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“No perdono la falta de compás y tener menos que Rajoy y Puigdemont es imposible”

La periodista barcelonesa Silvia Cruz Lapeña publica 'Crónica jonda', un libro de viajes muy personal en el que el flamenco y su "microcosmos" ejercen de hilo conductor para abordar la realidad española y catalana de las últimas décadas.

La periodista barcelonesa Silvia Cruz Lapeña publica ‘Crónica jonda’, un libro de viajes muy personal en el que el flamenco y su “microcosmos” ejercen de hilo conductor para abordar la realidad española y catalana de las últimas décadas.

Por cómo te clava sus ojazos azules ya comprendes que ella en un cara a cara es más de preguntas que de respuestas. Bajo ese batiburrillo enorme de rizos esconde una hoja de excel mental donde tiene organizado ese caos de ser periodista freelance y, además, salir de girar a promocionar su primer libro. Hubo un tiempo en el que se sentía frustrada por abandonar la redacción, pero ahora ha sabido rebañar el placer de contar el mundo pisándolo con más o menos libertad, sin estar todo el rato mirando por una ventana. Ahora escribe en El País Semanal, Vanity Fair, Altaïr magazine, Rock Deluxe y Deflamenco.com. Antes, ha pasado por La Vanguardia, ABC, Ctxt.es, El Español y no sé cuántos medios más. Ha escrito de sociedad, crímenes, política, deportes y cultura, que es casi lo mismo que decir que ha escrito de todo. Una de esas periodistas todoterreno.

Nos citamos con Silvia Cruz Lapeña (Barcelona, 1978; pero criada en Baena -Córdoba-) en pleno Malasaña y pedimos un palo cortao en Casa Baranda por aquello de calentar la garganta. Antes de apretar el play de la grabadora, ya ha respondido a varias de las preguntas que tenía previsto formularle, lo que prueba que a) es muy inteligente y habla por los codos o b) las preguntas eran poco originales. Concluyo que ambas opciones son válidas. La excusa para acabar hablando de este oficio “de masocas” que es el periodismo y de la crítica flamenca, en la que también vuelca su escritura, es Crónica jonda (Libros del KO), el libro de viajes (pasa por Barcelona, Madrid, Sevilla, La Unión, Jerez…) que acaba de publicar con el flamenco como “llave y abrigo” para abrir la puerta y guarecerse de muchas otras cosas. Un hilo conductor que no puede servirle más que para contar el viaje interior que supone escribir y, en paralelo, para contextualizar el país (o países) donde ejerce esa profesión de la que, según Hemingway, había que saber retirarse a tiempo, pero que, a pesar de todo y como ella misma confiesa, “me pone cachonda”. 

El libro, como decía Cristina Fallarás en su presentación en Madrid, empieza en la muerte, con la de Paco de Lucía pero también con la de sus abuelas. ¿Se escribe lo que se pierde?

Se escribe lo que se pierde y se vuelve a ganar. Se escribe lo que te duele y hay cosas que se pierden y están bien perdidas, aunque en un momento te dé mucha pena. Lo que hago es colocar a mis abuelas en el lugar que les corresponde y dejar de ser una niña o una jovencita que añora y se resiste a aceptar que han muerto. El libro me ha servido para despedirme, estuvisteis, fue maravilloso, pero ya no estáis y no pasa nada. Y como eso, muchas otras cosas, como el hecho de no volver a estar en el ambiente de una redacción. Ahora me siento una privilegiada por hacer mi trabajo con una libertad que no la estaba sabiendo ver y la aprendí en ese año viajando que cuento en el libro.

Usted autodefine ‘Crónica jonda’ como su “particular pataíta por bulerías”. ¿A quién castigaría ahora mismo la espinilla?

En general, a todos los políticos de Madrid y Cataluña. Nos tienen negros a todos, no se puede tener menos compás en la vida. Una cosa que no perdono es la falta de compás y tener menos que Rajoy y Puigdemont es imposible. No tienen ni voluntad de tenerlo, no es ya que no tengan oído. Nos han llevado a punto en el que no sabemos qué narices va a pasar con este país ni con mi tierra. 

En su libro denuncia la precariedad de los artistas, la putrefacción de cierta prensa flamenca, el machismo que campa a sus anchas en ese mundillo, los tocomochos de los concursos flamencos… ¿la vida imita al arte?

El flamenco me sirve de llave y de abrigo para hacer ese viaje y abordar muchas cosas. El flamenco está y es muy importante pero si dijéramos que es un libro estrictamente flamenco mentiríamos. El flamenco me ha servido de microcosmos, como un espejo en el que miraba cosas, desde cómo funciona el fútbol, otro espejo de este país, hasta cómo funciona la política, nosotros y yo misma. Me ha servido para mirarme a mí. Claro que es un reflejo, se empeñan mucho en que el flamenco no sea la música de España pero para no serlo, no veas cómo se le parece.

