profesionales en paro, el de los jóvenes sin futuro profesional, el de la falta de oportunidades. Esta triste realidad, mucho más perentoria, está muy bien reflejada en la novela Yo, precario, del también jerezano Javier López Menacho. Javi y yo ahora somos amigos, pero hace un par de años ni siquiera nos conocíamos. Es curioso que hubiese dos jerezanos, casi de la misma edad, escribiendo novelas sobre los problemas del mercado laboral, en el extremo de los que ganan mucho y en el de los que ganan poco o nada. Creo que dice mucho sobre la sociedad en la que vivimos.

Tuviste la oportunidad de presentar tu primera novela en Jerez y próximamente harás lo mismo con la segunda. ¿Nervioso?

¡No! ¡Emocionado! Pude presentar mi primera novela en la Fundación Caballero Bonald y voy a tener la suerte de presentar la segunda en el mismo entorno. Es un honor para cualquier joven escritor. Y más aún para un escritor jerezano. Estoy muy agradecido al Ayuntamiento de Jerez y a la propia Fundación Caballero Bonald por esta oportunidad.

En esta segunda novela cambias el chip, pero vuelves a tratar un tema polémico. ¿Qué nos puedes contar sobre tu segunda novela, El niño que se desnudó delante de una webcam?

La novela cuenta la historia de un menor de edad que, navegando por distintos chats en busca de amigos, acaba metiéndose en el mundo de la pornografía infantil.

¿Cómo se te pasó por la cabeza escribir sobre este tema? ¿No te preocupaba adentrarte en algo tan controvertido, tan tabú, y generar rechazo?

Tengo una visión muy sartriana, o vargasllosiana, de la literatura. Creo que un buen escritor tiene que ser testigo de su época y, en la medida de lo posible, intentar despertar la conciencia de sus contemporáneos. Poner su granito de arena para cambiar las cosas. Con eso en mente, no creo que haya temas tabús. Más bien al contrario: los problemas sociales, lo que no funciona, las injusticias, los abusos y aquello de lo que nadie desea hablar deben ser la materia prima del escritor. 

La sociedad está cambiando a un ritmo frenético. ¿Es peligroso no saber controlar la madurez sexual de los jóvenes?

Es normal que los jóvenes quieran tener sexo. No estoy seguro de que sean más maduros que nosotros. Biológicamente hablando, está claro que no lo son. Si acaso están más desinhibidos. Pero no pienso que esto sea peligroso en sí mismo. Ni mucho menos malo. Lo que es peligroso, y es algo que he intentado reflejar en El niño que se desnudó delante de una webcam, es perder de vista los riesgos de la Red. Vivimos en un mundo en el que, a través de los ordenadores o los iPhones, podemos entrar en contacto con completos desconocidos. Es fácil mentir y prevalerse del anonimato. Hay miles de jóvenes que sufren acoso a través de Internet. Algunos acaban incluso suicidándose. Es un tema muy preocupante y creo que está más que justificado escribir una novela al respecto.

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