“Se empeñan mucho en que el flamenco no sea la música de España pero para no serlo, no veas cómo se le parece”

Una vez Agujetas me dijo en una entrevista que el flamenco es mentira. ¿Cuál es la verdad de la mentira flamenca?

Agujetas también era mentira. Me encantaba, me encanta y creo que Manuel es un prodigio, pero me molestan mucho los agujeteros, como esos mairenistas que eran peores que Mairena. Tampoco le conocí a fondísimo, pero el relato que se construye en torno a él sí intenta disfrazar sus faltas, cuando no habría por qué hacerlo. Dices flamenco y ya es exótico pero si encima añades un relato mitológico, parece que lo haces aún más atractivo. Pero nos equivocamos. Dotándolo de todo eso, echamos fuera del flamenco a mucha gente que se podía acercar a él. Hace poco en el congreso de Camarón, en una mesa en la que estaban Pepe de Lucía, Manuela Carrasco, Rancapino, La Chispa y Curro Romero, estaban contando todos la misma anécdota y se iban corrigiendo los unos a los otros. Eso pasa en todo. ¿Eso quiere decir que todo es mentira? Eso quiere decir que el flamenco, como todo, tiene versiones, y los que somos periodistas o tenemos un afán de acercarnos a la objetividad, que aunque no exista algunos renuncian muy rápido a ella, debemos contarlas.

¿El flamenco tiene razones que la razón no entiende?

Algunas, y eso es lo que lo hace interesante para muchísima gente, pero tiene otras que son perfectamente analizables, y por eso hablo del duende ilustrado, que se puede estudiar y ser muy flamenco, o irte de juerga flamenca y al día siguiente leerte un libro. No son incompatibles esas cosas. Todo se puede entender pero a título individual ya es otra cosa. Cuando estás sentado viendo y escuchando cante, toque y baile, de pronto pasa algo cuando no pasa nada. Me pasa mucho con Farruquito: esto ya se lo he visto, y esto, y esto… y, de pronto, Juan hace algo con el tacón, un giro, con su cara, con su cabeza… y ha valido la pena ir a ese espectáculo por ver ese segundo. Hay cosas inexplicables hasta con los propios prejuicios personales, pero desde luego el flamenco no se puede explicar diciendo baila pa’ reventar. Se puede decir en la barra de un bar y tú lo entenderás, pero no cuando divulgamos o escribimos porque es aspirar a un grupo muy pequeño de gente. 
¿Es de flamenco talibán atacar fenómenos como el de su paisana Rosalía o hacen bien quienes ponen cautelas ante tanto “humo embotellado”, que diría Luis Clemente?

Claro que hay que tener cautelas pero me parece muy injusto cuando se cargan tanto las tintas con gente tan joven. Con eso soy muy escrupulosa porque me da rabia que se cargue tanto, tanto contra una persona, y en el caso de Rosalía creo que se ha hecho en alguna ocasión de forma sangrante y mal educada. No me gusta su disco, por ejemplo, pero es una mujer de 23 años que acaba de sacar su primer disco y, posiblemente, se haya equivocado… o no, no lo sabemos porque es muy pronto. Me parece fundamental tener cautela pero no cargar de esa manera contra la gente que empieza. 

¿Le falta autocrítica a la crítica flamenca?

Sí, pero en general a la crítica, a los periodistas, a los que nos dedicamos a contar lo que hacen los demás nos falta mucha autocrítica. En el caso del flamenco, me parece injusto porque es muy complicado subirse al escenario y todo que hay detrás. ¿Alguien se cree que uno se sube al escenario sabiendo que lo va a hacer es un mojón? Creo que no, aunque también es cierto que hay gente que se engaña muy bien a sí misma y les engañan. Esto es como cuando alguien escribe un libro malo, no creo que nadie lo haga aposta.

“El flamenco, cuando divulgamos o escribimos, no se puede explicar diciendo ‘baila pa’ reventar’, eso es aspirar a un grupo muy pequeño de gente”

Usted que es periodista ‘freelance’, ¿precariedad y libertad o estabilidad y mordaza?

Es que no son binomios que van siempre juntos, con esas cuatro palabras se pueden hacer ecuaciones muy variadas. Creo que está en uno y he podido comprobarlo en los últimos años. Muchas veces no te sale a cuenta un artículo y tienes la tentación de decir: lo hago en 20 minutos porque es lo que se merece y lo que me están pagando. Pero ni puedes ni quieres, lo haces como crees que hay que hacerlo y te vas muy tranquilo a dormir. He estado en redacciones y he hecho lo que me ha salido de la peineta, y en otras donde no; y he sido freelance y no me he podido ir de un sitio donde me tocan los textos o donde sé que el criterio de edición es malo. No tendría problema en volver a una redacción, pero ahora con la edad que tengo sí que pondría más condiciones y, si no, virgencita que me quede como estoy. Los periodistas nos quejamos un montón, somos muy pesados y parece que estamos deseando encontrar a otro periodista para desahogarnos, pero al final con la mayoría de gente que estudié no se dedica al periodismo. Coño, son inteligentes porque han decidido que no quieren estar en esta pelea, pero a lo mejor es que, en realidad, no le gustaba esto tanto o no tenía esta vocación. Yo he hecho muchas cosas para poder ser periodista, como cargar sacos de yeso con mi padre o estar de teleoperadora, y no quiero ser otra cosa. Soy muy reivindicona de que hay que hacerlo bien además de quejarnos. Me pone cachonda el periodismo y por eso estoy en él.

Ya que se habla tanto de independencia estos días, hablando de periodismo, ¿puede uno declararse unilateralmente independiente en este oficio?

Sí, pero vete a trabajar de teleoperador (risas). Es otro mito como el de la objetividad. Nos podemos poner muy dignos, y serlo, pero hay un margen incontrolable en los medios de comunicación, que ya sabemos cómo funcionan todos. Sería absurdo decir que estoy blanca, pura, inmaculada y que en mi hambre mando yo. En mi hambre mando yo hasta que la nevera está vacía.

“El periodismo me pone cachonda. Yo he hecho muchas cosas para poder ser periodista, como cargar sacos de yeso con mi padre o estar de teleoperadora, y no quiero ser otra cosa”

“Es duro ser español pero hay una cosa peor: ser española”, cita usted a Carandell. ¿Cómo lleva ser mujer, española, catalana y emigrante a Andalucía?

Lo llevo muy bien porque tengo una anchura de espaldas muy grande (risas). Pero estas cosas no tienen que ver con la individualidad porque que a mí me sude la ingle que alguien me diga algo no quiere decir que eso esté bien. Todas, porque hablamos de mujeres, no tenemos esas herramientas, no tenemos el mismo carácter, no nos han educado igual, no tenemos la misma trayectoria… y hay gente que lo pasa realmente mal. Yo no lo paso mal o no me paralizo, pero no soy ciega ni sorda. En el mundo del flamenco me han hecho comentarios o proposiciones fuera de lugar. Comentarios del tipo ¿tú qué haces viajando sola?, unidos a una proposición de algún tipo pese a que no has hecho ninguna señal, solo has estado con tu boli y tu libreta. A mi compadre Curro Velázquez-Gaztelu no le pregunta nadie ¿tú por qué has venido solo de Bilbao a Jerez? A raíz de un artículo que publiqué en deflamenco.com, El flamenco no es machista, me empezaron a llegar historias muy feas y otras que también cuento en el libro.

Boadella dice que cuando viaja al extranjero dice que es de Murcia, ¿usted?

A Boadella se le ha ido la pelota. Yo no, yo digo que soy de Barcelona, ancantada de la vida. Decir que soy de España igual también me da vergüenza a ratos. ¿En el extranjero? Yo soy de Barcelona, es mi ciudad elegida, no digo que soy catalana ni española. En Barcelona pagamos el precio de que sea conocida en el mundo entero por ese turismo asqueroso que debemos soportar, y me sabe muy mal que Boadella no siga diciendo que es de allí.

“El ‘pròces’ es una carcelera y una milonga”

¿El procès es una seguiriya o una milonga?

Una carcelera. A unos los va a llevar a la cárcel pero a la población nos lleva al desastre como no se pare de alguna manera. Es un disparate y su etimología es muy clara: separar. Una seguiriya no es, no es aquello de cuando canto me sabe la boca a sangre, esto no es hambre, esto no es falta de libertad… esto es un invento. Me quedo con la milonga.

Obviemos tanta indignación y a tanto ‘hater’: ¿qué o quién le pellizca?

Utilizo la expresión de poner cachonda porque es así, me pone y me da fuerza cuando me levanto por la mañana mi oficio, me encanta ser periodista y conocer a periodistas como los que conozco, que me da mucha penica que no tengan ni el sitio ni la relevancia para imponer su buen criterio. Estoy rodeaíta de amor en todos los sentidos: pareja, familia, lectores, gente que sientes que te quiere bien… Y entrando en el flamenco, voy a decir un nombre que no es Mayte Martín o Rocío Márquez, que me encantan, pero me pellizca muchísimo David Lagos, que sabe mucho, estudia más… pero eso, podría estar o no estar, pero cuando voy a escucharle sé que voy a tener un orgasmo con David Lagos. Y ahora que Melchora Ortega —mujer de Lagos y también cantaora— me corte el pelo (risas).

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